jueves, 23 de abril de 2015

Imaginarios : nuevo libro del escritor olanchitense Carlos Escamilla

Olanchito,literatura de Olanchito,Honduras, literatura de Honduras
Carlos Escamilla 
Por : Jordi_diez
Según confiesa el propio autor, él es de Olanchito, una población de Honduras que se caracteriza porque desde el año 1530 en cada casa, por humilde que sea, vive un poeta, y no voy a ser yo quien lo ponga en duda porque en la casa donde nació el señor Carlos Escamilla no solo les nació un poeta, sino que les nació un escritor con un talento extraordinario para este trabajo de juntar letras y convertirlas en historias.

Y esto es lo que ha hecho precisamente el autor en un compendio de cuentos, vivencias e historias, muchas de ellas narradas en primera persona y otras en tercera, pero situadas dentro de su círculo más cercano, juntar letras y convertirlas en pequeñas obras de gran talento.
Como he dicho en otras ocasiones en este mismo blog, no soy demasiado amante de los cuentos, a pesar de que los disfruto muchísimo mientras los leo, pero si bien entiendo que es un palo de la literatura de gran dificultad y valor literario, creo que en las novelas es donde el esfuerzo y el talento real del autor se ve con mayor claridad, por eso estoy esperando en ascuas una novela de Carlos Escamilla. Él mismo se declara en uno de sus cuentos incompetente para escribir una novela, pero estoy seguro de que no lo es. Solo es miedo escénico previo al reto.

En su libro Imaginarios denota un talento extraordinario, una capacidad de narración que no tiene nada que envidiar a los grandes. Puede parecer exagerado lo que digo, pero no lo es. Quizá la obra no sea la mejor del mundo, pero hay momentos en las letras del señor Escamilla que me quedé boquiabierto con la facilidad de su prosa y la belleza de la misma. Eso es un don, que se entrena, por supuesto, pero es un don que como los famosos pimientos del Piquillo, unos lo tienen y otros non.
Como en cualquier libro de cuentos, hay algunos que me han gustado mucho, como El diablo, por citar uno de los últimos, y otros que no tanto, pero el conjunto de ellos guarda una línea argumental relacionada con la vida del autor, sus orígenes en Honduras, en Olanchito, y su vida de inmigrante en los Estados Unidos. Y es desde esa óptica de desterrado que delata las penurias de sí mismo y de su entorno por adaptarse al nuevo país, así como describe la añoranza de los inmigrantes y la inestabilidad en la que viven aquellos que han cruzado a tierra desconocida sin llegar a marchar nunca y sin poder regresar jamás.

Os dejo una muestra de un minicuento que se titula Ilusión:

Por mucho tiempo fue el dueño indiscutible del récord de la patada más alta en Latinoamérica.
Luego, alguien le aseguró que en los Estados Unidos ganaría mucho más dinero con el manejo del taekwondo.
Ya han pasado varios años y no volvió a saltar.
Por el contrario, cada vez que se agacha a pegar un ladrillo, le cruje la espalda y, desde el fondo de su alma, maldice a Nueva York.

De verdad os recomiendo las letras del señor Carlos Escamilla, a quien veo como una especie de gran bailarín que no se atreve todavía con una obra completa de Txaikovski, pero al que ya se le adivinan las maneras que lo llevarán al circuito internacional en cualquier momento, y entonces, cuando suceda esta evidencia, nosotros podremos decir: yo ya lo conocía.

Resumen del libro (editorial)

Imaginarios es un libro de cuentos en tres partes.El futuro, invitan a un joven poeta a participar en la Feria del Libro de Miami.El presente, vivencias de un joven emigrado a Estados Unidos.Y el pasado, el mundo mágico en Olanchito Yoro, Honduras.Imaginarios se enfoca en las influencias culturales de la sociedad latinoamericana en Estados Unidos y al revés; porque de alguna manera ambas sociedades están conectadas, y por lo tanto, es fácil perder el sentido de la realidad cuando se vive en un punto intermedio.


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domingo, 5 de abril de 2015

El Origen y desarrollo histórico del teatro en Olanchito

Olanchito,historia del teatro en Olanchito, Honduras
Isabel Amaya, madre del escritor Ramon Amaya Amador
Por : Juan Fernando Avila Posas
No existe hasta el momento una fecha específica que determine con exactitud, el día, hora y fecha de cuándo se inició el teatro en la Ciudad Cívica de Honduras, ni la noche en que por primera vez se presentaron en el improvisado escenario el elenco de actores y actrices a desarrollar el potencial de sus facultades históricas. De lo que sí se tiene seguridad, es que fue el profesor JOAQUÍN REYES TEJEDA, nacido el 26 de junio de 1886, el indudable iniciador de esta disciplina artística, que envolvió a una juventud inquieta en la dramatización en los primeros años de la tercera década del siglo pasado (1930-1940), y creó las condiciones para el posterior desarrollo de lo que es hoy día, la HISTORIA DEL TEATRO EN OLANCHITO.

JOAQUÍN REYES TEJEDA, como educador, había fundado en el año 1922 el INSTITUTO “PEDRO NUFIO”, en la ciudad de Olanchito, en reconocimiento y gratitud a quien fuera su maestro y le entregara el título de docente en noviembre de 1914 en la ESCUELA NORMAL DE VARONES de Tegucigalpa. Mucho tiempo después, REYES TEJEDA, había escrito una obra dramática de dos actos conocida con el nombre de LOS SIETE PECADOS CAPITALES, de la que se ignora si fue llevada a los rudimentarios tablados de la época, e infortunadamente quedó inédita y el instituto fundado desgraciadamente tuvo vida efímera, mientras el maestro REYES TEJEDA, fue exigido a ocupar la dirección del INSTITUTO “LA FRATERNIDAD” de Juticalpa, Olancho, más tarde el mismo cargo en el instituto “JOSÉ CECILIO DEL VALLE” en Choluteca, como igual responsabilidad le delegaron en el Instituto “LEÓN ALVARADO” de Comayagua, y finalmente en el “MANUEL BONILLA” de la ciudad puerto de La Ceiba, Atlántida.

JOAQUÍN REYES TEJEDA, retornó a su tierra natal, después de haber cumplido una misión histórica y educativa, ocupando igualmente direcciones de Educación en los departamentos de Yoro y Atlántida, y fue después cuando se ocupó definitivamente de implementar el teatro de la Ciudad Cívica de Honduras.

Se presume que fue el año de 1934, cuando reclutó una serie de señoritas talentosas de belleza resplandecientes y jóvenes deshinividos e inteligentes, para conformar el primer cuadro dramático, y llevar el escenario el mensaje de una nueva expresión, aunque fragmentaria, de las PASTORELAS DEL PADRE REYES, desconocidas por el público, que recibió con entusiasmo y receptividad el mensaje y los monólogos de algo hasta entonces desconocido por los numerosos espectadores.

En base a lo descrito, se considera a JOAQUÍN REYES TEJEDA, como el indiscutible pionero de este arte, hoy evidentemente olvidado, y sin posibilidades comunales de reivindicación.

JOAQUÍN REYES TEJEDA, falleció de muerte natural el 8 de junio de 1948 en la ciudad de Olanchito, a los sesenta y dos años de edad (62), dejando un legado histórico, educativo y cultural en la sociedad, que supo valorar su esfuerzo creativo y su empeño cultural.

Muerto el honorable maestro y quedando el teatro en la orfandad, MARÍA ISABEL AMAYA, madre del escritor RAMÓN AMAYA AMADOR (1916-1966) asumiría con elevados grados de responsabilidad la dirección escénica, conservando un reducido número de intérpretes, quienes con el fallecimiento del principal gestor dramático, vieron capitular sus inquietudes, obligando a la nueva promotora cultural el reclutamiento de personal joven, aunque desconocedores del arte, para impulsar nuevamente el género artístico en el ambiente distrital.

MARÍA ISABEL AMAYA, había recibido sus primeras lecciones y logrado un aprendizaje fácil y admirable al lado del maestro REYES TEJEDA. Ella fue una mujer dotada de talento natural para asimilar los recursos dramáticos del teatro popular, y poseedora de manos prodigiosas para la confección artística de flores artificiales con la que ornamentaba las imágenes de la Iglesia Católica, y donde encontraría igualmente el tejido de un amor secreto con el sacerdote GUILLERMO R. AMADOR, encargado de la parroquia de la localidad y de cuya relación, naciera un 28 de abril de 1916 el célebre escritor y novelista RAMÓN AMAYA AMADOR.

De su sensibilidad en el arte floral de su cultura para la dramatización, y de su sentido único para la dirección escénica, nació en su interior una pasión y así continuar con la misión heredada simbólicamente por el maestro REYES TEJEDA. Con ese fin convocó personal, dentro de los que se inscribieron JESÚS SANDOVAL NÚÑEZ, AMÍLCAR LOZANO MURILLO, MANUEL LOZANO TEJEDA, ANTONIO R. NÚÑEZ, JULIA AGURCIA ALVARADO, ANA P. VALDERRAMOS, MERCEDES CANO RUIZ, ELVIA TINOCO, FRANCISCA ILIAS PLATA y muchos (as) que se identificaron con el elenco y se solidarizaron entusiastas con la nueva propuesta artística del teatro local.

MARÍA ISABEL AMAYA, se distinguió por su capacidad en el dominio de todo cuanto inicialmente había asimilado del arte dramático, y le dio sentido y perduración expresiva y cultural a lo que en el pasado naciera como fuente de placer estético en el medio.

Es indudable que con sus ideales influyó decididamente en la formación cultural de su hijo RAMÓN AMAYA AMADOR, para que este desarrollara sus potencialidades y talento como escritor, puesto en evidencia a través de cincuenta libros escritos, incluyendo dentro de los mismos la obra teatral LA PESTE NEGRA, con la que participó en el certamen literario promovido por la UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE HONDURAS, el año de 1957, donde se hizo merecedor de MENCIÓN HONORÍFICA, al declarar desierto el concurso  por falta de participantes.

MARÍA ISABEL AMAYA, falleció el 20 de febrero de 1946, dos años antes que el maestro REYES TEJEDA, y con su muerte el teatro dio por terminado su ciclo de presentaciones, culminando de esta forma una etapa trascendental para el arte dramático de la ciudad.

Tendría que vivirse un prolongado silencio en espacio y tiempo, hasta que a finales de los años cincuenta, providencialmente NORMA ROSALÍA QUESADA BARDALES, con el don propio y virtudes naturales de liderazgo y dirección, se le ocurriera expresar su talento e invitar familiares para constituir lo que una noche sería la renovación artística del TEATRO POPULAR EN OLANCHITO. El escenario fue improvisado, frente a la casa de su abuelo y patriarca de la familia don PRÓSPERO BARDALES NÚÑEZ, a quien dejaron desprovisto de sus sábanas y frazadas invernales, para organizar con ingenio y estrategias el manteado escénico, y hacer más fácil las manipulaciones y dominio de los telones a JUAN RAMÓN MARTÍNEZ BARDALES, quien desarrollaba funciones empíricas de tramoyista en las presentaciones nocturnales. El elenco artístico estaba integrado en su generalidad por familiares, vecinos y amigos, siendo los principales MELTON BARDALES MARTÍNEZ, ÓSCAR (COCO) BARDALES, POPITO QUESADA BARDALES, ELSA NÚÑEZ, MIGUEL ÁNGEL SOSA (LANGUE) SONIA QUESADA BARDALES, ANTONIO REYES (CAPITO) Y NORMA ROSALÍA QUESADA BARDALES, como responsable del montaje y dirección de la obra, presentando la velada melodramática con ejecuciones preliminares del trío de guitarras ejecutadas magistralmente por POLICARPO REYES SOSA (CAPO) ÁNGEL CÁLIX MERLO Y PASCUALIO DELARCA, quienes interpretaban canciones sentimentales de lo más renombrados cantantes mexicanos de la época, mientras se hacían los últimos detalles para develar el telón de la obra.

De los recuerdos inmemoriales que se conservan, es que la dramatización de la obra con fragmentos de la llegada de los TRES REYES MAGOS, presentada en los preludios navideños, a uno de los comediantes de escaza y despreocupada memoria, involuntariamente olvidó un fragmento de la sexteta que le correspondía exponer, y aquel lapsus imperdonable, indignó al propietario de la casa, exigente y sanguíneo por su estirpe española, quien en holocausto imprevisible, terminó llevando sus cobijas a su tibio regazo nocturnal, desmantelando aquel ensayo subliminal de una juventud que protegidos bajo el calor paternal se asilaron en una casa de donde posteriormente surgirían intelectuales renombrados como LISANDRO QUESADA BARDALES (poeta y escritor) NORMA ROSALÍA QUESADA BARDALES (actriz) MANUEL QUESADA BARDALES (poeta) JOSÉ LUIS QUESADA BARDALES (poeta y pintor) RIGOBERTO QUESADA FIGUEROA (poeta) JUAN RAMÓN MARTÍNEZ BARDALES (escritor y periodista) JUAN CARLOS QUESADA ORELLANA (poeta) ROBERTO QUESADA LÓPEZ (novelista) y tantos otros que hoy con su talento vigorizan ostensiblemente la bibliografía nacional.

NORMA ROSALÍA QUESADA BARDALES, cumplió de esta forma su deseo de quedar en la historia local como promotora de cultura desde una perspectiva donde pocos han querido incursionar, pero ella demostró con sus acciones estar preparada igualmente para salir airosa de este drama cotidiano que envolvió su vida.

NORMA ROSALÍA QUESADA BARDALES, falleció en la ciudad de La Ceiba el 8 de diciembre de 2014, antes de las fiestas navideñas como ella siempre lo soñó, a la edad de 79 años.

Cuando apenas era una niña de cara angelical, trenzas azabaches cayéndole en sus hombros como ríos caprichosos, siendo estudiante de secundaria en la intersección de la avenida La Unión y la calle El Telégrafo del Barrio Abajo, sobre un promontorio de piedras de lo que con el tiempo sería la residencia del más grande potentado local y diputado por el Partido Liberal SIXTO QUESADA SOTO, la señorita Alma Caballero Herrera (1947) según lo relata en una crónica genealógica de la familia Saravia, el doctor OMAR GONZALES, hacía sus primeros ensayos convocando actores de su edad, que se aproximaban a los espacios de la curiosidad juvenil deseando conocer un arte que había estado ausente por muchos años y era imperativa su reivindicación.

Esa tentativa de ALMA CABALLERO HERRERA, se produjo en la década del sesenta, cuando ella cursaba estudios secundarios, despertando inquietudes por su interés y sus iniciativas lírica de una nueva expresión del Teatro Popular en Olanchito.


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Alma Caballero Herrera
ALMA CABALLERO HERRERA, demostró a temprana edad, ser poseedora de talento para el manejo y conducción teatral, sin haber recibido orientaciones de ningún dramaturgo o conocedor de dirección escénica, ni lecciones de prosodia, pero ella traía vocación y caudal artístico, que más tarde desarrollaría con profesionalismo y de manera libertaria, cuando obtuvo sus doctorados en ESTÉTICA, CIENCIA Y TECNOLOGÍA DE LAS ARTES Y ESTUDIOS TEATRALES, en la universidad de París Vinsennes, en la admirable y legendario Francia, y en la UNIVERSIDAD DE TOLOUSE LE MIRAIL en  la misma nación europea.

Hoy día, ALMA CABALLERO HERRERA, es promotora del TEATRO EN HONDURAS, habiendo sido fundadora del DEPARTAMENTO DE ARTES de la UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE HONDURAS, directora del taller de la tarde en Tegucigalpa, directora del Teatro Zamora, en la misma capital, participante del TEATRO UNIVERSITARIO DE HONDURAS, e integrante del CUADRO DRAMÁTICO DE TEGUCIGALPA, habiendo realizado una carrera exitosa junto al extinto dramaturgo hondureño FRANCISCO SALVADOR, quien dejó una huella inalcanzable en el desarrollo histórico del Teatro de Honduras.

Paralelamente ALMA CABALLERO HERRERA, ha investigado y escrito libros disciplinarios de arte como EL TEATRO EN HONDURAS, junto a FRANCISCO SALVADOR, publicado por SECTIN en 1977, y otras obras genéricas dentro de los que se incluyen LAS PASTORELAS DEL PADRE REYES, LA BRUJA DEL SIGLO DE ORO, EL BAILE DE LAS TIRAS, EL BAILE DE LOS MOROS Y CRISTIANOS, Y FRANCIA EN EL TEATRO CENTROAMERICANO, que dan fe de su preocupación y estudio sobre el teatro hondureño y regional centroamericano, y como  miembro del INSTITUTO INTERNACIONAL DE TÉCNICOS Y CRÍTICOS DE TEATRO LATINOAMERICANO.

Los olanchitos con sensibilidad artística, que por cierto se contabilizan por cienes, y los vecinos de la avenida La Unión y la Tiburcio Carías Andino, que fue el domicilio donde pasó su adolescencia, y la unión donde han nacido el mayor número de intelectuales de renombre nacional, recuerdan con sentimiento y eterna nostalgia y admiración, la niña que fue ALMA CABALLERO HERRERA, caminando orgullosa por las calles coloniales de nuestro pueblo con sus trenzas envidiables y coquetas, en la anunciación juvenil de lo que sería con los años, un valor inequívoco del arte dramático nacional.

Por esos mismos años de efervescencia cultural e inquietudes estudiantiles JOSÉ LUIS QUESADA BARDALES, hermano menor de NORMA ROSALÍA QUESADA BARDALES, nacido el 12 de septiembre de 1948, revelaría inclinaciones para la dirección escénica, formando un elenco protagónico con compañeros de estudios de nivel medio al interior del INSTITUTO “FRANCISCO J. MEJÍA” y montando pequeñas obras de un solo acto, que serían aplaudidas por el conglomerado juvenil, cuando eran presentadas en los años setenta en las festividades promovidas en el centro de educación media, como también en los actos cívicos de inusitada alegría de la colectividad municipal.

Esta facultad direccional artística parece que fue un legado cultural que dominó con acentuada determinación la sensibilidad de la familia, pues años antes como queda consignado, su  hermana mayor NORMA ROSALÍA QUESADA BARDALES, había realizado un intento expresivo del arte escénico en uno de los barrios más bullangueros de la ciudad como fue el barrio El Jazmín, donde se preeminenciaron veladas artísticas que hoy recordamos con indescriptible y acentuada saudade.

Más tarde JOSÉ LUIS QUESADA BARDALES, emigraría a la hermana República de Costa Rica a realizar estudios superiores de FILOLOGÍA en la Universidad “RODRIGO FACIO” y a entregarnos, “una poesía de raíz existencialista en la cual predomina una visión bastante precisa de la vida, que en términos generales no lo abandonara en su poesía posterior”, según el análisis teórico de la crítica de literatura hondureña HELEN UMAÑA.

Hoy JOSÉ LUIS QUESADA BARDALES, además de burilar poemas, plasma su expresión artística en lienzos expresionistas de un arte que subsidiariamente domina con intenso colorido. Hoy igualmente el poeta es PREMIO NACIONAL DE LITERATURA “RAMÓN ROSA” y uno de los valores fundamentales de la nueva lírica hondureña.

Pero si JOSÉ LUIS QUESADA BARDALES, abandonó lo que parecía el resurgimiento del teatro en la ciudad, paralelamente creó espacios para que una inolvidable mañana en el acontecer apacible y provincial, unas tímidas nubes se replegaran animadas pretendiendo techar la imponente majestuosidad isosélica del CERRO PACURA, preludiando que en el anochecer llovería, pero ese 19 de julio de 1979, a pesar de los pronósticos no llovió. Los habitantes siguieron realizando su rutina cotidiana, y gracias a mi obligado tránsito por el parque Central, divisé en una esquina propiedad de la Iglesia Católica, en una casa de paredes de adobe, techo de tejas, dos puertas y una ventana, a un sacerdote norteamericano con su irrenunciable tipología de un clásico “hipster” antecesor del Hippie (como bien lo conceptualizara y describiera el novelista NORMAN MAILER, en un ensayo publicado en (DISSENT), vestido de pantalón jean descolorido, camisa ligeramente imprecisa, pelo largo y excesivos aditamentos en su entono corporal, que poco o nada expresaban su vocación pastoral, y que más tarde supe se trataba de JACK WARNES, junto a una generación de muchachos vanguardistas de la PASTORAL JUVENIL ESCLESIÁSTICA, colocaban un rótulo frontal en la vieja construcción, donde anunciaban la apertura del TEATRO LA FRAGUA, y la presentación esa noche de la obra DOS JUEGOS X, custodiado el rótulo por dos banderas verdes amárelas, donde la sociedad tendría la feliz oportunidad de conocer la síntesis del TEATRO CAMPESINO CALIFORNIANO, con la obra, LAS DOS CARAS DE MI PATRONCITO.



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Aqui se fundó el Teatro la Fragua (Olanchito)
La llegada del TEATRO LA FRAGUA, el 19 de julio de 1979, vino a vigorizar una inquietud casi extinguida, y usar el teatro como lo diría MARGO WICKESSER, una de sus exconformantes, como instrumento o herramienta educativa para afirmar la riqueza, la belleza y poder de los valores hondureños.

Posterior a la migración hacia la ciudad ribereña de PROGRESO del TEATRO LA FRAGUA, donde fuera trasladado en su misión sacerdotal el jesuita JACK WARNER, al interior del instituto “FRANCISCO J. MEJÍA”, principal centro educativo de la localidad, la licenciada en Letras y Lenguas LUISA ORELLANA LOZANO, dentro de sus iniciativas pedagógicas, organizó lo que se conoció como TIFRAJME (Teatro del INSTITUTO FRANCISCO J. MEJÍA) presentando dramas cortos que informaban de su sensibilidad creativa y didáctica, y la búsqueda de valores con disciplina artística y facultades para desarrollar las obras con talento escénico.

Lo que primero presentó fue la obra A RAZ DE SUELO, que mereció el aplauso generalizado de la colectividad estudiantil, más tarde otro drama conocido como LOS INQUILINOS DE LA IRA, y finalmente EL ESCULTOR, además de obras mímicas como LA SONÁMBULA, hasta pretender llevar al escenario de manera monumental la obra, PRISIÓN VERDE, de RAMÓN AMAYA AMADOR, que constituyó indudablemente un desafío en su montaje y diálogos, utilizando para ello personal académico dentro de sus propios compañeros de trabajo.

Pero el TIFRAJME no se circunscribió escénicamente al interior del Instituto, sino que trascendió el dominio público cuando fueron llevados sus dramas al conocimiento general en el marco esplendoroso de las festividades de la SEMANA CÍVICA, lo que marcó un hito histórico dentro de la comunidad, captando la merecida ovación de la sociedad, ansiosa de disfrutar un género que se rescataba con entusiasmo y deliberado vigor cultural.

Hoy de aquel impulso apenas sobreviven el recuerdo y en la historia del instituto que le vio nacer, crecer y extinguirse, cuando los conformantes del elenco escénico terminaron exitosamente sus estudios, y emigraron en busca de sus verdaderos destinos, y la licenciada LUISA ORELLANA LOZANO, se refugió en su feliz y merecida jubilación, después de una entrega sin paralelo en la preparación de cuadros que hoy constituyen honra y orgullo de la sociedad.


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El Teatro Tolupan 
Finalmente en los años recientes y en los que quedan por vivir, un hijo de Olanchito, actor de los principales escenarios de la costa norte, miembro del célebre TEATRO LA FRAGUA, como es EDDY BARAHONA, se ha encargado de organizar y dar vida a lo que se conoce como TEATRO TOLUPÁN, reclutando miembros de la comunidad Xicaque de Agalteca (distante a dos leguas al norte de Olanchito) adaptando piezas y temas vinculados con la perduración indigenista, la marginalidad y su virtual segregación, para llevarle a los tablados, y rescatar los valores de una etnia que ha sido tácitamente olvidada por la sucesión de gobiernos insensibles con las manifestaciones de la cultura y el arte en general.

Las obras del teatro TOLUPÁN se han presentado en la CASA DE LA CULTURA, marcando una impronta expresiva y testimonial, de lo que debe ser el arte en nuestra patria, cuando predomina voluntad y los deseos de hacer bien las cosas como debe ser.

El teatro no debe convertirse simplemente en fuente de placer estético, sino en testimonio totalizante de creación, belleza y libertad.

Fuente de el articulo : Diario La Tribuna

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domingo, 29 de marzo de 2015

Una Sociedad igualitaria con poca exclusión

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Torre del reloj del parque de Olanchito
En este extenso articulo publicado en diario La Tribuna el Lic. Juan Ramon Martinez analiza la situación socioeconomica de la ciudad de Olanchito durante la época de 1940  a 1960 donde menciona  innumerables personas que son de grato recuerdo para la sociedad de esta ciudad.

"No es que no hubiese diferencias y contradicciones. Económicas, políticas y sociales. Ni pequeños explotadores; ni míseros sirvientes En todas las sociedades del mundo los hay. Pero es obvio que, en comparación con lo que vemos ahora, Olanchito era una ciudad bastante igualitaria, — con un solo sector que podría considerarse con el lenguaje de ahora, marginal o excluido: los “mirriñaques”, dedicados, sin embargo, a la pesca artesanal individual; los peones de los hacendados, las empleadas domésticos y los “criados” de las familias pudientes (Rosendo Ochoa y Teófilo Cruz)–, y con pocos mecanismos de exclusión social, de forma estructuralmente deliberada.

Los últimos, fueron superados con la creación del Instituto Francisco J. Mejía (1943), lo que permitió el ascenso social y económico de los más pobres, con tal que tuvieran el deseo de salir adelante, cursando estudios en la más alta institución educativa de la ciudad. Y se formaran intelectualmente, porque para entonces, lo educativo, le disputaba el prestigio a lo típicamente económico. Y a lo político. Y por, supuesto, a la estratificación social, que operaba artificialmente, más por razones nostálgicas, necesidades de diversiones compartidas; o inventos sin fundamento.

Otra cosa que, llama la atención, en la época estudiada, es la proliferación de actividades económicas a que se dedicaban los vecinos de la entonces conocida ya como “ciudad cívica”. Todo el mundo trabajaba en algo. De forma que todos; o casi todos, tenían ingresos. Muy pocas personas eran desempleadas. Los que ejercían la mendicidad eran, desconocidos; o los que, por no tener una casa suya o de un allegado, terminaban durmiendo en la calle. Lo que todavía marcaba las diferencias muy sutiles de “clase” en la ciudad, era la frontera entre los grandes ganaderos y los más pequeños. Con la diferencia que, estos últimos, tenían casi siempre, otras actividades complementarias que, normalmente se relacionaban con el comercio, la pequeña industria, la enseñanza o el ejercicio de profesiones liberales como la medicina, el magisterio o el derecho, especialmente.

Esta frontera, permitía diferenciar a la “clase alta”, de la “clase media”. O lo que llamaba Ramón Amaya Amador, — en el ejercicio preliminar de sus tanteos para entender la realidad política – “los de primera, de los de segunda”. En 1946, propuso y logro – tal el grado de influencia que para entonces había logrado– que se organizara la “Segunda Clase” de Olanchito, cuyo primer presidente fue Lino E. Santos y la primera Tesorera Donatila Colindres Bardales.

La auto titulada “Primera Clase” hacia a finales de la década de los cuarenta, sus propias y exclusivas fiestas que, como es natural, eran muy reducidas numéricamente; y obligadamente, aburridas. En cambio, las fiestas de “Segunda Clase” eran numerosas, ruidosas musicalmente alegres, y divertidas.

Y, la otra fuente diferenciadora, era el acceso a los estudios, universitarios o no, en México, Estados Unidos, Tegucigalpa, el Zamorano o la Escuela Granja Demostrativa de Catacamas, que para entonces, mediante becas en el gobierno, había permitido nivelar a los hijos de los “más riquitos” – los de “Primera Clase” — de los que no lo eran tanto; o que pertenecían a la “Segunda Clase”. Posiblemente, la primera institución que abrió las puertas, para que los pobres e integrantes de la “segunda clase” de Olanchito pudieran estudiar en Tegucigalpa – en donde solo lo hacían los hijos de los más integrados con las fuerzas de poder de la capital, los que tenían más recursos; o los más agresivos que se iban por su cuenta – fue la que después se llamaron, las Fuerzas Armadas. Los mejores ejemplos fueron Alejandro Galo, Enrique Soto Cano, Pito López, Arnaldo Miranda, Omar Ramírez, Alberto Urcina, Eulalio Duran y Carlos Dubon, que ingresaron e hicieron carrera en la Fuerza Aérea, sin ser miembros, la mayoría de ellos, de las familias que hasta 1944, se llamaban de “primera” en la ciudad. (La excepción es, posiblemente, el piloto aviador Omar Ramírez, hijo de  Mauricio Ramirez). Otros, hicieron carrera en la infantería como fue el caso de Amilcar Zelaya Rodriguez, el que más alta posición política, ha ocupado en toda la historia de la ciudad.

Pero lo más interesante de todo es que, como decíamos antes, todo el mundo tenía una ocupación definida. O varias, con las cuales, subvenían sus necesidades, participaban en diferentes estratos de la sociedad; y creaban algunos excedentes que capitalizados, le servían para alcanzar la cúspide de la pirámide social que estaba representada por la posesión de alguna propiedad ganadera mayor; o tener casa de alto. Carlos Martínez (*), ahora ingeniero civil retirado, hijo de un carretero de entonces (Tavo Soto) y nieto de un ganadero y residente en “casa de alto”, Félix Soto, nos ha proporcionado, con la diligencia de un Antonio R.Vallejo local, una descripción, con nombres y oficios, de esa pirámide local que describiremos a continuación. La clasificación por supuesto, es responsabilidad total del autor.

La clase alta, la primera, estaba integrada por los ganaderos de más alta tradición en la historia de la comunidad – que, además de los mencionados en un artículo anterior – eran entre otros, los siguientes: Norberto Quesada Soto, Sixto Quesada Soto, Juana Quesada Soto, Daniel Quesada, Andrés Alvarado, Felipe Ponce, Félix Soto, Prospero Bardales, Jacobo Puerto, Francisco Meléndez, Francisco Romero Lozano, Salomón Sosa, Tomas Ávila Ruiz, Claudio Orellana, Jacinto Sorto.

Como sub clase, miembros de la baja clase superior, hay que mencionar a los comerciantes de origen árabe y nacionales, que controlaban el comercio a gran escala, mediano nivel y bajo, con fuerza de crecimiento: Emilio Chahin, Nicolás Marzuca, Gregorio Marzuca, Carlos Hoch, Emilio Chahin, José y Victoria Chahin, Leonor Mahomar, Rafael Nasar, Nasry Mahomar, Serapio Bedeck, Nicolás Marzuca hijo, Camilo Nassar, Elena Yacaman, Jorge Bendeck, Salomón Busmail, Felipe Ponce, Alirio Ponce, Mauricio Ramírez, Rafael Ramos Rivera, Alfredo Ramos Rivera, Ramón Pineda, Arturo Rosales, Ángela Acosta, Arnulfo Fúnez, Francisco Nasser, Pio Carrasco, Tomas Bonilla, Jesus Villafranca y Nuncho Quezada;
 los médicos y cirujanos: Pompilio Romero, Octavio Bennet, Tomas Ávila Ruiz, Raúl Madariaga, Marco Antonio Ponce, Marco Tulio Burgos, Francisco Murillo Escobar, Roberto Mejía Durón, Felipe Ponce, Saúl Ayala Ávila, Rafael Ruiz Leiva; los dentistas: Ramón Molina Pastor, Sixto Quezada Soto, Constantino Martínez, Marco A. Sosa, y el técnico dental Francisco Maradiaga;
 los agrónomos: Manuel Dobles (Costa Rica), Coy Hum (Guatemala), Regino Quesada Ramírez, Roberto Salas Posas, Alfredo Murillo Galo, Luis Enrique Aguiluz, Roger Valerio, Antonio Bourdeth, Elfego Fernández, Rene Servellon, Marcelino Pineda, Angel Suazo, Osman Fajardo, Juan Solórzano, y Martin Matute;
 los altos funcionarios de la Stándard residentes en Olanchito: Mauricio Ramírez, Francisco Núñez, Sergio Castro, Rafael Melara Mercadal;
 los diputados al Congreso Nacional :Francisco G. Ramírez, Mauricio Ramírez y Francisco Murillo Soto; los alcaldes municipales: Francisco Murillo Soto, Felipe Ponce, Francisco R. Lozano, Dionicio Romero Narváez, Ramón Duran Hernández, Santos Reyes, Purificación Herrera, Roger Orellana Irías; los comandantes militares y de la Guardia Civil: Alfredo Galo, Faustino P. Calix, Salomón Sosa, Felix Velásquez, Camilo Mejía, Chito Cárcamo, Eligio Bautista, Cándido Amaya, Carlos Fortin, Arturo Rosales;
 los directores del Instituto Francisco J. Mejía: Francisco Murillo Soto, Modesto Herrera Munguía, Julio C. Benites y Jesús Medina Nolasco; y los directores de las escuelas primarias de la ciudad: Alicia Ramos de Orellana, Francisco Murillo Soto, Rafael Núñez España, Manuel de Jesús Castro, y Renato Quesada;
 las profesoras de la Escuela de Niñas José Cecilio del Valle: Alicia Ramos de Orellana, Gloria Quesada, Gloria de Lobo, Ondina Núñez, Celia Saravia de Fúnez, Raymunda Soto de Valerio, Mercedes Mesa, Olimpia Ramos, Thelma (Tita) Galdamez, Yolanda Quesada, Olivia Cartagena, Hilda Murillo, Elvia Murillo, Telma Murillo, Olga Teresa Reyes;
 los profesores de la Escuela de Varones Modesto Chacón: Francisco Murillo Soto, José Antonio Rodríguez, Manuel Cabrera, Jesús Villafranca, Humberto Meléndez, Plutarco Meléndez, Carlos Saybe, Jesús Núñez España, Alejandro Lobo Calix, Cristelia Soto, Máximo Chandia, Tila Soto de Murillo, Antonio Murillo, Joaquín Reyes Figueroa, Donaciano Reyes Posas, Ramón Amaya Amador, Oscar Murillo, Candiano Lozano, Francisco Lozano, Juan Ramón Fúnez Herrera, Roberto Sorto, Salomón Sosa Enrique Bardales, Darío Meléndez, Teresa Soto, Cossete Morales Funes, Juan Ramón Martínez, Darío Meléndez, Adolfo Quesada Ramírez;
 las secretarias comerciales Ángela Acosta, Blanca Nieves Márquez, Delmy Ruiz, Delma Posas Hernández, Marina Lanza, Liduvina Orellana, Judith Argueta, Eda Puerto, Aleyda Moya Soto, Elizabeth Nuñez, Remi Rosales Nuñez, Judith Caballero, Paula Posas, Etna Estrada, Mirian Posas, Margarita Posas, Irma Cruz, Amanda Cruz, Lilian Ramires, Telma Carcamo y Ana Almendarez;
 y los jefes expedicionarios: Balbino Leiva, Florentino Gamoneda, Tulio Garín, Sabino Cartagena: pequeños industriales, dueños de curtiembres : Francisco G. Ramírez, Francisco Murillo Soto, Beto Quesada, Simeón Elencof, y Nuncho Quesada; de zapaterías y talabarterías con pincipios industriales, como era el caso de la del salvadoreño Ángel Orellana, Carlos Castro, Delio Lozano, Pedro Zelada (salvadoreño), Luis Zelada, Juan Delarca y Tico Araya; los transportistas,
 dueños de automóviles: Purificación (Puno) Martínez, Jorge Farusca, Leónidas, Alfredo y Alberto Zuniga, Danilo Moya, Moncho Ramírez, Armin Quesada, Francisco Gonzales Baca, María Gómez, Alfredo Castro, Raúl Estrada, Toya Yacaman, Carlos Hoch, Luis Alonso Martínez, Alirio Martínez, Juan Ramón Ramírez, Francisco Nasser, José Lozano y Enrique Lozano ;
los carreteros Checho Núñez, Tavo Cano, César Castro (Camarada), Purificación Reyes (Capo), Margarito Suazo, Placido Almendarez, Ramón Fúnez y Fausto Cárcamo que eran propietarios de carretas tiradas por caballos; y los carreteros, dueños de carretas tiradas por bueyes: Purificación Reyes, Francisco Villagra, Antonio Meléndez, Tavo Soto, Donato Figueroa y Lucas Figueroa; y los dueños cultivos permanentes ( café ) Elías Serrano, caña de azúcar, Juan Rascof, naranjas, Marel Medina y plátano y chatas, Prospero Bardales y Francisco R, Lozano. Además,

formaban parte de la “baja clase alta” de la ciudad, los médicos Octavio Bennet, Pompilio Romero, Tomas Ávila Ruiz, Raúl Madariaga, Felipe Ponce, Roberto Mejía Duron, Raúl Ruiz Leiva y Saúl Ávila; los farmacéuticos: Alirio Ponce, Jaime Ramírez, Carlos Chavarría y Carmen de Ponce; los bacteriólogos: Salustio Hernández y Salatiel Quesada, los ingenieros; Juan Pablo Soto Sevilla, Elvin Ernesto Santos Lozano, Armodio Villafranca; los abogados: Isabel Núñez, José Ramírez Soto, Lucas Zelaya Lozano, Juan Ramón Calix, Efraín Ponce Tejeda, Epaminondas Quesada Ramírez, Florencio Puerto, Horacio Moya Posas, Orlando Lozano Martínez, Andrés Alvarado Puerto, Juan Roberto Murillo, Antonio Suazo, Ramón Ovidio Navarro, José María Carpintero, Pedro Antonio Urquia, Miguel Zepeda, Carlos Alberto Pineda Mesa, Roberto Martínez Agustinus y Ricardo León Castillo y los tinterillos Jesús Sandoval y Jesús Núñez.
 Además formaban parte de esta sub clase los economistas: Cecilio Zelaya Lozano, Leonel Ramírez Soto, Luis Andino, Antonio Puerto, Francisco Núñez Narváez; los perito mercantiles y contadores públicos: Celedon Morales, Carlos Urcina Ramos, Camilo Nasser, Fernando Servellon, Linda Nasser, Sotero Miranda, Santiago Saybe Mejía, Moy Núñez Narváez, Olga Murillo, Rafael Melara hijo, Rely Santos Lozano, Adolfo Amaya, Aquilino Díaz, Francisco Fúnez Herrera, Francisco Bustillo, Virgilio Cruz, Juan María Zuniga, Luis Alonso Zuniga, Oscar Puerto, Roger Orellana Irías, Lisandro Hernán Cruz, Juvenal Flores y Zenen Romero

La clase media estaba integrada por los pequeños comerciantes: Francisco Santos Ramírez, Rita Rodríguez, Toñita Soto, Hermanas Zelaya, Donaciano Navarrete, Leandrita Moya, Efigenia Espinoza, Toñita Castejón, Jacinto Sorto, Angelita de Nasser, Sara Reyes, Victoriano Bardales Nuñez; dueños de bares y cantinas: Lino E Santos, Domingo Urbina, Fausto Castejón Rafael Martínez, Arturo Rosales, Mercedes Ponce, Ángela Acosta y Lalo Rueda;
  sastres: Samuel Rodríguez, Fermín Saravia, Aníbal Saravia, Emiliano Caballero, Alejandro Herrera, Federico Berrios, Raúl López, Felipe López Hernández, Rafael Martínez, Enrique Figueroa, Edgardo Posas Castro, José Martínez Caballero,, Laureano Irías, Efraín Duarte, Flavio Núñez, Rufino Calix Sevilla, Mario Membreño, Rolando Agurcia, David Lozano, Víctor Manuel Troches, Octavio Lozano, Julio Calix, Daniel Calix, Chico Calix, Hernán Melara, Blas Melara, José Abel Melara, Reynaldo Melara, Luis Alonso Posas, Osvaldo Sosa, Melton Bardales y Jaime Pérez; costureras: Toñita Soto, Cristelia Soto Sevilla, Olimpia Bardales Colindres, Donatila Colindres Bardales Colindres, Julia Bardales Rivera, Eva Varela, Lolita Varela, Rubenia Cartagena, María Fúnez Herrera, Hilda Armijo, Cordelia Castro, Lola Moya, Mercedes Ramos, Carmencita de Lanza, Eda Sandoval, Mercedes Sandoval, Amparito Caballero, Arnulfa Cano Ruiz, María Mercedes Cano Ruiz, Antonieta Chávez, Nila Chávez, Elvia Tinoco y Efigenia Espinoza;

 ebanistas y carpinteros: Manuel Sandoval, Arturo Sandoval, Raúl Sandoval, Alberto Paguada, Salomón Busmail, Ángel Calix Merlo, Gumercindo Santos, Carlos Santos, Armando Santos, Francisco Ruiz (Chicho Ruiz), Ramón Castro, Salvador Morales, José María Rajo y Tiburcio Carias, estos dos últimos constructores de edificios y viviendas; los hoteleros; Leónidas Zuniga, Max Starkman, Elena Yacaman, Purificación Martínez y Argentina Bardales de Alvarenga; los médicos naturistas o curanderos: Rodrigo Núñez, Ramón Fúnez y Francisco Guillen D; y los intelectuales Dionisio Romero Narváez, Ramón Amaya Amador, Juan Ramón Fúnez, Lisandro Quesada, José Abel Melara, Faustino Calix, Roger Orellana Irías, Aquilino Díaz, Carlos Urcina Ramos, Luis Enrique Aguiluz, Juan Fernando Ávila Posas, Pablo Magín Romero, Antonio Romero, Francisco Sánchez, Wilfredo Mayorga, Juan Ramón Martínez, Ibrahim Puerto Posas y Blanca Amalia Sánchez.

El proletariado con bienes, estaba representado por los albañiles; Ramón Rosa, Héctor Ruiz, Beto Ruiz, Julián Pérez, Juan Pérez, Ernesto Rodríguez, Julio Herrera, Céleo Herrera, Héctor Ruiz y Beto Ruiz; el escribiente y archivero municipal Salomón Moya, el impresor Pablo Magín Romero; las floristas Lola de Cano y Dolores Martínez de Romero; los destazadores: Rubén Gómez, Leónidas Ruiz, Margarito Suazo, Daniel Lozano, Francisco Chahin, Jorge Chahin. Enrique Saravia, Ramón Cano, Samuel Posas, Tulio Cacarraco, Simeón Baca, Francisco Martínez, Martin Martínez, Jorge Martínez, Manito Guillen, Marcos Quezada, Tavo Soto, Cayo Sosa, Alfredo Villagra, Fernando Reyes, Tomas Almendarez, Pedro Sorto, Jorge Poste, Placido Almendarez, Pedro Posas y Francisco Posas;
los músicos: Leónidas Ruiz Cano, Ismael Soto, José Martínez Caballero, Ramón Rosa, Luis Vargas, Rolando Agurcia, Plutarco Meléndez, Israel Flores, Antonio Espinal, José Estrada, Renán Núñez, Bill Oneill Santos, Carlos Inocente Urcina Ramos, Gilberto Zelaya, Jorge Burgos, Elfego Fernández, Antonio Burdeth, Héctor Núñez, Donaciano Reyes Posas, Israel Arteaga, Héctor Martínez, Juan Carmen Cruz Pery, Manuel López, Ángel Calix Merlo, Purificación Reyes,, Chico Reyes y en Sabanetas desde donde se desplazaban a la ciudad, Tío Gabo Cutinche y Chame, músicos de cuerdas. Al integrarse por parte de Lino Santos el Conjunto Lux, encargado de amenizar las fiestas semanales que se celebran en el salón del mismo nombre, llegan a la ciudad músicos que hacen grupo con los músicos locales: Alejandro Lincan, Arnulfo Martínez, Gustavo Kilter, Morris Thompson, Hermes Talavera ( el arreglista y el director del Conjunto Musical), Plutarco Meléndez, José Estrada y Edgardo Reyes (cantante);
 los mecánicos con taller: Ciriaco Núñez, Raúl Núñez Gomes, Lupercio Núñez, Armin Quesada, Ricardo Núñez, Héctor Murillo, Adelmo Urbina Martínez (Memo Tubo) e Israel Arteaga; los carpinteros: Ángel Calix Merlo, Francisco Cano, Ángel Torres; los vendedores de lotería: Raúl Rivera, Ángel Espinoza, Carlos Chávez hijo, Abel Zelaya, Antonio Narváez Rosales, Rigoberto Quesada, Conrado Quesada, Juan Edilberto Cano, Virginia Vaquedano, Irma Reyes, Simón Fajardo, Rubén Zapata, Antonio Almendarez y Telesforo Zapata que vendía la Lotería Mayor y tenía una clientela más extendida, incluso fuera de la ciudad de Olanchito; relojeros: Gonzalo Tablada y Roy Frazer; herreros y reparadores de pistolas: Pedro y Juan Janania; los canillitas distribuidores de periódicos: Bill Santos, ( El Cronista) Raúl Murillo (El Día), Cruz Pery (El Semáforo); los lustrabotas (todos menores de edad): Evelio Guillen, Roger Guillen, Oscar Rosa, Puri Rosa, José Rascof y Jardel Quesada; y los vendedores de golosinas Virgilio Cárcamo, José Rascoff, Luis “Pipi” Garay, Filadelfo Lobo, Teresa Sorto, Cesar Castro (Camarada) que vendía las famosas “estrellitas” de hielo y miel de diversos colores. Y otros más, que hacían sus ventas en los campos bananeros cercanos.


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lunes, 9 de marzo de 2015

Francisco Macoto Cruz, descubrió la Ciudad Blanca en 1969

Aunque ya varios murieron, Francisco Macoto Cruz, de 87 años, es uno de los sobrevivientes de aquella expedición que en 1969 retornó de la selvática tierra misquita, después de haber encontrado la mítica Ciudad Blanca.
fue el jefe de aquel singular grupo de hondureños que junto a tres misquitos y el jefe de un grupo Pech o Payas se fueron selva adentro y trajeron las pruebas de la existencia de una ciudad, que para los nativos es la Ciudad Mono.

El entrevistado de Día 7 relató lo que vivieron durante 36 días entre gigantescos árboles, lianas, pantanos, monos, hormigas, guaras y serpientes. Se trata de otra civilización, que ahora la famosa revista National Geographic anuncia que podría ser la legendaria Ciudad Blanca, considerada la “joya de la corona” en Mesoamérica y buscada por arqueólogos y buscadores de tesoros.

“Don Chico”, como le llaman cariñosamente, trabajó por 32 años en el Instituto Geográfico Nacional, como técnico en cartografía, formado en Estados Unidos y Panamá, donde adquirió los conocimientos necesarios para haber recorrido el país, inclusive por aquellos rincones más recónditos, identificando los puntos geodésicos en cada rincón.

"Soy nativo de Ojojona, viene a este mundo un 8 de diciembre de 1928. Me hubiera gustado haber nacido el día de los Reyes Magos, pero mi mamá me dio a luz antes.

Técnico en cartografía, pero desde niño yo quería ser ingeniero y por mis circunstancias fue difícil estudiar eso. Trabajé de anotador de niveles, hice tantos trabajos en mi vida que ya ni me quiero acordar"


¿Es cierto que usted encabezó la expedición en busca de la Ciudad Perdida?
Si, pero le quiero contar que venia de El Salvador de trabajar en 1969, en la propia guerra, yo hablaba el misquito y les pasaba los informes a nuestros combatientes. Teníamos claves para que el enemigo no nos entendiera lo que hablábamos. En el Instituto Geográfico me dijeron usted va para La Mosquitia, lo nombramos jefe de una expedición cartográfico a la Ciudad Blanca. ¿Y qué iba a hacer yo?, preparar las fotos, llevar la posición, agarrar el estudio y manos arriba.

¿Tenían conocimiento previo de donde estaba esa Ciudad Blanca?
Esto nadie lo sabe, toda esa zona está cubierta de ruinas, no se sabía dónde está la propia Ciudad Blanca, pero entre Colón, Gracias a Dios y Olancho, hubo poblaciones que existieron hace miles de años. Eso allí está, nosotros lo constatamos.

¿Qué se hicieron los demás exploradores?
Hay dos vivos y los otros ya murieron. Nosotros salimos ilesos de la selva. Allí vivimos todo tipo de aventuras. Qué íbamos a ir en helicópteros… que va aser!, a pura brújula a 90 grados al Este dirigí el grupo. Tomamos la posición y fue tan exactito que salimos por donde entramos.

¿Cómo fue esa aventura?
Conseguí a un grupo de muchachos, un paya y tres misquitos. Un muchacho del grupo le pegó un leñazo a un barba amarilla que se me iba tirar. Ese muchacho me libró de esa mortal picadura. Esa selva es extensa y peligrosa.

Más de un mes anduvimos por esa selva. Encontramos serpientes: lucerito, barba amarilla, tamagás negro, la yema de huevo, que es poco conocida. Toda clase de monos vimos.

Hallamos una ciudad, se notaba que allí hubo alguna población y eso estaba lleno de culebras. Una piedra tenía tallada una serpiente, nosotros creímos que a esos indios los pudieron haber matado las serpientes porque usted se hubiera asustado si viera como habían. Hallamos una hormiga Sulí, negra, que viene tosiendo y no hay manera de evadirlas, hasta las serpientes se les apartan.

Encendimos una hoguera porque solo le temen al fuego. Cuando esas hormigas vienen por el camino, las serpientes huyen y ahí es donde lo pican a uno. Esa experiencia nunca la había tenido. Yo fui no porque era valiente, sino porque era mi obligación y qué iba a hacer si me mandaron a buscar la Ciudad Blanca.

Fue una bonita aventura, pero lloramos en la selva. Gracias a Dios íbamos con gente que no eran tontos. Esa expedición fue la más dura que hice en mi vida, pero fue maravillosa.

Poblados indígenas donde las mujeres andaban con los pechos al aire y tapadas con hojas sus partes. Los hombres andaban igual. A nosotros nos dejaban pasar tierra adentro porque éramos respetuosos. Nosotros hallamos la mera Ciudad Blanca y eso informamos a nuestro jefe porque ese era el sentido de la exploración. Yo traía todo apuntado y así lo informé. Creo que nosotros hallamos una parte.

¿Y qué había en la ciudad?
Piedras que tenían dibujadas serpientes, unas vasijas, una mesa con la serpiente dibujada, dos hombres hincados y un sol. Sillas de piedra y unas pirámides. Hicimos fotografías y en una grabadora relatamos lo que habíamos hallado. Todo eso se quedó en el Instituto Geográfico Nacional porque esa información era secreto de Estado.

¿Usted está seguro que es la Ciudad Blanca?
Los nativos le llaman la Cuidad Blanca, así como dice la leyenda. Puede ser que sea o que no, pero lo cierto que eso está lleno de poblados que algún día existieron. Todo eso se lo ha tragado la selva ahora.

¿Es cierto que un explorador se perdió y nunca salió de la selva, buscando la Ciudad Blanca?
Es que no es cualquiera el que entra y sale de la selva. Nosotros atravesamos la montaña, cruzamos ríos de agua cristalina donde las piedras solo relumbraban en el fondo; nos metimos por fangales y llegamos al punto donde había la ciudad. Los nativos nos contaron que unos gringos se perdieron y nunca volvieron a salir.

¿Qué comían?
Mono, jagüilla, danto, arroz cocido.

¿Qué llevaban en la mochila?
Comida y remedios buenos, uno para la picada de las serpientes porque era parte del riesgo. Llevábamos unos cuetes que había que lanzar, si nos perdíamos, cuando pasara un helicóptero o los aviones de la Fuerza Aérea. Y no va a creer, que los cuetes los terminamos botando porque se deshicieron.

¿Dónde dormían?
Llevamos hamacas de hilo y las colgamos en los árboles. Los cuatro del Instituto Geográfico Nacional íbamos preparados, pero los tres nativos de Morialí estaban acostumbrados a la selva. Arcadio Escobar, el jefe de los payas era peor que un mono para ir por la selva.

¿Cómo los dirigían?
Yo los dirigía a ellos con la brújula porque andaba la fotografía aérea que localiza esa gran ciudad, con eso, con las coordenadas y la brújula pudimos llegar. Esas fotografías nos sirvieron para localizar todo lo que hay en la tierra. Un norteamericano me enseñó a leer esa fotografía aérea. Ahora, por supuesto, hay instrumentos más inteligentes para hacer el trabajo. Roney Sward, del Instituto Cartográfico estuvo trabajando con nosotros.

¿Es mito o realidad la Ciudad Blanca?
Es una realidad, aquí le pusieron la Ciudad Blanca, la ciudad existió y nosotros dimos con ella e informamos al Estado. Yo me hallé un collar de piedras preciosas, las recogimos y me lo robaron. Encontramos un montón de cosas que atestiguan la existencia humana.

La leyenda dice que en la Ciudad Mono había niños chimpancé mitad humanos, mitad monos, ¿usted vio algo?
No, semejante cosa, no vi nade de eso. Eso es una leyenda. Eso sí, la gente de esas tribus andaban semidesnudos, los hombres y las señoritas.

¿Hallaron oro?
No, pero miramos una crecida de un rio que brillaba, pero no era oro. Ese rio lo pasamos saltando piedras. Eran espigas relumbrosas. Lo más abundante son unas piedras que tienen dibujos de serpientes.

¿Cuántas lenguas habla?
Pech y misquito. Yo tengo muchas vivencias que ahora les cuento a mis nietos, hablar con los indios no era fácil, pero estaban llenos de sabiduría, cosa que deberíamos conocer las generaciones.


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domingo, 1 de febrero de 2015

Bibliografía nacional durante el 2014

El registro del movimiento bibliográfico en nuestro medio tiene ciertos inconvenientes. Algunas publicaciones de circulación regional o local son muy difíciles de obtener en las librerías de Tegucigalpa. Por ejemplo, ediciones de San Pedro Sula no son colocadas en las estanterías de la ciudad capital, igualmente sucede con publicaciones de otras ciudades: no llegan o circulan en Tegucigalpa. Lo mismo ocurre con los impresos que obsequian instituciones como el Banco Central de Honduras, que al no estar a la venta al público se vuelve una verdadera odisea el adquirirlas. En las presentaciones de publicaciones de literarias que recogen los diarios nacionales, es muy poca la información que se extrae de ellas. Por lo que dificulta realizar una investigación más exacta del movimiento bibliográfico nacional, añadiendo que el registro de ISBN, adscrito a la Biblioteca Nacional “Juan Ramón Molina”, no publica sus registros mensuales o anuales en algún boletín o medio informativo.

Nota del editor de Tribuna Libre : A los libros listados abajo agregariamos los presentados en Olanchito que no estan en la lista : Expresiones de mi tierra (Rene A. Arriaga Rodriguez), Capsulas de Derechos humanos (Oscar Puerto Posas), Imaginarios (Carlos Escamilla), y Oasis Bananero (Adelmo Zelaya)

Considerando estas circunstancias, intentamos presentar un registro de la bibliografía nacional que ha circulado durante el año 2014:

1.  José Gonzales, Memoria de Atahualpa “Premio Europa Hibueras de poesía”, 2013;
2.  Juan Carlos Molina, Contratiempo, (novela);
3.  Ingrid Ortez, Historia de Insomnio y delirios, (Poemario);
 4. Javier Vindel, Álbum Familiar, (Poemario);
5.  Martha Alegría, Yo te encontré, (Poemario);
6.  Salvador Romero Ballman, Mi padre, última tarde y otras crónicas (Poemario);
7.  Graciela Salman, Secretos de mi cocina, (Recetario);
8.  Galel Cárdenas, Bosque infinito, (Poemario);
9.  Yolany Martínez, Espejos de Arena, (Poemario);
10. Tito Estrada Ochoa, Teatro, (Ensayos y obra teatral);
11. Norma Murillo, Sueño Campesino, (Poemario);
12. Heber Sorto, Hojas reunidas: 20 años de poesía, (Antología):
13. Analbina Castillo, Poemas del alma, (Poemario);
14. Jesús Alberto Reyes, Ich existiere wieder, De nuevo existo, (Poemario, edición español-alemán);
15. Israel Serrano/Melissa Merla, at all; Kaya Awiska, Antología del cuento hondureño, (Antología);
16. Samuel Trigueros, Exhumaciones, (Poemario);
17. Livio Ramírez Lozano, Antología de pinos y otros árboles del reino, (Antología);
18. Kalton Harold Bruhl, Un nombre para el olvido, (Antología de cuentos);
19. Kalton Harold Bruhl, El último vagón. 2da edición (Cuentos);
20. Kalton Harold Bruhl, Donde le dije adió, (cuentos);
21. José Álvaro Cálix Rodríguez, Ariana y la burbuja (Cuentos);
22. Nery Alexis Gaytán, Los valores, emblema de la vida (Motivacional);
23. Jorge Medina García, El viento que sopla los carbones apagados del amor. Premio Único de la              Novela Corta Centroamericana (Novela);                                                                                           24. Carminda Clementina Romero, El calcetín de mi General, (Historia local);
25. Walter Enrique Ulloa Bueso, Padre Juárez, hombre de Dios y hombre de mundo, (Selección de           escritos sobre la vida del sacerdote Antonio Juárez Pereira);
26. Lucio Núñez Carranza, Los Lencas y el cambio social en Honduras, (Antropología):
27. Rubén Salazar, Luchas y cantares, Historia de los cantautores hondureños, Asayco, (Antología de       Documentos);
28. Mario Posas, Cambio y Persistencia en la educación hondureña (Historia);
29. Mario Posas, Hitos históricos de la UNAH, (Historia);
30. David O´Hara Castro, El Corpus, pueblo dorado de Honduras (Historia);
31. Raúl Alvarado, Historia: Los municipios de Santa Bárbara, (Historia);
32. Armando José Ramos, Historia de Gualcinse, Tomo I (Historia);
33. José Manuel Pinto Maldonado, Estamos Ocotepecanas y menjurjes (Historia);
 34. Ramón Amaya Amador, Morazaneida. El sombrero de junco (Historia);
35. Carolina Elvir Prieto/César Elvir Sierra, Convenio bilateral de ayuda militar. Anexos y Protocolo.
     Honduras y Estados Unidos (Relaciones Exteriores);
36. Ediciones FOSDEH, Análisis de la Pobreza en Honduras, y, Lineamientos para la construcción de       un Pacto Fiscal en Honduras (Documentos de Análisis);
37. Ediciones Paradiso, Las de Hoy. Selección de poesía (Antología);
38. Elisa Logan (Antología) Voces de la ANDEH (Poemas);
39. Karla I. Herrera, Silencios habitados (poemario);
40. Alexis A. Laínez, A una chiquilla de un neófito alfarero (poemario);
41. Perla Rivera, Sueños de Origami (Poemario);
42. Fabio Castillo, La Monarquía de los perros (Poemario);
43. Sergio Ramírez, Un espejo roto. Antología del nuevo cuento de Centroamérica y República Dominicana;
44. Enrique Aguilar Paz Cerrato, Las ventanas del Laberinto, (Biografía);
45. Dennis Espinal, Rigoberto Espinal Irías, Un hombre de Leyes al servicio de Honduras, (Biografía);
46. José Gonzales Diccionario de literatos hondureños (V edición);
 47. Julio Escoto, El ojo santo. Las ideologías en la religión y la televisión (Ensayo);
 48. Ricardo Falla, sj; Al atardecer de la vida. Cuadros sueltos que prefiguran el siglo XXI. Honduras         1993-2001 (Ensayos. Guatemala);
49. Mario Mencía Gamero, Retrato de una Nación (Escritos Políticos);
50. Edgardo Rodríguez, (compilador) y editor), Retos y amenazas a la democracia hondureña,                   (Ensayo);
51 Carlos Gustavo Villela, República de los Charcos (Ensayo);
52. César Indiano, Los Oligarcas, ¿de dónde salieron los ricos? (Ensayo).

Como se puede observar, el movimiento bibliográfico nacional durante el año 2014, es muy raquítico, por no decir anémico; o más preciso: ¡moribundo! Los esfuerzos del Centro Cultural de la UNAH en Comayagüela, el Centro Cultural de España, el Instituto Hondureño de Cultura Hispánica, y el Centro Cultural Sampedrano, por estimular el fomento de la lectura, necesitan reforzarse para aumentar el número de lectores, y mejorar de alguna manera la producción bibliográfica nacional.

Ismael Zepeda Ordoñez ....Historiador. Choluteca. UNAH Fuente : La Trinuna


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sábado, 27 de diciembre de 2014

Las familias Navarro y Sandoval de Olanchito

Por : Ramón Ovidio Navarro D.

Con mi respetuoso saludo,Lic Juan Ramon Martinez después de la lectura de su artículo publicado en la página 7-B, “Anales Históricos”: Olanchito entre 1948 y 1963, 25 años de lento desarrollo, en “Diario LA TRIBUNA”, que circuló el domingo 23 de noviembre de 2014, lo felicito por tan valioso aporte para la cultura y la historia de nuestra sociedad que se alimenta de las ideas, conceptos y acontecimientos que relatan y escriben personajes de las letras y de la comunicación como usted, quien se merece las felicitaciones de sus lectores.

Sin ser historiador, analista, escritor u orientador de la opinión pública, comparto el contenido de su mencionado trabajo.
Me impulsa escribirle estos párrafos para aportarle, si usted lo tiene a bien considerar, que yo crecí en el hogar de mis abuelos paternos Mariano Navarro Pouvert y Mercedes Sandoval de Navarro, ambos oriundos de Olanchito, no pertenecientes a clases privilegiadas, honrados, trabajadores, pero bien reconocidos por todas las familias del lugar. Yo no nací en Olanchito, nací en la ciudad Puerto de Trujillo, departamento de Colón, pero adoptivo de Olanchito y de El Progreso, departamento de Yoro. Fui trasladado a Olanchito a la edad de nueve meses, al hogar de mis mencionados abuelos. En Olanchito, inicié la escuela primaria, recordando siempre a mis maestros: Andrés López Díaz y Joaquín Reyes, en la escuela primaria “Modesto Chacón”.

Mis abuelos cultivaron en mí, grandes valores y principios, que creo honrarlos hasta el último día de mi existencia, adhiriendo a ello la formación que me dieron mis padres también: Ramón Navarro Sandoval y Amelia Duarte.
Quiero destacar, porque quizás no lo registren su memoria y sus datos históricos, que el hogar de mis abuelos estaba constituido en su humilde propiedad, con un amplio solar, exactamente frente a la casa de don Francisco Núñez Oseguera, quien junto con su esposa Juanita me vieron crecer desde los nueve meses de edad, lo mismo que don Alirio Ponce Tejeda, su esposa doña Francis y don Felipe Ponce y su esposa doña Cayita Posas, lo mismo que don Mauricio Ramírez y su esposa doña Chayina. Contiguo a la propiedad de mis abuelos Mariano y Mercedes, establecieron la farmacia La Nueva, don Alirio y doña Francis, haciendo un mismo solar con la nuestra (de mis abuelos), aunque antes la tenían al frente, contiguo a la casa de don Francisco Núñez Oseguera.

Mi abuelo Mariano Navarro Pouvert fue un ciudadano ejemplar, que ejerció por algún tiempo el cargo de juez de Paz, pero también sabía el oficio de zapatero. En ambas ocupaciones, generó el sentirse honrada toda la familia. Mi abuela Mercedes, también muy reconocida, por su devoción a la Iglesia Católica y su condición de modista, que entonces le llamaban “costurera”, además fue un ejemplo de unidad de la familia, de principios morales, de cultura y educación.

Debo adicionar, que mi abuela Mercedes le enseñó las primeras letras, mediante el procedimiento de enseñanza por cartilla, a diversos personajes de la ciudad. No tengo absoluta seguridad si sus primeras letras las aprendieron con ella, grandes hombres de talento, como el periodista don Dionisio Romero Narváez y el recordado escritor don Céleo Murillo Soto, a quienes conocí siendo yo un estudiante en cuanto al primeramente mencionado y al segundo ya habiendo culminado mis estudios de abogacía, todo por habérmelos presentado mi padre, con quienes eran grandes amigos.

Es del caso mencionar, que mi abuela era comadre con doña Chabelita Amaya, quien tenía su casa de habitación frente a la Plaza Central ahora parque Central, donde había crecido un gran árbol de ceiba o “ceibón”, así llamado popularmente por los de la época. Por encargo de mi abuela Mercedes, para decir mejor: por mandados, llegaba frecuentemente a saludar a doña Chabelita, madre del orgullo de las letras hondureñas, escritor y novelista don Ramón Amaya Amador, a quien veía de pie en el corredor de la casa de su madre. Posteriormente lo volví a ver, ya en el exilio, en ciudad de Guatemala, precisamente en un parque de la capital, presentándomelo mi padre, como amigo de él y explicándome ser el autor de Prisión Verde, ya para entonces yo estudiaba en el instituto José Trinidad Reyes y mi padre, en período de vacaciones me llevó a Guatemala con el objeto de una intervención quirúrgica de amigdalitis, pudiendo haberlo hecho en uno de los hospitales de la Tela Rail Road Company, de la cual era empleado mi padre, pero él dispuso viajar a Guatemala para entrevistarse con el novelista Amaya Amador, con quien sostuvieron excelentes relaciones de amistad, sin considerar el pensamiento o ideología de ambos, sino poniendo como prioridad la amistad de sus respectivas madres y la propia de ellos. Tuve el honor de conocer a la madre del novelista y a él en las dos circunstancias: haciendo “mandados de mi abuela” y posteriormente en su situación de exilio él y nosotros de visita en Guatemala.

No es mi propósito ser vanidoso en la alusión a los hechos y acontecimientos que le expreso en esta nota, sino aportar a su voluminosos hechos históricos en su poder y honrar la memoria de mis ascendientes, integrados en las familias Navarro y Sandoval, de esta última quedan muchas y muchos, de quienes me enorgullezco por su honradez, laboriosidad, principios cristianos y sobre todo integración familiar y poseedores de un sólido cariño entre sí y para el prójimo.
Muchas personas que aún existen y me merecen respeto y admiración recuerdan estos y otros hechos que pueden contribuir a la historia. Solamente tengo en mi memoria a una apreciable dama que dichosamente la tenemos en nuestra sociedad y que recuerda a mis ascendientes y colaterales, como a quien cariñosamente le llamamos doña Locha Caballero. Mi reconocimiento para ella y sus hijas y demás familia.

Finalmente deseo destacar que siendo niño conocí a muchas de las personas distinguidas y honorables que usted menciona y que una de ellas, don Nemecio Cárcamo, a quien llamábamos todos de la familia: Tío Mencho, fue casado con mi tía Tila Sandoval, quien recientemente falleció en Olanchito y que me unen lazos de amistad y familiares así como con otras de las familias que usted menciona.
Se adhieren a esta relación de hechos mis hermanos Guillermo Ordóñez Duarte, Orbelina, Olinda Suyapa, José Omar Navarro Duarte, Miriam y Yolanda Navarro.

No persigo publicidad con esta iniciativa de escribirle, sino que quizás usted lo considere para sus reseñas históricas, que como dice al final de lo escrito en tan prestigiado medio: “continuará en el próximo número”.
Dejo a su ilustrado criterio tomar en consideración lo escrito en estos párrafos. “Soy un simple abogado y notario, viendo caer la tempestad en este país” (sic).
“La historia es testimonio de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, anuncio de la antigüedad”. (CICERON: de oratoria).
Con demostraciones de mi mayor consideración, dejando constancia de mi agradecimiento, me suscribo de usted, atentamente.

 Fuente : Diario La Tribuna  Seccion Anales Historicos 14 Diciembre 2014

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martes, 9 de diciembre de 2014

Olanchito 1948-1963: La gran huelga y la campaña electoral

Por Juan Ramon Martinez
Aunque éramos muy jóvenes, todavía sin ingresar en la adolescencia, la Gran Huelga y la campaña electoral de 1954, estremecieron a toda nuestra generación. Estábamos entonces una mañana en el aula del sexto grado; y de repente, alguien menciono que había huelga. Y que estaba cerca. El que lo dijo no pudo explicar que era una huelga, quienes la ejecutaban, que buscaban; y, tampoco donde estaban. Pero ocurre que los huelguistas ya habían ingresado desde los campos bananeros cercanos, caminando a pie desde Coyoles Central especialmente, para congregarse en el Parque Central de la ciudad.
 Hacia allí nos dirigimos los más curiosos. Cuando le preguntamos a los extraños, que tenían toda la pinta de trabajadores de las fincas, quien era el líder nos señalaron hacia la improvisada tribuna en donde, un hombre de baja estatura, de unos cuarenta años lo más, se dirigía en forma monocorde y cansada, a sus compañeros de lucha. “Tengo tres días de no dormir” recuerdo que repetía Jeremías Cruz, trabajador de Coyoles, experto en fumigar los riachuelos, pozos de agua estancada y pequeños causes entre los barracones, para prevenir la malaria, explico alguno que estaba cerca. Dijo después, que agradecía la cooperación de los comerciantes locales – la mayoría “turcos” – que le habían dado una muy valiosa cooperación para sostenerse.

Nosotros, llamados por la campana de la escuela, volvimos a nuestras clases, pese a que el profesor ese día — por razones de salud– no había llegado. El director Manuel de Jesús Castro, sin embargo, nos reconcentro en nuestra aula en donde varios empezaron a hablar al unísono. Le escuche a uno que dijo que si el profesor Quincho, no asistía por enfermedad, no teníamos por qué estar sentados, sin recibir clases. Otro dijo la palabra huelga. Y al final, uno de los más garrudos dijo, que nos pusiéramos en huelga. Todos dijimos que sí.
En la tarde, todos nos presentamos a nuestras clases pero nos quedamos en el parque situado al frente, sin entrar al aula. Una media hora después, el profesor Castro tomo cartas en el asunto. Y se quedó en las puertas, vara en mano, esperándonos. Poco a poco, sin motivación suficiente, nos fuimos rindiendo; y uno a uno, fuimos entrando al patio, en donde nos formó en fila; y nos castigó físicamente a cada uno de los alumnos de sexto grado. A su pregunta disgustada: “quien es el jefe de este motín”, el más grande todos nosotros – y que no tenía responsabilidad alguna – asumió la culpa. Pero él era más fuerte y soporto el castigo físico que le impuso el director de la escuela Profesor Manuel de Jesús Castro. Se llamaba Francisco Villagra. Creo que para todos, aquello fue un incidente sin importancia. Lo he guardado, solo para honrar el compromiso que tenia de contarlo. Cosa que hago ahora.

Para finales de 1954 estaba previstas las elecciones generales para suceder al presidente Juan Manuel Gálvez que había sido elegido sin oposición alguna en 1948. Para 1954, el Partido Nacional estaba dividido en dos facciones: el Partido Nacional cariista y el Movimiento Nacional Reformista. Llevaba como candidato, el primero, al ex dictador Carias Andino y al que había sido su vicepresidente, el general e ingeniero Abraham Williams Calderón, el MNR. El Partido Liberal llevaba a Villeda Morales como Presidente y a Enrique Ortéz Pinel como vicepresidente. Villeda Morales y Ortez Pinel, visitaron la ciudad. Les oímos hablar; y nos impresionaron sus discursos. Ni carias Andino ni Williams llegaron a la ciudad que se quedó sin conocerles. Pero con todo, lo mejor fue la campaña. Es aquí en donde se centran nuestros recuerdos. Unos meses antes de las elecciones, establecidas a celebrarse el 10 de octubre de 1954, se instalaron alrededor del Parque Francisco Morazan, tres altoparlantes, los más ruidosos que se había conocido hasta entonces en la ciudad. Popularmente, se les llamo “pito retas” a los altos parlantes. El primero (el del Partido Liberal) se instaló en la casa de doña Filena Ramírez, el segundo en el cine Gardel y que servía para hacerle propaganda al Partido Nacional; y el tercero, dedicado a la campaña del MNR estaba en la casa que después fue propiedad de Danilo Soto, entre el cabildo municipal y El Astoria. Los “locutores” liberales eran Roberto Sorto, Terencio Puerto, Lisandro Quesada Bardales, Norberto Bardales y Tita Sorto, la voz melodiosa que cantaba divinamente.

 Los del Partido Nacional eran Ranulfo Rosales, Lucas Zelaya Lozano e Ibrahim Puerto Posas. En la pito reta reformista Oscar Melara y Estrada, a los que hacían compañía musical, cantándole canciones populares, los integrantes del “Quinteto Melódico” (Gilberto Zelaya, Plutarco Meléndez Posas, Jorge Burgos, Bill Santos y Carlos Urcina). Al principio, como los tres altos parlantes operaban al unísono, era difícil escuchar la verborrea de los improvisados “locutores” políticos. Enterados los involucrados, establecieron un pacto, en virtud del cual, hablaría cada uno de ellos una media hora, para en la siguiente, lo hiciera el de otro partido.

 De este modo, en la noche se hacían por lo menos dos rondas en las que aprovechaban para polemizar arduamente. Las discusiones eran la mayoría pedestres, sin contenido; y tenían más bien, como se acostumbraba entonces, la impronta de la ofensa y la agresión verbal, algunas chapaleando en los lodazales de la vulgaridad. Los más moderados eran los reformistas, de los cuales recuerdo que se decía popularmente que “ñato era el candidato (general Williams), ñato el locutor ( Señor Estrada) y ñata la pito reta”. Los que se agredían con más fuerza e incluso cayendo en la vulgaridad, eran los nacionalistas y los liberales, que lo hacían sin piedad y casi sin respeto alguno. La verdad es que, para oírlos, uno tenía que ir al Parque Morazán, de forma que evadía las agresiones auditivas si se mantenía algunas cuadras alejadas de donde provenían los ruidos.

 Las elecciones celebradas en la fecha indicada, fueron ganadas por los liberales en forma bastante holgada. Villeda Morales hablo por la radio un día después, diciendo aquello que habían ganado la batalla.
La mayoría de nosotros, no valoro suficiente lo que estábamos siendo testigos. Era una suerte de juego de multitudes, nada más. No apreciábamos trascendencia alguna. La huelga y las elecciones, solo tenían significado tan solo como expresiones de multitudes. Como simples pompas de jabón. Para conocer el significado de esos dos grandes acontecimientos y, valorarlos; teníamos que esperar algunos años más.

Fuente : La Tribuna 7 Diciembre 2013

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lunes, 8 de diciembre de 2014

Breve incursión al mundo garciamarquiano

Gabriel Garcia Marquez, Juan Fernando Avila, Olanchito, Honduras
Por : Dr. Juan Fernando Avila Posas (Olanchito,Yoro, Honduras)
A: Juan Ramón y José Dagoberto Martínez B. irrenunciables admiradores de la obra del célebre y desaparecido escritor colombiano.

El jueves 17 de abril, en plena celebración consagratoria a la Semana Santa del 2014, a las nueve de la mañana, en su casa de habitación ubicada en la calle de Fuego 144 del suburbio residencial del Pedregal de San Ángel, zona postal 20 de la ciudad de México D.F., a la edad de 87 años, rodeado en su lecho de enfermo por su esposa Mercedes Barcha, sus dos únicos hijos, Rodrigo y Gonzalo, además de sus nietos, se rindió ante los designios inevitables de la muerte, el más importante escritor de habla hispana que la república de Colombia le haya dado al mundo, como fue el célebre autor de tantas obras trascendentes de la literatura,
 Gabriel García Márquez, quien había nacido en Aracataca (Magdalena), un lugar del Caribe colombiano, un 6 de marzo de 1927, siendo uno de los diez y seis hijos de Gabriel Eligio García, de oficio telegrafista y once de su esposa Luisa Santiaga Márquez.
La noticia de la muerte del escritor circuló con profusión por todas las redes sociales, y las reacciones fueron múltiples, todas acentuadas con timbres de pesadumbre y nostalgia, pues el fallecimiento de una personalidad que revolucionó la creatividad literaria desde géneros complejos como el cuento y la novela, subvirtiendo las reglas tradicionales de la redacción, y combinando la realidad con la fantasía, derivaron en un nuevo mundo de invención que nació en Macondo, un nombre de resonancia poética de una remota aldea perdida en el sopor de la ciénaga, y ubicada dentro del Caribe colombiano, hasta traducir el mundo a una verdad literaria bautizada como realismo mágico.

El diminutivo de Gabo fue un trato efectivo que le diera Eduardo Zalamea Borda, subdirector de El Espectador, cuando el renombrado escritor incursionó exitosamente en el periodismo colombiano, donde publicaría sus primeros cuentos, que más tarde pasarían a formar parte de su voluminosa obra, y el trato de Gabito, recibió en forma diminutiva desde niño en su tierra natal, cuando en las calles polvorientas y abanicadas por los vientos vespertinos despedidos por los bananales, jugaba trompo con su más antiguo amigo de infancia, Luis Carmelo Correa.

La primera noticia que tuve de Gabriel García Márquez, como escritor, fue en los meses iniciales del año de mil novecientos sesenta y siete. Yo me había matriculado como alumno regular en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), e inspirado como lector irrenunciable de todo lo que contribuyera a mi formación cultural, una mañana, con la tímida curiosidad del adolescente provinciano extranjero, ingresé a la Librería Universitaria del Paseo de las Facultades, donde se encontraban todos los ejemplares editados por la Editorial Universitaria, y otras obras impresas por centros de formación superior del resto del país, dentro de las que no se excluía la Universidad de Xalana, Veracruz, que venía desarrollando una labor divulgativa de autores nacionales y extranjeros digna de admiración. Allí encontré algunos textos que adquirí a precios extraordinariamente baratos, dentro de los que recuerdo, La ventana en el rostro, de la voz representativa de la nueva lírica salvadoreña Roque Dalton, Cada cosa es babel, del poeta mexicano Eduardo Lizalde, El acoso, del narrador neobarroco cubano Alejo Carpentier, además de El final del fuego y Las armas secretas, del argentino Julio Cortazar, y por supuesto, La mala hora, de Gabriel García Márquez, que fueron mis primeras lecturas en el exterior en mi apasionada formación cultural autodidacta.

Lejos de imaginar estaba que una obra de trascendencia literaria de la dimensión de Cien Años de Soledad, había sido editada por la editorial sudamericana de Argentina, y que mi compañero de departamento, el poeta y estudiante de Derecho en la misma universidad, Livio Ramírez Lozano, llevaría una mañana a nuestra habitación para ser leída por él, y más tarde sugerirme el conocimiento de la misma, y las innovaciones descubiertas, vistas desde una perspectiva que el autor había creado como nueva corriente en el marco de la narrativa contemporánea latinoamericana.

Este año se vivían procesos cíclicos de conmoción mundial. Se desencadenaron una serie de fenómenos violentos en América Latina, dentro de los que se inscribía la presencia del guerrillero heroico Ernesto Che Guevara, en las agrestes montañas sudamericanas de Bolivia, quien junto a nuevas figuras revolucionarias pretendían cambiar la realidad político social de los pueblos sojuzgados de América por medio de la boca de los fusiles. En Perú, igualmente, las fuerzas insurgentes hablaban el mismo lenguaje, a través de los grupos Sendero Luminoso y Tupamaros, como de similar forma lo hacían en Guatemala, las células guerrilleras divididas en tres columnas, encabezadas por el excadete militar Luis Turcios Lima, que pereciera en un accidente automovilístico, el chino Yon Sosa, y César Montes. En Colombia, Manuel Murulanda (Tiro fijo), encendía la llama combatiente de la FARC, en un nuevo intento de reivindicación popular. En Venezuela, Douglas Bravo y Teodoro Petkoff, reagrupaban sus fuerzas para incendiar las montañas del país andino, mientras en Honduras, se había constituido con todas las formalidades el FSLN, que barrería con la dinastía impuesta y hecha dictadora de la familia Somoza y suc. de Nicaragua.

En México la juventud universitaria elevaba signos de protesta exigiendo reformas estructurales educativas para el país, y el rechazo a la longetividad del mismo partido en el poder, y con ese fin, se protagonizaron una serie de protestas, y multitudinarias manifestaciones que culminaron con la histórica y brutal represión de Tlatelolco, dejando un saldo dolorosamente humano para el país, y una herida sangrante que nunca ha podido
cicatrizar.

Dentro de toda esta convulsión, la pluma vigorosa y fecunda de Gabriel García Márquez, ya nos había adelantado varias obras como el Monólogo Isabel viendo llover en Macondo (1955), Relato de un náufrago (reportaje) (1955), (premio de la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia) La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, Los funerales de la mama grande, La mala hora (premio ESSO de novela colombiana), y finalmente aparecía la novela Cien Años de Soledad, que además de inmortalizarlo, ganaría una influencia desconcertante en los escritores de habla hispana, y formaría una legión de admiradores y lectores influenciados por su estilo como ningún otro autor lo haya logrado en el ejercicio de su mundo creacional, tal como lo inició en el universo mágico de Macondo, pasando por la capacidad de ascensión de Remedios la Bella, al mundo de invenciones y novedades de Melquiades, las noticias cantadas y llevadas de pueblo en pueblo por Francisco el Hombre, así como los sufrimientos torturantes vividos por la Cándida Erendira y su abuela desalmada, que tuvo que pagar con su cuerpo y sus servicios sexuales por el daño que hizo a su abuela, como de igual forma lo hacían las prostitutas en la costa norte de Honduras donde vivían su calvario, tratando de saldar cuentas que cada día aumentaban y las comprometían con las dueñas en los centros de tolerancia donde se refugiaban a vender sus placeres.

Pero lo que deseo referir fundamentalmente es que La mala hora, el primer libro que conocí de García Márquez, lo que más me impresionó además del ambiente de relaciones tejidas por un falso aprecio y la envidia secular propia de los pueblos, pequeños, fue la identidad de sus protagonistas con muchos personajes de mi tierra natal, y aquel dato sugerente y casi fotográfico, como la presencia de la United Fruit Company, explotando las fincas bananeras, como lo hacía en nuestra región del Valle del Aguán la Standard Fruit  Company, más la inevitable conducta del alcalde intransigente, del dentista flebotomiano, el cura impostergable, del barbero inagotablemente parlanchín sabelotodo, y tantos personajes que transitaban en el marco referencial y dialogal de la novela, igual que la Calle de los Turcos, que fue quizá la traslación más precisa y subliminal de una arteria comercial de mi ciudad al marco escénico de la novela, como el hotel de dos plantas frente a la estación sombría del ferrocarril, me volvieron un lector inmenso en la búsqueda de cuanto tuviera un perfil, un sesgo, o algo que fuera propio de mi tierra, y que el autor lo había llevado hacia Macondo, para armar la estructura integral de su novela. Yo me imaginaba a los viejos palestinos de Olanchito, sentados en las puertas de sus tiendas como Serapio Bendeck, Juan Abudog, Carlos Hoch, Goyo Marzuca, y Salvador Mahomar, comiendo con devoción semillas de calabaza en el sopor de las tardes inigualables, reprimiendo las angustias de vivir lejos del cuenco de sus lejanas tierras, y esperando como lo hacían en Macondo, los sirios Moisés, Salomón y Elías, la llegada del último tren crepuscular.

Fueron tantos los lugares comunes, que mi entusiasmo sobrepasó la lectura lineal de sus capítulos, y después de ese momento, me entregué exclusivamente a conocer la generalidad de la obra del autor colombiano que tenía maravillada a los lectores del universo, y del cual se hablaba inusitadamente en bares, cafeterías, restaurantes, círculo de estudio, tertulias, universidades y en los centros donde se ventilaba cultura.

Así fue que incursioné en la lectura de Cien Años de Soledad, y más tarde comprobé, como lo sigo comprobando con sorprendente y asombrosa coincidencia, que el síndrome o conocimiento de una obra original o clásica, no influye de manera determinante en la formación inicial o posterior de un futuro escritor. El propio García Márquez lo confiesa en la página 57 de sus memorias, Vivir para contarla, que el primer cuento que el conoció en su vida fue Genoveva de Bravante, leída por Juana de Fleytes, una matrona rozagante que tenía al don bíblico de la narración. Curiosamente, muchos años después sin la menor referencia del célebre autor, porque hasta entonces era desconocido, Juan Ramón Martínez, cuando apenas era un adolescente y comenzaba a inquietarse por este oficio irredimible que tamizan las palabras, tendría la oportunidad de conocer el mismo libro, Genoveva de Bravante, del autor alemán Cristóbal Srhmid, un día que su madre doña Mercedes Bardales Colindres, la dejara bajo el colchón de su cama donde ella acostumbraba realizar su siesta, y el futuro escritor la sustraería de manera furtiva para después envolverse en la lectura ininterrumpida de la novela que había apasionado a su madre, y la cual guardaba como una de sus reliquias preciadas y leía con repetida satisfacción.
El libro Genoveva Bravante, mucho tiempo después, sería recibido como regalo de despedida una noche cuando se disponía a cenar en un restaurante de Barcelona, España, cercano a la Avenida Madrid, y refiere que mientras el chef tomaba la orden, sus dos hijas con residencia en aquella apasionante ciudad, y uno de sus yernos, le entregaron n regalo, y era Genoveva Bravante, editada en la misma ciudad por Juan Roca y Bros, calle de Platería # 104.
Sin embargo, ni a García Márquez, ni a Martínez Bardales, Genoveva de Bravante, les determinó su vocación para seguirnos deleitando con una sintaxis inigualable en el marco del desarrollo de la literatura internacional y nacional.

García Márquez, confesaba que su punto de partida para la elaboración de un escrito lo constituía una imagen visual. En tanto en otros escritores el libro nace de una idea, en cambio en él, la visión se volvía totalizante, y es cuando se sentaba frente a una máquina de escribir de nueve de la mañana a tres de la tarde, ante un ramo de flores amarillas a desarrollar o redactar lo que más tarde sería la visión de un cuento, o de una novela. La hojarasca, su primera novela, es la visión de un viejo que llevó a su nieto a un entierro. El coronel no tiene quien le escriba, la visión de un hombre con una especie de silenciosa zozobra esperando una lancha en el mercado de Barranquilla. La mala hora, la vida clandestina de una sociedad confesada en verdades por medio de pasquines pegados en las puertas de las casas, Cien Años de Soledad, la imagen de un viejo que lleva a un niño a conocer el hielo exhibido como curiosidad de circo, y según sus biógrafos y críticos, es el tiempo cíclico en el que suceden historias fantásticas, peste de insomnio, diluvios, fertilidad desmedida, levitaciones. Es una gran metáfora en la que se narra la historia de las generaciones de los Buendía, y así se fue produciendo durante años todo ese mundo maravilloso traducido en literatura mediante un lenguaje renovado con una riqueza idiomática contagiosa, de evocaciones casi fantásticas que solo la soledad y la nostalgia pudieron recuperar traducidas en la obra más leída en el universo después de la Biblia y Don Quijote.

De igual forma el autor ha descrito que La siesta del martes, el que consideró su mejor cuento, y que para los nuevos lectores forma parte de la narrativa de Los funerales de mama grande, surgió de la visión de una mujer vestida de luto cerrado con una niña de doce años que llevaba un ramo de flores mustias envueltas en un periódico. Era la madre y hermana menor del ladrón que María Consuegra, había asesinado de un tiro unos días antes cuando trataba de forzar la puerta con una ganzúa, quienes caminaban con un paraguas negro bajo el sol ardiente en un pueblo desierto con destino al cementerio.
El relato es una realidad recreada mágicamente con un lenguaje sobrio, dominado por una preocuparon de eficaz y sorprendente ambientación, en un escenario que fue parte  de sus insomnios, y teniendo a Macondo, ese nombre de resonancias inusitadas, incrustadodentro de la interminable simetría de los bananales como escenario, distante a diez minutos de Aracataca, su tierra natal, donde vivieron sus abuelos, Nicolás Ricardo Márquez (Papalelo) y Tranquilina Iguaran (Mima), quienes inspiraron y fortalecieron tantas historias del más fecundo escritor de habla hispana que hayamos tenido la fortuna de leer.

Macondo, sobrevivió en la literatura garciamarquiana hasta el libro Cien Años de Soledad, su quinta obra. Después sobrevendrían novelas y cuentos escritos en nuevos escenarios, distintos personajes, diferentes realidades, y en el camino de una nueva narrativa más de alguno de los protagonistas sucumbió ante la adversidad o la muerte, o el propio autor se vio obligado a liquidarlo y prescindir de él, para que la novela recobrara el cauce narrativo que el autor quería imprimirle, pero García Márquez, llegó a humanizar a tal extremo sus personajes, que en un relato del Olor de la guayaba, confesó a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, que cuando decidió terminar de una vez por todas con más de alguno, dejó de escribir el párrafo siguiente y se fue a su cama a llorar por el personaje muerto, con el mismo sentimiento con que se llora a un ser querido o a un familiar cercano y necesario que se pierde definitivamente para siempre.
Al rememorar la obra íntegra del autor latinoamericano que más me ha impresionado, revisó su voluminosa bibliografía, y llegó a la conclusión, que quizá nadie como Gabriel García Márquez, supo escoger su vocación de escritor, aún contrariando los deseos y aspiraciones de su progenitor, que deseaba tener un abogado dentro de sus diez y seis hijos, pero muchos años después, cuando el escritor se había convertido en una celebridad, Gabriel Eligio García, padre del autor, habría de sentirse orgulloso, y esa confesión se la hizo saber a Roberto Ruiz, reportero cultural mexicano, quien en una prolongada entrevista de dos páginas concedida en Barranquilla y publicada en el suplemento dominical El gallo ilustrado de Diario El Día de México, titulado Los muertos como los jazmines se aparecen, habló de la maravillosa obra de su hijo, de los relatos que él le contaba, y las menciones de la mayoría de los familiares que incluyó en sus novelas y los hizo trascendentes, y donde además refirió; que la vena de escritor de Gabito, la había heredado de él, porque él en su juventud escribía crónicas y poemas para periódicos de Barranquilla, y algunos de sus contemporáneos se reían porque él no era parnasiano.

Es probable que Gabriel García Márquez en su inimitable carrera como escritor haya recibido, además del Premio Nóbel de Literatura en 1982, elogios multitudinarios, como también el odio de quienes nunca pudieron alcanzar sus triunfos maravillosos y el carisma de su personalidad, pero creo que la discrepancia más notoria y pública la tuvo con el escritor peruano Mario Vargas Llosa, con quien jamás llegó a conciliarse y quien escribiera un voluminoso estudio de la narrativa del autor colombiano conocida como Historia de un deicidio, y el día de la muerte del autor colombiano, apenas exteriorizó un breve lamento rememorando tal vez el episodio que friccionó su amistad, como también lo hiciera al referirse al doctor Fidel Castro Ruiz, a quien conceptualizó peyoritariamente como uno de los más sanguinarios y repugnantes dictadores que haya producido la fauna totalitaria y autoritaria de Latinoamérica.

García Márquez, fue un caribeño auténtico, apasionado de la música de su país, y bailador de los ritmos electrizantes que movieron al mundo desde el porro colombiano, pasando por la cumbia santiaguera y los vallenatos, a los que consideró como expresiones o lamentos que se cantan y se bailan.
Su muerte fechada a principio de esta crónica, no ha significado simplemente la ausencia física de alguien que con su talento nos llevó a descubrir la soledad ignorada de América, y nuestra propia soledad. Significa la imposibilidad de reencontrarse con novedosas obras, lo que entendimos anticipadamente desde la publicación de Historia de mis putas tristes, donde las construcciones gramaticales, la verbalidad, la adjetivación, nutrida ternura, se deslizan líneas a líneas provocando una sorprendente aprehensión en el lector hasta conducirnos a sus párrafos finales.
Su muerte nos dejó sumidos en un limbo de tristeza y soledad, porque como lo diría con lenguaje escatológico, “Morir, no es estar ya más entre los amigos”. Seguro que con su muerte Macondo se convirtió en un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugados por la cólera del huracán bíblico, y que todo lo escrito sería irrepetible, desde siempre y para siempre, porque las estirpes de Cien Años de Soledad, no tendría una segunda oportunidad sobre la tierra.

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martes, 28 de octubre de 2014

Biografia de Jacobo V. Carcamo Premio Nacional de Literatura Honduras 1955

Arenal Yoro, Olanchito, Honduras
Un 28 de noviembre de 1916, en el municipio de Arenal, ubicado a 36 kilómetros al oeste de Olanchito, en el matrimonio formado por el comerciante don José María Cárcamo y doña Ángela Vallecillo, nacía un robusto varón de piel trigueña clara, nariz recta y vivos ojos verdiamarillos a quien se le puso por nombre JACOBO V. CARCAMO.

Jacobo V. Cárcamo hizo sus primeros años escolares en el municipio de Arenal y más tarde en la Escuela Modesto Chacón de Olanchito, Yoro. Tiempo después se trasladó a la capital de la República a residir en la tranquilidad colonial del barrio La Hoya, iniciando sus estudios secundarios de bachillerato en el histórico Instituto Central de Varones, que era el centro educativo más afamado de la ciudad. En ese colegio concluyó su formación media en el año de 1937, trabajando al mismo tiempo como reportero de Diario El Cronista, cuyas páginas receptivaban el pensamiento independiente y progresista de los más connotados intelectuales que por entonces tenía Honduras.
En el año de 1935, cuando cursaba estudios de educación secundaria, publicó su primer libro de poesías, “FLORES DEL ALMA”, prologado por la ilustre y valiente hondureña Visitación Padilla, que tuvo buena acogida dentro del mundo intelectual capitalino y en algunos círculos de lectores existentes en el resto del país, perfilando al autor como figura prometedora para el futuro de las letras nacionales.

El año de 1937, bajo circunstancias inesperadas el poeta se convirtió en editor y director de ZAMBRANO, revista de efímera existencia, ya que sólo circularon dos números.
La publicación de su segundo libro de poesías la hizo en el año de 1938, y salió de la imprenta bajo el nombre de “BRAZAS AZULES”, prologado por Marco Carías Reyes, e ilustrado con dibujos del doctor Lisandro Gálvez, uno de los odontólogos sobresalientes de Honduras que incursionó con éxito en los campos de la plástica, y único dentro de esa disciplina científica en haber logrado la rectoría de la Universidad de Honduras.

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