Por: Nery Alexis Gaitán
Entrevista al escritor olanchitense Juan Ramon Martinez
Fuente : Diario La Tribuna
1. ¿Por qué el título, Cuentos Tardíos?
Ocurre que cuando publiqué mi primer libro de cuentos, “La Pasión de Prudencia Garrido y otros relatos”, en un periódico de la costa norte, se dijo que publicaba tardíamente porque estaba entrado en años; y que además, hasta ahora me atrevía a escribir, cuando me había dedicado casi toda mi vida profesional, exclusivamente a hacer análisis político. Se creía que la calidad literaria estaba reducida a la precocidad. Es decir que, en ese momento era víctima del encuadernamiento: a uno lo meten en una “caja” o compartimiento estanco; y de allí, no quieren permitirle que se salga. El crítico o la crítica, no quería que me saliera del encuadre del analista; y se anticipaba que mi ingreso a la literatura era muy tardío. Por lo que estaba condenado a no tener éxito. Se me ocurrió que allí había un bonito nombre, de forma que usé una expresión cargada de negatividad, en algo positivo. Por eso es que el segundo libro se llama “Cuentos Tardíos”. Esa es la historia.
2. Háblanos acerca de lo que representa para ti “Cuentos Tardíos”, dentro de tu obra cuentística.
Pues, como nos ocurre a todos, en la Pasión de Prudencia Garrido y otros relatos, como sabes es mi primer libro de cuentos, puse toda mi ilusión. En consecuencia, puse en él todas mis esperanzas. La respuesta de los lectores ha sido buena e incluso, en algunos casos, los personajes –que en los cuentos son ligeros, frágiles y construidos a pinceladas rápidas por el autor- desarrollaron con la complicidad de los lectores, una personalidad que no me había imaginado originalmente. Ese es el caso de Prudencia Garrido, que se ha vuelto un personaje que se me repite, sin que mi voluntad intervenga siquiera, en otros cuentos e incluso creo que estará presente en la primera novela que espero publicar dentro de algún tiempo. Cuentos Tardíos es un segundo paso en la búsqueda de mi propia expresión. En su conjunto, este libro de cuentos, mucho más voluminoso que el anterior, me confirmó que el oficio periodístico y la creación literaria no están confrontados; y que más bien, se enriquecen mutuamente. Lo periodístico da oficio. La cuentística nos obliga a la creatividad que, no es otra cosa, que el limpio ejercicio de la libertad. Pero hay algo más. Este segundo libro de cuentos, representa un avance en la forma de relacionarme con los lectores y la confirmación de la necesidad de comunicarme conmigo mismo, echando mano de historias pensadas durante mucho tiempo y ambientadas en lugares conocidos. Como puedes ver, cosa que tú mencionas en el prólogo, es el mejor homenaje que le puedo hacer a mis amigos. Por ello cada cuento está dedicado, con el afecto merecido, a cada uno de los que me han acompañado en su condición de amigos en esta vida cargada de satisfacciones. Es en pocas palabras, un libro dirigido a los amigos. A los mencionados y a los muchos que he ido conociendo a partir de la lectura de sus páginas.
3. ¿De este libro, cuáles son tus cuentos favoritos y por qué?
Bueno, esta pregunta siempre es problemática. Los cuentos son como los hijos del autor. A todos se les quiere por igual. El que recuerde el que le dio más dificultad, es algo incidental como cuando nos ocupamos del hijo menos aplicado; o a la hija más desafortunada en el amor, por ejemplo. Aunque estoy obligado, en consecuencia a decir que los quiero a todos, tengo algunos que son más cercanos a mi vida, por lo que los releo con frecuencia. Otros valen mucho porque son guiños e indirectas a algunos de mis amigos literarios y profesionales, a los cuales busco impresionar. Este es el caso de Apuntes para “El Hombre de la Esquina Rosada” cuento de Borges, del cual tomo el título y en que lo imito inventando, no en el estilo sino que en las transgresiones y libertades, introduciendo en el relato personajes a partir de conocidos extraordinarios –este es el caso suyo- e incluso, hago un esfuerzo de invención, para mostrar que el cuento de la Calle Rosada, tuvo un origen en una visita de Borges a Puerto Cortés, Honduras. Como que por supuesto todo esto no es cierto; lo que quiero demostrar es que los personajes y las historias, en vez de obra de la realidad, pueden ser originados en los libros mismos. Pero, después de darle vueltas al asunto, te diré –estoy hablando como si fuera un jugador hondureño de fútbol- que podría señalar como tres cuentos que son mis favoritos, por diversas razones a: “Déjame que te cuente”, “Tanto tiempo disfrutamos de este amor” y “50 años de inventada soledad”.
4. ¿Por qué decides iniciar el libro con una rememoración de Máximo Luján?
De repente porque, como lo hiciera Lisandro Quesada, uno de nuestros mejores escritores vivos, originario de Olanchito, quiero continuar la saga de Ramón Amaya Amador. Quesada escribió las primeras páginas de la continuación de Prisión Verde, que no terminó que por consiguiente, tampoco publicó. En mi caso, la mejor manera de hacerlo, fue la de construir un personaje utilizando a uno señalado por Amaya Amador como principal en su primigenia obra literaria –pero poco trabajado en cuanto a sus características psicológicas y biográficas- como es el caso de Máximo Luján. Dicho en otros términos, me identifico con Ramón Amaya Amador, mi coterráneo inevitable y le doy continuidad, en otros tiempos, otros materiales y otras visiones, a su obra que la considero como la obra de todas, en la persona de Máximo Luján, resaltando sus valores éticos y sus visiones y compromisos en la vida.
5. ¿Existe un personaje con el que te identifiques particularmente y por qué?
Como te dije, no es cuestión de identificación. Es más bien administración la que siento por Prudencia Garrido que ha tomado una singularidad y unas características que le han convertido en más que un personaje, en una persona de carne y hueso, viva entre todos nosotros, a quien la vemos cruzar en la calle y a la cual la saludaron con afecto y naturalidad. Muchos de mis amigos, creen que ella es el mejor personaje que he creado. Y yo estoy de acuerdo.
6. “Cuentos Tardíos” reporta una vasta cantidad de nombres. Háblanos acerca de la fluidez con que logras nombrar a casi todos los personajes del ambiente, a la vez que imprimes en cada uno de ellos una personalidad y una psicología particular, sin necesidad de detenerte mucho en ello haciendo que la narración lleve su curso natural.
Cuando escribo no tengo nombres anticipados. Prefiguro el personaje, masculino o femenino, más que ser sus características, por la forma cómo piensa, cómo se expresa y la manera cómo se relaciona con su entorno. Es en este momento en que busco el nombre o los nombres. Porque tú tienes razón: en mis cuentos no hay hombres solos, sino que articulados dinámicamente con otros seres humanos, con los que se relaciona amorosamente o se envuelve en una terca y compleja confrontación. Y para nombrarlos, me dejo llevar por la coincidencia, lejana o no; o por el simple juego de la repetición, entre el personaje sin nombre y el nombre de un amigo o conocido. No soy el inventor de esta metodología. Otros lo han hecho. Lo que ocurre es que, como García Márquez, no la uso para molestar a nadie, sino que para honrar a mis amigos y amigas; y para demostrarles que, en el mejor momento de la creatividad, los tengo presentes en mi memoria y en mis afectos. Y con ello, además, les confirmo que los quiero como tales. Todavía no me he enredado; pero me puede ocurrir lo que a Camacho, en “La Tía Julia y el escribidor” de Vargas Llosa, que un día de estos, una persona buena en un cuento, aparezca en otro, con un comportamiento negativo o malvado. Me mantengo alerta; pero los diablillos literarios tienen sus propios planes.
7. ¿De dónde provienen todos esos nombres, en qué medida tienen, o no, que ver con personas de la vida real?
La mayoría de los nombres, como he indicado, son de personas con las cuales ha tenido alguna forma de contacto. En primer lugar mis compañeros de escuela, colegio y universidad. En segundo lugar, las personas que dentro de la esfera de la amistad me han impresionado por su carácter, su forma de hablar y se han introducido en el círculo de mis registros mentales. Tengo entonces, más que referencias históricas o literarias que necesito articular para volverlas verosímiles, una lista de nombres a los cuales echar mano, teniendo cuidado que sean los más naturales posibles. Por que está bien inventar la historia; pero debemos compartirla con la realidad, y la mejor manera, en usando nombres que todos puedan reconocer, por lo menos los contemporáneos suyos.
8. ¿Tu obra narrativa es un estrado imperdible desde el que has lanzado una fuerte crítica al sistema político en Honduras. ¿Sientes que ya has denunciado, por tu parte, y a través de la narración, todo al respecto?
Tengo que confesarte que no uso la creación literaria como un instrumento de crítica social y política. Pero claro como soy un crítico social y político profesional, dedicado a la tarea de observar y cuestionar, cuando hago literatura algo detrás va conmigo. Por ello, aunque no me considero un escritor que denuncia en sus cuentos las cosas que no le gustan de la sociedad, o niego que sin ser un realista puro, me debo al entorno social, económico y político del cual soy parte; y en consecuencia, me expreso literariamente con los mismos valores que reclamo para los políticos, los gobernantes y los empresarios, solo para citar algunos ejemplos. Por ello, como la realidad es cambiante, es muy posible que en mis próximos libros, especialmente en Cuentos Breves que espero publicar este mismo año, continúe ejerciendo la crítica, por medio del ejercicio literario. Tú sabes, porque eres mejor cuentista que yo, que uno como escritor, no es tan libre, en el acto creativo, como quisiera.
9. Háblanos acerca del tratamiento simbólico que rodea las acciones del padre Nicanor Nufio en el cuento “La Llorona”.
Una de las cosas que recuerdo de mi niñez en los campos bananeros de la Costa Arriba –Coyoles Central, Culuco, Tiestos, El Cayo, Campo Rojo y la Jigua- son las historias que los campeños se contaban entre sí, en las últimas horas de la tarde y las primeras de la noche. Allí escuché al narrador que más me ha impresionado en la vida y que de repente, me animó para el oficio que comentamos: Don Gregorio Corleto, un salvadoreño que minúsculo -estatura reducida, tono de voz suave y lento caminar- durante el día, en las primeras horas de la noche, se agigantaba cuando hacía uso de la palabra, en el momento de narrar “mentiras” –como decía mi papá, que no aceptaba estas cosas de la libertad creativa, ni de la verdad de las mentiras de Vargas Llosa, porque era un realista indomeñable- y llenarnos la cabeza a sus oyentes de preguntas y respuestas inconclusas. En alguna de esas tertulias debí haber escuchado la historia de La Llorona. Después en Olanchito, incluso hacíamos apuestas entre los compañeros más dispuestos a la indagación, para determinar quién era La Llorona. Porque en realidad, que una mujer saliera a llorar en las horas de la noche –hay que recordar que no había entonces luz eléctrica en las calles- era una forma de protestar o de buscar consolación por sus sufrimientos. El juego imaginativo entonces era averiguar quién era La Llorona. En el cuento a que te refieres, hago una broma a mis amigos, al señalar al padre cura católico como La Llorona, para indicar que las posibilidades eran infinitas; y que, nosotros nos habíamos quedado tan solo con el nombre de la esposa del diputado, la novia del militar; o la querida del político de turno. Por supuesto, este cuento lo considero bien logrado; y además, muy tradicional, por la temática no por el lenguaje, porque incluso termina desconcertando a los lectores. Ahora que lo he releído, no descarto por ejemplo que, de alguna manera, pretenda un cierto ajuste de cuentas con algún cura católico, que en la tarea de educarnos cristianamente, nos haya ofendido, de palabra o con la acción. Y además, rendirle un homenaje a García Márquez que tiene en “Cien Años de Soledad”, el padre Nicanor, después de tomar dos tazas de chocolate, al predicar levitaba. Los laberintos de la memoria son inescrutables.
10. ¿Qué vigencia mantiene en la actualidad el argumento del cuento “Los Pantalones de los Españoles?
Este cuento es un homenaje, sin mencionarlo por supuesto, a Mario Felipe Martínez Castillo quien escribiera un libro sobre las probanzas de un exsoldado español que reivindicaba la condición de autor de la muerte, en una lucha cuerpo a cuerpo, de Lempira. Pero además es la celebración de su existencia histórica concreta, que nos obliga a los hondureños a introducirlo en nuestra conciencia para que, su conducta y su comportamiento, en una situación traumática como fuera la Conquista, nos sirva como lección para poder en nuestros tiempos modernos, usar sus tácticas –como por ejemplo, disfrazarse de español para luchar contra ellos-, asumiendo además, su deseo de desmitificar al enemigo, configurando que este no es más que otro mortal, que puede ser superado; o derrotado en la lucha. Si uno tiene voluntad para enfrentarlo. Además, es un reconocimiento que el desarrollo cultural, se alimenta incluso de los artefactos, las costumbres e incluso las modas de los peores enemigos. Depende del uso que se les da. Por lo que ese cuento, es de cierta manera, un homenaje no a los hondureños del pasado, sino a los que en el futuro, se pongan de pie y luchen por su libertad y su singularidad.
11. Háblanos de la inclusión y replanteamiento que logras hacer de autores y personajes de la literatura universal. El Fusilado y el Extraño y Apuntes para El Hombres de la Esquina Rosada son un par de buenos ejemplos.
Tú sabes que no soy un literato de escuela. Soy un narrador por impulso natural que por tal razón, no trato de defenderme colocándome bajo la suya de los grandes escritores mundiales. Me imagino el último de sus discípulos, desafortunadamente para molestia de algunos que, por razones ideológicos, no me quieren bien. Por ello, casi no hago uso de ellos para legitimarme.
Trato de buscar mis propias formas de expresión. Pero en el caso de Borges especialmente, es un donde uno encuentra en toda su escritura más que vida concreta y experiencias humanas, lecturas y personajes creados por otros autores.
Por eso es que sus personajes son más de los libros que de la realidad. Intertextualidad pura. Por ejemplo “Fúnez el memorioso” no tiene cuerpo ni dimensión, solo tiene memoria y la memoria suya, proviene exclusivamente de los libros leídos, no de su vida. En los dos cuentos citados, lo que hay es una combinación, debo declararlo de personajes vivos de la historia personal o nacional; y fundamentalmente, personajes fruto de las lecturas. Un poco para confirmar que, aunque no lo repito en mis artículos, también soy un hombre que además de pupitre y barrio, tengo lecturas acumuladas durante más de dos tercios de mi vida consciente. En pocas palabras, me coloco en el mundo literario, abierto a todos los recursos. Y como tengo mucha vida acumulada, puedo utilizarla al lado de las lecturas que he hecho, desde la tarde en que, Cristelia Soto, me enseñó la magia del alfabeto y el encanto de expresarme en español, en la Escuela Modesto Chacón de Olanchito, en 1949.
12. ¿Con la madurez narrativa que has alcanzado, podrías hablar sobre un estilo particular en tu obra?
Creo que sí. Aunque esa es tarea de los críticos y los estudiosos del futuro que podrán enhebrar las historias y conseguir identificar un estilo definido. La verdad es que, creo que he logrado una forma de expresión personal, la que no califico. Más bien, no quiero ahondar en esto, porque creo que ese no es el papel del narrador. Además, nos quita el placer de anticipar cómo los lectores y los críticos descubren algunas cosas que nosotros los narradores, nunca pensamos al momento de escribir; pero que ellos identifican. Por supuesto, no puedo esconder el hecho que mis historias de alguna manera, tiene que ver con mi vida, con la de mis amigos y con las de muchos conocidos que, alrededor de una taza de café han conversado conmigo, dándome las motivaciones para ordenar una historia específicamente.
Si tomas escuchar, guardar, calentar y reescribir historias ajenas, es un estilo, pues bien, creo que tengo, como todos, también estilo de escribirlas.
13. ¿Al momento de crear, independientemente de las valoraciones y de los críticos, has pensado tu obra para un público en particular?
Sí, por supuesto. No escribo para los profesores de literatura; ni mucho menos para los críticos. Pienso más bien en un lector al cual no lo han torturado; ni mucho menos asustado con la idea que la literatura se produce para unas minorías. Y que él, el lector, no tiene derecho a lograr visualizar esos mundos que los intelectuales creamos para unos pocos.
Aunque cuando escribo no particularizo, en general, trato de no complicar las historias, creando situaciones artificiosas del difícil credibilidad. Busco lectores y por ello no discrimino. Ni mucho menos elimino a nadie. Esa es la causa por la que aunque experimente en algunos momentos en la estructura de la historia contada, no la complico deliberadamente. De repente en ese momento se me sale la venta de profesor de escuela que no tuve la fortuna de cumplir en mi vida personal.
14. ¿A manera de consejo para los jóvenes narradores emergentes ¿dónde radica la dificultad para construir un cuento?
Bueno, no me siento autorizado para hacer recomendaciones. Y mucho menos a los jóvenes. Los cuentos son a mi juicio, historias que los lectores pueden considerar como suyas, que le han ocurrido a algunos conocidos, o a él mismo. Por supuesto, hay quienes creen que el cuento es una emboscada o un laberinto en que el lector sorprendido, de alguna manera, es derrotado por el talento del cuentista. Yo no tengo esas pretensiones. Me gusta contar historias y por eso escribo. Creo que el único consejo que hay que dar es que la historia, los personajes y las situaciones se encarnen en la vida común. Y que al escribirla, se sienta uno cómodo al hacerlo. Porque el cuento no debe ser una tortura al leerlo; y mucho menos una tragedia para quien lo escribe. Si no hay satisfacción en lo que se hace, se pierde el tiempo. Cuidando, por supuesto, que además de fácil, la historia sea verdadera o una mentira, sea creíble. O verosímil como dicen los grandes maestros de estas cosas.
15. ¿Existe dentro de Cuentos Tardíos el cuento delirante que te haya obligado al desvelo y por qué?
Ninguno de los cuentos me ha puesto en una situación así. Como tengo oficio periodístico, las narraciones una vez pensadas y ordenadas fluyen con enorme facilidad. Por supuesto, hay algunos personajes que poco a poco se van materializando; y uno que otro termina hablando como ellos quieren; o estableciendo algunas veces, una ruta particular en la narración.
Pero todavía no he llegado a sentir delirio, falta de sueño o dominación por parte de algún personaje. Lo que sí me ha ocurrido es cierta persistencia en la memoria, por parte de un personaje que se quiere expresar en el momento en que él quiere. Aunque no descarto que en el futuro me encuentre en una situación a la que muchos escritores se confrontan o se han confrontado. No te olvides que para mí, el acto creativo –hacer el amor, escribir un libro o redactar un pronunciamiento- son actos positivos que deben provocar satisfacción. Cosa que aprecio cuando escribo o cuando leo.
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lunes, 7 de diciembre de 2015
domingo, 31 de mayo de 2015
Olanchito, “la ciudad de la palabra” y la poesía
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| Por : Juan Ramon Martinez (Diario La Tribuna) |
Para muchos de sus amorosos hijos de la década de los treinta, era la “ciudad cívica” por antonomasia, Para la generación de los empezaron a escribir en los cincuenta, fue la “ciudad de la palabra”. Y para los que venimos después, fue una ciudad especial, aislada pero risueña, pequeña y solidaria.
La cuna de los poetas. Los que vinieron un poco antes y la vieron desde el avance de la agricultura moderna, la sintieron orgullosa y señorial. Y no le dispensaron el cariño que ellos debían para ser mejores que lo que fueron. Para los que eran originarios de las primeras familias, que desde su fundación plantaron bananos, caña y cultivaron los hatos ganaderos, siempre fue su ciudad, esquiva y huraña, que no querían compartir con los recién llegados. Y cuando estos, encabezados por Juan Colindres que llego para reconstruir la Iglesia – el edificio emblemático por excelencia – y para edificar el centro de la vida pública ciudadana, el edificio del Cabildo Municipal, la ciudad era un encanto ante el cual no había otra cosa que aceptar sus risueños envites, para en su seno y en su calor, vivir sus encantos y sus bellezas.
Pero además, de las visiones mencionadas de la ciudad, hay que agregar dos más: la de los que la dejaron físicamente, llevándola prendida en el ojal de la camisa.
Y la de los que disgustados, por su repetida adhesión a su concepto de creadora de intelectuales y repetición de sus añoradas virtudes, empezaron a señalarle defectos con rencorosa y enfermiza repetición. Lo que en el fondo, no disimulaba, el hecho que lo que, más les dolía, era no tener una ciudad como Olanchito, para llevarla a la boca, en el momento de invocar la palabra e invitar que la poesía se hiciera presente, en nombre de la esencia y la sonoridad.
Los primeros, ahora están de regreso, como Ulises que vuelven a Ítaca a buscar el encuentro definitivo con Penélope. Estos, para que se convierta en una hoja de ruta, se han unido, juntando una muestra de sus versos en donde más suenan los ecos del insinuado regreso, bajo el nombre de una nueva palabra: “Olandisea”, formada por Olanchito y la Odisea. Invento del cariño, obligación de los afectos y confirmación de la fuerza de la memoria y sus recuerdos. Con lo que confirman un doble viaje.
Desde las fuentes de sus inquietudes intelectuales iniciales, sus primero balbuceos poéticos, sus viajes por el mundo de los desconocido, el sentimiento de estar siempre junto a la ciudad querida y el regreso inevitable hacia donde están todavía esperándoles, los seres queridos, las cosas que ya no existen; o los nombres de las seres que sin vida corpórea, fueron reales porque ellos los imaginaron. Livio Ramírez Lozano, José Luis Quesada, Marco Tulio Del Arca y Heber Ernesto Sorto, de diferentes edades y generaciones; pero, todos poetas consagrados, con rutas individuales emocionantes, experiencias singulares específicas, modelos y formas de expresarlas muy particulares en cada uno de ellos, se toman de la mano para mostrar – en este anunciado primer tomo de un libro más grande y fornido que, aparecerá en el futuro –, el largo recorrido desde sus fuentes hasta este regreso simbólico, en que la santa poesía, renueva los olores de la ciudad de sus amores. Cada uno con su tono, con su propio manejo de la palabra; pero los cuatros, con la brida del potro indómito, piafando sobre los viejos caminos y en la puerta de las antiguas querencias, regresan a la ciudad de los amores compartidos por todos, a confirmar que Olanchito es, antes que cualquiera otra cosa, la ciudad de la palabra y por esa vía, la ciudad de la poesía.
La cuna de los poetas, la Ítaca de los soñadores, el faro de los que siempre vuelven.
Y el espacio físico en donde las palabras tienen, sus más profundos e intensos ecos multifacéticos. Bienvenidos los que nunca se han ido; los que nunca han dejado las pequeñas cosas de Olanchito y los que solo se fueron para conocer el mundo del mas allá y descubrir que aquí, es el principio y el fin de todas las cosas. Las puertas están como cuando se fueron, abiertas de par en par.
Por su Penélope, que los estuvo esperando siempre, tejiendo y destejiendo los sueños, las esperanzas y los recuerdos nuevos por vivir. Ellos llegan con sus versos, para entregarlos, amorosamente a los pies de la ciudad.
De su ciudad. Para que todos recuerden que Olanchito, siempre ha sido y será, la ciudad de la palabra y la capital de la poesía.
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jueves, 23 de abril de 2015
Imaginarios : nuevo libro del escritor olanchitense Carlos Escamilla
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| Carlos Escamilla |
Según confiesa el propio autor, él es de Olanchito, una población de Honduras que se caracteriza porque desde el año 1530 en cada casa, por humilde que sea, vive un poeta, y no voy a ser yo quien lo ponga en duda porque en la casa donde nació el señor Carlos Escamilla no solo les nació un poeta, sino que les nació un escritor con un talento extraordinario para este trabajo de juntar letras y convertirlas en historias.
Y esto es lo que ha hecho precisamente el autor en un compendio de cuentos, vivencias e historias, muchas de ellas narradas en primera persona y otras en tercera, pero situadas dentro de su círculo más cercano, juntar letras y convertirlas en pequeñas obras de gran talento.
Como he dicho en otras ocasiones en este mismo blog, no soy demasiado amante de los cuentos, a pesar de que los disfruto muchísimo mientras los leo, pero si bien entiendo que es un palo de la literatura de gran dificultad y valor literario, creo que en las novelas es donde el esfuerzo y el talento real del autor se ve con mayor claridad, por eso estoy esperando en ascuas una novela de Carlos Escamilla. Él mismo se declara en uno de sus cuentos incompetente para escribir una novela, pero estoy seguro de que no lo es. Solo es miedo escénico previo al reto.
En su libro Imaginarios denota un talento extraordinario, una capacidad de narración que no tiene nada que envidiar a los grandes. Puede parecer exagerado lo que digo, pero no lo es. Quizá la obra no sea la mejor del mundo, pero hay momentos en las letras del señor Escamilla que me quedé boquiabierto con la facilidad de su prosa y la belleza de la misma. Eso es un don, que se entrena, por supuesto, pero es un don que como los famosos pimientos del Piquillo, unos lo tienen y otros non.
Como en cualquier libro de cuentos, hay algunos que me han gustado mucho, como El diablo, por citar uno de los últimos, y otros que no tanto, pero el conjunto de ellos guarda una línea argumental relacionada con la vida del autor, sus orígenes en Honduras, en Olanchito, y su vida de inmigrante en los Estados Unidos. Y es desde esa óptica de desterrado que delata las penurias de sí mismo y de su entorno por adaptarse al nuevo país, así como describe la añoranza de los inmigrantes y la inestabilidad en la que viven aquellos que han cruzado a tierra desconocida sin llegar a marchar nunca y sin poder regresar jamás.
Os dejo una muestra de un minicuento que se titula Ilusión:
Por mucho tiempo fue el dueño indiscutible del récord de la patada más alta en Latinoamérica.
Luego, alguien le aseguró que en los Estados Unidos ganaría mucho más dinero con el manejo del taekwondo.
Ya han pasado varios años y no volvió a saltar.
Por el contrario, cada vez que se agacha a pegar un ladrillo, le cruje la espalda y, desde el fondo de su alma, maldice a Nueva York.
De verdad os recomiendo las letras del señor Carlos Escamilla, a quien veo como una especie de gran bailarín que no se atreve todavía con una obra completa de Txaikovski, pero al que ya se le adivinan las maneras que lo llevarán al circuito internacional en cualquier momento, y entonces, cuando suceda esta evidencia, nosotros podremos decir: yo ya lo conocía.
Resumen del libro (editorial)
Imaginarios es un libro de cuentos en tres partes.El futuro, invitan a un joven poeta a participar en la Feria del Libro de Miami.El presente, vivencias de un joven emigrado a Estados Unidos.Y el pasado, el mundo mágico en Olanchito Yoro, Honduras.Imaginarios se enfoca en las influencias culturales de la sociedad latinoamericana en Estados Unidos y al revés; porque de alguna manera ambas sociedades están conectadas, y por lo tanto, es fácil perder el sentido de la realidad cuando se vive en un punto intermedio.
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domingo, 1 de febrero de 2015
Bibliografía nacional durante el 2014
El registro del movimiento bibliográfico en nuestro medio tiene ciertos inconvenientes. Algunas publicaciones de circulación regional o local son muy difíciles de obtener en las librerías de Tegucigalpa. Por ejemplo, ediciones de San Pedro Sula no son colocadas en las estanterías de la ciudad capital, igualmente sucede con publicaciones de otras ciudades: no llegan o circulan en Tegucigalpa. Lo mismo ocurre con los impresos que obsequian instituciones como el Banco Central de Honduras, que al no estar a la venta al público se vuelve una verdadera odisea el adquirirlas. En las presentaciones de publicaciones de literarias que recogen los diarios nacionales, es muy poca la información que se extrae de ellas. Por lo que dificulta realizar una investigación más exacta del movimiento bibliográfico nacional, añadiendo que el registro de ISBN, adscrito a la Biblioteca Nacional “Juan Ramón Molina”, no publica sus registros mensuales o anuales en algún boletín o medio informativo.
Nota del editor de Tribuna Libre : A los libros listados abajo agregariamos los presentados en Olanchito que no estan en la lista : Expresiones de mi tierra (Rene A. Arriaga Rodriguez), Capsulas de Derechos humanos (Oscar Puerto Posas), Imaginarios (Carlos Escamilla), y Oasis Bananero (Adelmo Zelaya)
Considerando estas circunstancias, intentamos presentar un registro de la bibliografía nacional que ha circulado durante el año 2014:
1. José Gonzales, Memoria de Atahualpa “Premio Europa Hibueras de poesía”, 2013;
2. Juan Carlos Molina, Contratiempo, (novela);
3. Ingrid Ortez, Historia de Insomnio y delirios, (Poemario);
4. Javier Vindel, Álbum Familiar, (Poemario);
5. Martha Alegría, Yo te encontré, (Poemario);
6. Salvador Romero Ballman, Mi padre, última tarde y otras crónicas (Poemario);
7. Graciela Salman, Secretos de mi cocina, (Recetario);
8. Galel Cárdenas, Bosque infinito, (Poemario);
9. Yolany Martínez, Espejos de Arena, (Poemario);
10. Tito Estrada Ochoa, Teatro, (Ensayos y obra teatral);
11. Norma Murillo, Sueño Campesino, (Poemario);
12. Heber Sorto, Hojas reunidas: 20 años de poesía, (Antología):
13. Analbina Castillo, Poemas del alma, (Poemario);
14. Jesús Alberto Reyes, Ich existiere wieder, De nuevo existo, (Poemario, edición español-alemán);
15. Israel Serrano/Melissa Merla, at all; Kaya Awiska, Antología del cuento hondureño, (Antología);
16. Samuel Trigueros, Exhumaciones, (Poemario);
17. Livio Ramírez Lozano, Antología de pinos y otros árboles del reino, (Antología);
18. Kalton Harold Bruhl, Un nombre para el olvido, (Antología de cuentos);
19. Kalton Harold Bruhl, El último vagón. 2da edición (Cuentos);
20. Kalton Harold Bruhl, Donde le dije adió, (cuentos);
21. José Álvaro Cálix Rodríguez, Ariana y la burbuja (Cuentos);
22. Nery Alexis Gaytán, Los valores, emblema de la vida (Motivacional);
23. Jorge Medina García, El viento que sopla los carbones apagados del amor. Premio Único de la Novela Corta Centroamericana (Novela); 24. Carminda Clementina Romero, El calcetín de mi General, (Historia local);
25. Walter Enrique Ulloa Bueso, Padre Juárez, hombre de Dios y hombre de mundo, (Selección de escritos sobre la vida del sacerdote Antonio Juárez Pereira);
26. Lucio Núñez Carranza, Los Lencas y el cambio social en Honduras, (Antropología):
27. Rubén Salazar, Luchas y cantares, Historia de los cantautores hondureños, Asayco, (Antología de Documentos);
28. Mario Posas, Cambio y Persistencia en la educación hondureña (Historia);
29. Mario Posas, Hitos históricos de la UNAH, (Historia);
30. David O´Hara Castro, El Corpus, pueblo dorado de Honduras (Historia);
31. Raúl Alvarado, Historia: Los municipios de Santa Bárbara, (Historia);
32. Armando José Ramos, Historia de Gualcinse, Tomo I (Historia);
33. José Manuel Pinto Maldonado, Estamos Ocotepecanas y menjurjes (Historia);
34. Ramón Amaya Amador, Morazaneida. El sombrero de junco (Historia);
35. Carolina Elvir Prieto/César Elvir Sierra, Convenio bilateral de ayuda militar. Anexos y Protocolo.
Honduras y Estados Unidos (Relaciones Exteriores);
36. Ediciones FOSDEH, Análisis de la Pobreza en Honduras, y, Lineamientos para la construcción de un Pacto Fiscal en Honduras (Documentos de Análisis);
37. Ediciones Paradiso, Las de Hoy. Selección de poesía (Antología);
38. Elisa Logan (Antología) Voces de la ANDEH (Poemas);
39. Karla I. Herrera, Silencios habitados (poemario);
40. Alexis A. Laínez, A una chiquilla de un neófito alfarero (poemario);
41. Perla Rivera, Sueños de Origami (Poemario);
42. Fabio Castillo, La Monarquía de los perros (Poemario);
43. Sergio Ramírez, Un espejo roto. Antología del nuevo cuento de Centroamérica y República Dominicana;
44. Enrique Aguilar Paz Cerrato, Las ventanas del Laberinto, (Biografía);
45. Dennis Espinal, Rigoberto Espinal Irías, Un hombre de Leyes al servicio de Honduras, (Biografía);
46. José Gonzales Diccionario de literatos hondureños (V edición);
47. Julio Escoto, El ojo santo. Las ideologías en la religión y la televisión (Ensayo);
48. Ricardo Falla, sj; Al atardecer de la vida. Cuadros sueltos que prefiguran el siglo XXI. Honduras 1993-2001 (Ensayos. Guatemala);
49. Mario Mencía Gamero, Retrato de una Nación (Escritos Políticos);
50. Edgardo Rodríguez, (compilador) y editor), Retos y amenazas a la democracia hondureña, (Ensayo);
51 Carlos Gustavo Villela, República de los Charcos (Ensayo);
52. César Indiano, Los Oligarcas, ¿de dónde salieron los ricos? (Ensayo).
Como se puede observar, el movimiento bibliográfico nacional durante el año 2014, es muy raquítico, por no decir anémico; o más preciso: ¡moribundo! Los esfuerzos del Centro Cultural de la UNAH en Comayagüela, el Centro Cultural de España, el Instituto Hondureño de Cultura Hispánica, y el Centro Cultural Sampedrano, por estimular el fomento de la lectura, necesitan reforzarse para aumentar el número de lectores, y mejorar de alguna manera la producción bibliográfica nacional.
Ismael Zepeda Ordoñez ....Historiador. Choluteca. UNAH Fuente : La Trinuna
Dar click en el titulo de la noticia para comentar con tu cuenta de Facebook,Twitter,ó e-mail.. Tambien abajo de donde dice "Quizas tambien te interese" puedas dar click a un icon de un parlante donde dice "ESCUCHA ESTE POST" el cual te llevara a escuchar un archivo mp3
Nota del editor de Tribuna Libre : A los libros listados abajo agregariamos los presentados en Olanchito que no estan en la lista : Expresiones de mi tierra (Rene A. Arriaga Rodriguez), Capsulas de Derechos humanos (Oscar Puerto Posas), Imaginarios (Carlos Escamilla), y Oasis Bananero (Adelmo Zelaya)
Considerando estas circunstancias, intentamos presentar un registro de la bibliografía nacional que ha circulado durante el año 2014:
1. José Gonzales, Memoria de Atahualpa “Premio Europa Hibueras de poesía”, 2013;
2. Juan Carlos Molina, Contratiempo, (novela);
3. Ingrid Ortez, Historia de Insomnio y delirios, (Poemario);
4. Javier Vindel, Álbum Familiar, (Poemario);
5. Martha Alegría, Yo te encontré, (Poemario);
6. Salvador Romero Ballman, Mi padre, última tarde y otras crónicas (Poemario);
7. Graciela Salman, Secretos de mi cocina, (Recetario);
8. Galel Cárdenas, Bosque infinito, (Poemario);
9. Yolany Martínez, Espejos de Arena, (Poemario);
10. Tito Estrada Ochoa, Teatro, (Ensayos y obra teatral);
11. Norma Murillo, Sueño Campesino, (Poemario);
12. Heber Sorto, Hojas reunidas: 20 años de poesía, (Antología):
13. Analbina Castillo, Poemas del alma, (Poemario);
14. Jesús Alberto Reyes, Ich existiere wieder, De nuevo existo, (Poemario, edición español-alemán);
15. Israel Serrano/Melissa Merla, at all; Kaya Awiska, Antología del cuento hondureño, (Antología);
16. Samuel Trigueros, Exhumaciones, (Poemario);
17. Livio Ramírez Lozano, Antología de pinos y otros árboles del reino, (Antología);
18. Kalton Harold Bruhl, Un nombre para el olvido, (Antología de cuentos);
19. Kalton Harold Bruhl, El último vagón. 2da edición (Cuentos);
20. Kalton Harold Bruhl, Donde le dije adió, (cuentos);
21. José Álvaro Cálix Rodríguez, Ariana y la burbuja (Cuentos);
22. Nery Alexis Gaytán, Los valores, emblema de la vida (Motivacional);
23. Jorge Medina García, El viento que sopla los carbones apagados del amor. Premio Único de la Novela Corta Centroamericana (Novela); 24. Carminda Clementina Romero, El calcetín de mi General, (Historia local);
25. Walter Enrique Ulloa Bueso, Padre Juárez, hombre de Dios y hombre de mundo, (Selección de escritos sobre la vida del sacerdote Antonio Juárez Pereira);
26. Lucio Núñez Carranza, Los Lencas y el cambio social en Honduras, (Antropología):
27. Rubén Salazar, Luchas y cantares, Historia de los cantautores hondureños, Asayco, (Antología de Documentos);
28. Mario Posas, Cambio y Persistencia en la educación hondureña (Historia);
29. Mario Posas, Hitos históricos de la UNAH, (Historia);
30. David O´Hara Castro, El Corpus, pueblo dorado de Honduras (Historia);
31. Raúl Alvarado, Historia: Los municipios de Santa Bárbara, (Historia);
32. Armando José Ramos, Historia de Gualcinse, Tomo I (Historia);
33. José Manuel Pinto Maldonado, Estamos Ocotepecanas y menjurjes (Historia);
34. Ramón Amaya Amador, Morazaneida. El sombrero de junco (Historia);
35. Carolina Elvir Prieto/César Elvir Sierra, Convenio bilateral de ayuda militar. Anexos y Protocolo.
Honduras y Estados Unidos (Relaciones Exteriores);
36. Ediciones FOSDEH, Análisis de la Pobreza en Honduras, y, Lineamientos para la construcción de un Pacto Fiscal en Honduras (Documentos de Análisis);
37. Ediciones Paradiso, Las de Hoy. Selección de poesía (Antología);
38. Elisa Logan (Antología) Voces de la ANDEH (Poemas);
39. Karla I. Herrera, Silencios habitados (poemario);
40. Alexis A. Laínez, A una chiquilla de un neófito alfarero (poemario);
41. Perla Rivera, Sueños de Origami (Poemario);
42. Fabio Castillo, La Monarquía de los perros (Poemario);
43. Sergio Ramírez, Un espejo roto. Antología del nuevo cuento de Centroamérica y República Dominicana;
44. Enrique Aguilar Paz Cerrato, Las ventanas del Laberinto, (Biografía);
45. Dennis Espinal, Rigoberto Espinal Irías, Un hombre de Leyes al servicio de Honduras, (Biografía);
46. José Gonzales Diccionario de literatos hondureños (V edición);
47. Julio Escoto, El ojo santo. Las ideologías en la religión y la televisión (Ensayo);
48. Ricardo Falla, sj; Al atardecer de la vida. Cuadros sueltos que prefiguran el siglo XXI. Honduras 1993-2001 (Ensayos. Guatemala);
49. Mario Mencía Gamero, Retrato de una Nación (Escritos Políticos);
50. Edgardo Rodríguez, (compilador) y editor), Retos y amenazas a la democracia hondureña, (Ensayo);
51 Carlos Gustavo Villela, República de los Charcos (Ensayo);
52. César Indiano, Los Oligarcas, ¿de dónde salieron los ricos? (Ensayo).
Como se puede observar, el movimiento bibliográfico nacional durante el año 2014, es muy raquítico, por no decir anémico; o más preciso: ¡moribundo! Los esfuerzos del Centro Cultural de la UNAH en Comayagüela, el Centro Cultural de España, el Instituto Hondureño de Cultura Hispánica, y el Centro Cultural Sampedrano, por estimular el fomento de la lectura, necesitan reforzarse para aumentar el número de lectores, y mejorar de alguna manera la producción bibliográfica nacional.
Ismael Zepeda Ordoñez ....Historiador. Choluteca. UNAH Fuente : La Trinuna
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lunes, 8 de diciembre de 2014
Breve incursión al mundo garciamarquiano
Por : Dr. Juan Fernando Avila Posas (Olanchito,Yoro, Honduras)
A: Juan Ramón y José Dagoberto Martínez B. irrenunciables admiradores de la obra del célebre y desaparecido escritor colombiano.
El jueves 17 de abril, en plena celebración consagratoria a la Semana Santa del 2014, a las nueve de la mañana, en su casa de habitación ubicada en la calle de Fuego 144 del suburbio residencial del Pedregal de San Ángel, zona postal 20 de la ciudad de México D.F., a la edad de 87 años, rodeado en su lecho de enfermo por su esposa Mercedes Barcha, sus dos únicos hijos, Rodrigo y Gonzalo, además de sus nietos, se rindió ante los designios inevitables de la muerte, el más importante escritor de habla hispana que la república de Colombia le haya dado al mundo, como fue el célebre autor de tantas obras trascendentes de la literatura,
Gabriel García Márquez, quien había nacido en Aracataca (Magdalena), un lugar del Caribe colombiano, un 6 de marzo de 1927, siendo uno de los diez y seis hijos de Gabriel Eligio García, de oficio telegrafista y once de su esposa Luisa Santiaga Márquez.
La noticia de la muerte del escritor circuló con profusión por todas las redes sociales, y las reacciones fueron múltiples, todas acentuadas con timbres de pesadumbre y nostalgia, pues el fallecimiento de una personalidad que revolucionó la creatividad literaria desde géneros complejos como el cuento y la novela, subvirtiendo las reglas tradicionales de la redacción, y combinando la realidad con la fantasía, derivaron en un nuevo mundo de invención que nació en Macondo, un nombre de resonancia poética de una remota aldea perdida en el sopor de la ciénaga, y ubicada dentro del Caribe colombiano, hasta traducir el mundo a una verdad literaria bautizada como realismo mágico.
El diminutivo de Gabo fue un trato efectivo que le diera Eduardo Zalamea Borda, subdirector de El Espectador, cuando el renombrado escritor incursionó exitosamente en el periodismo colombiano, donde publicaría sus primeros cuentos, que más tarde pasarían a formar parte de su voluminosa obra, y el trato de Gabito, recibió en forma diminutiva desde niño en su tierra natal, cuando en las calles polvorientas y abanicadas por los vientos vespertinos despedidos por los bananales, jugaba trompo con su más antiguo amigo de infancia, Luis Carmelo Correa.
La primera noticia que tuve de Gabriel García Márquez, como escritor, fue en los meses iniciales del año de mil novecientos sesenta y siete. Yo me había matriculado como alumno regular en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), e inspirado como lector irrenunciable de todo lo que contribuyera a mi formación cultural, una mañana, con la tímida curiosidad del adolescente provinciano extranjero, ingresé a la Librería Universitaria del Paseo de las Facultades, donde se encontraban todos los ejemplares editados por la Editorial Universitaria, y otras obras impresas por centros de formación superior del resto del país, dentro de las que no se excluía la Universidad de Xalana, Veracruz, que venía desarrollando una labor divulgativa de autores nacionales y extranjeros digna de admiración. Allí encontré algunos textos que adquirí a precios extraordinariamente baratos, dentro de los que recuerdo, La ventana en el rostro, de la voz representativa de la nueva lírica salvadoreña Roque Dalton, Cada cosa es babel, del poeta mexicano Eduardo Lizalde, El acoso, del narrador neobarroco cubano Alejo Carpentier, además de El final del fuego y Las armas secretas, del argentino Julio Cortazar, y por supuesto, La mala hora, de Gabriel García Márquez, que fueron mis primeras lecturas en el exterior en mi apasionada formación cultural autodidacta.
Lejos de imaginar estaba que una obra de trascendencia literaria de la dimensión de Cien Años de Soledad, había sido editada por la editorial sudamericana de Argentina, y que mi compañero de departamento, el poeta y estudiante de Derecho en la misma universidad, Livio Ramírez Lozano, llevaría una mañana a nuestra habitación para ser leída por él, y más tarde sugerirme el conocimiento de la misma, y las innovaciones descubiertas, vistas desde una perspectiva que el autor había creado como nueva corriente en el marco de la narrativa contemporánea latinoamericana.
Este año se vivían procesos cíclicos de conmoción mundial. Se desencadenaron una serie de fenómenos violentos en América Latina, dentro de los que se inscribía la presencia del guerrillero heroico Ernesto Che Guevara, en las agrestes montañas sudamericanas de Bolivia, quien junto a nuevas figuras revolucionarias pretendían cambiar la realidad político social de los pueblos sojuzgados de América por medio de la boca de los fusiles. En Perú, igualmente, las fuerzas insurgentes hablaban el mismo lenguaje, a través de los grupos Sendero Luminoso y Tupamaros, como de similar forma lo hacían en Guatemala, las células guerrilleras divididas en tres columnas, encabezadas por el excadete militar Luis Turcios Lima, que pereciera en un accidente automovilístico, el chino Yon Sosa, y César Montes. En Colombia, Manuel Murulanda (Tiro fijo), encendía la llama combatiente de la FARC, en un nuevo intento de reivindicación popular. En Venezuela, Douglas Bravo y Teodoro Petkoff, reagrupaban sus fuerzas para incendiar las montañas del país andino, mientras en Honduras, se había constituido con todas las formalidades el FSLN, que barrería con la dinastía impuesta y hecha dictadora de la familia Somoza y suc. de Nicaragua.
En México la juventud universitaria elevaba signos de protesta exigiendo reformas estructurales educativas para el país, y el rechazo a la longetividad del mismo partido en el poder, y con ese fin, se protagonizaron una serie de protestas, y multitudinarias manifestaciones que culminaron con la histórica y brutal represión de Tlatelolco, dejando un saldo dolorosamente humano para el país, y una herida sangrante que nunca ha podido
cicatrizar.
Dentro de toda esta convulsión, la pluma vigorosa y fecunda de Gabriel García Márquez, ya nos había adelantado varias obras como el Monólogo Isabel viendo llover en Macondo (1955), Relato de un náufrago (reportaje) (1955), (premio de la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia) La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, Los funerales de la mama grande, La mala hora (premio ESSO de novela colombiana), y finalmente aparecía la novela Cien Años de Soledad, que además de inmortalizarlo, ganaría una influencia desconcertante en los escritores de habla hispana, y formaría una legión de admiradores y lectores influenciados por su estilo como ningún otro autor lo haya logrado en el ejercicio de su mundo creacional, tal como lo inició en el universo mágico de Macondo, pasando por la capacidad de ascensión de Remedios la Bella, al mundo de invenciones y novedades de Melquiades, las noticias cantadas y llevadas de pueblo en pueblo por Francisco el Hombre, así como los sufrimientos torturantes vividos por la Cándida Erendira y su abuela desalmada, que tuvo que pagar con su cuerpo y sus servicios sexuales por el daño que hizo a su abuela, como de igual forma lo hacían las prostitutas en la costa norte de Honduras donde vivían su calvario, tratando de saldar cuentas que cada día aumentaban y las comprometían con las dueñas en los centros de tolerancia donde se refugiaban a vender sus placeres.
Pero lo que deseo referir fundamentalmente es que La mala hora, el primer libro que conocí de García Márquez, lo que más me impresionó además del ambiente de relaciones tejidas por un falso aprecio y la envidia secular propia de los pueblos, pequeños, fue la identidad de sus protagonistas con muchos personajes de mi tierra natal, y aquel dato sugerente y casi fotográfico, como la presencia de la United Fruit Company, explotando las fincas bananeras, como lo hacía en nuestra región del Valle del Aguán la Standard Fruit Company, más la inevitable conducta del alcalde intransigente, del dentista flebotomiano, el cura impostergable, del barbero inagotablemente parlanchín sabelotodo, y tantos personajes que transitaban en el marco referencial y dialogal de la novela, igual que la Calle de los Turcos, que fue quizá la traslación más precisa y subliminal de una arteria comercial de mi ciudad al marco escénico de la novela, como el hotel de dos plantas frente a la estación sombría del ferrocarril, me volvieron un lector inmenso en la búsqueda de cuanto tuviera un perfil, un sesgo, o algo que fuera propio de mi tierra, y que el autor lo había llevado hacia Macondo, para armar la estructura integral de su novela. Yo me imaginaba a los viejos palestinos de Olanchito, sentados en las puertas de sus tiendas como Serapio Bendeck, Juan Abudog, Carlos Hoch, Goyo Marzuca, y Salvador Mahomar, comiendo con devoción semillas de calabaza en el sopor de las tardes inigualables, reprimiendo las angustias de vivir lejos del cuenco de sus lejanas tierras, y esperando como lo hacían en Macondo, los sirios Moisés, Salomón y Elías, la llegada del último tren crepuscular.
Fueron tantos los lugares comunes, que mi entusiasmo sobrepasó la lectura lineal de sus capítulos, y después de ese momento, me entregué exclusivamente a conocer la generalidad de la obra del autor colombiano que tenía maravillada a los lectores del universo, y del cual se hablaba inusitadamente en bares, cafeterías, restaurantes, círculo de estudio, tertulias, universidades y en los centros donde se ventilaba cultura.
Así fue que incursioné en la lectura de Cien Años de Soledad, y más tarde comprobé, como lo sigo comprobando con sorprendente y asombrosa coincidencia, que el síndrome o conocimiento de una obra original o clásica, no influye de manera determinante en la formación inicial o posterior de un futuro escritor. El propio García Márquez lo confiesa en la página 57 de sus memorias, Vivir para contarla, que el primer cuento que el conoció en su vida fue Genoveva de Bravante, leída por Juana de Fleytes, una matrona rozagante que tenía al don bíblico de la narración. Curiosamente, muchos años después sin la menor referencia del célebre autor, porque hasta entonces era desconocido, Juan Ramón Martínez, cuando apenas era un adolescente y comenzaba a inquietarse por este oficio irredimible que tamizan las palabras, tendría la oportunidad de conocer el mismo libro, Genoveva de Bravante, del autor alemán Cristóbal Srhmid, un día que su madre doña Mercedes Bardales Colindres, la dejara bajo el colchón de su cama donde ella acostumbraba realizar su siesta, y el futuro escritor la sustraería de manera furtiva para después envolverse en la lectura ininterrumpida de la novela que había apasionado a su madre, y la cual guardaba como una de sus reliquias preciadas y leía con repetida satisfacción.
El libro Genoveva Bravante, mucho tiempo después, sería recibido como regalo de despedida una noche cuando se disponía a cenar en un restaurante de Barcelona, España, cercano a la Avenida Madrid, y refiere que mientras el chef tomaba la orden, sus dos hijas con residencia en aquella apasionante ciudad, y uno de sus yernos, le entregaron n regalo, y era Genoveva Bravante, editada en la misma ciudad por Juan Roca y Bros, calle de Platería # 104.
Sin embargo, ni a García Márquez, ni a Martínez Bardales, Genoveva de Bravante, les determinó su vocación para seguirnos deleitando con una sintaxis inigualable en el marco del desarrollo de la literatura internacional y nacional.
García Márquez, confesaba que su punto de partida para la elaboración de un escrito lo constituía una imagen visual. En tanto en otros escritores el libro nace de una idea, en cambio en él, la visión se volvía totalizante, y es cuando se sentaba frente a una máquina de escribir de nueve de la mañana a tres de la tarde, ante un ramo de flores amarillas a desarrollar o redactar lo que más tarde sería la visión de un cuento, o de una novela. La hojarasca, su primera novela, es la visión de un viejo que llevó a su nieto a un entierro. El coronel no tiene quien le escriba, la visión de un hombre con una especie de silenciosa zozobra esperando una lancha en el mercado de Barranquilla. La mala hora, la vida clandestina de una sociedad confesada en verdades por medio de pasquines pegados en las puertas de las casas, Cien Años de Soledad, la imagen de un viejo que lleva a un niño a conocer el hielo exhibido como curiosidad de circo, y según sus biógrafos y críticos, es el tiempo cíclico en el que suceden historias fantásticas, peste de insomnio, diluvios, fertilidad desmedida, levitaciones. Es una gran metáfora en la que se narra la historia de las generaciones de los Buendía, y así se fue produciendo durante años todo ese mundo maravilloso traducido en literatura mediante un lenguaje renovado con una riqueza idiomática contagiosa, de evocaciones casi fantásticas que solo la soledad y la nostalgia pudieron recuperar traducidas en la obra más leída en el universo después de la Biblia y Don Quijote.
De igual forma el autor ha descrito que La siesta del martes, el que consideró su mejor cuento, y que para los nuevos lectores forma parte de la narrativa de Los funerales de mama grande, surgió de la visión de una mujer vestida de luto cerrado con una niña de doce años que llevaba un ramo de flores mustias envueltas en un periódico. Era la madre y hermana menor del ladrón que María Consuegra, había asesinado de un tiro unos días antes cuando trataba de forzar la puerta con una ganzúa, quienes caminaban con un paraguas negro bajo el sol ardiente en un pueblo desierto con destino al cementerio.
El relato es una realidad recreada mágicamente con un lenguaje sobrio, dominado por una preocuparon de eficaz y sorprendente ambientación, en un escenario que fue parte de sus insomnios, y teniendo a Macondo, ese nombre de resonancias inusitadas, incrustadodentro de la interminable simetría de los bananales como escenario, distante a diez minutos de Aracataca, su tierra natal, donde vivieron sus abuelos, Nicolás Ricardo Márquez (Papalelo) y Tranquilina Iguaran (Mima), quienes inspiraron y fortalecieron tantas historias del más fecundo escritor de habla hispana que hayamos tenido la fortuna de leer.
Macondo, sobrevivió en la literatura garciamarquiana hasta el libro Cien Años de Soledad, su quinta obra. Después sobrevendrían novelas y cuentos escritos en nuevos escenarios, distintos personajes, diferentes realidades, y en el camino de una nueva narrativa más de alguno de los protagonistas sucumbió ante la adversidad o la muerte, o el propio autor se vio obligado a liquidarlo y prescindir de él, para que la novela recobrara el cauce narrativo que el autor quería imprimirle, pero García Márquez, llegó a humanizar a tal extremo sus personajes, que en un relato del Olor de la guayaba, confesó a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, que cuando decidió terminar de una vez por todas con más de alguno, dejó de escribir el párrafo siguiente y se fue a su cama a llorar por el personaje muerto, con el mismo sentimiento con que se llora a un ser querido o a un familiar cercano y necesario que se pierde definitivamente para siempre.
Al rememorar la obra íntegra del autor latinoamericano que más me ha impresionado, revisó su voluminosa bibliografía, y llegó a la conclusión, que quizá nadie como Gabriel García Márquez, supo escoger su vocación de escritor, aún contrariando los deseos y aspiraciones de su progenitor, que deseaba tener un abogado dentro de sus diez y seis hijos, pero muchos años después, cuando el escritor se había convertido en una celebridad, Gabriel Eligio García, padre del autor, habría de sentirse orgulloso, y esa confesión se la hizo saber a Roberto Ruiz, reportero cultural mexicano, quien en una prolongada entrevista de dos páginas concedida en Barranquilla y publicada en el suplemento dominical El gallo ilustrado de Diario El Día de México, titulado Los muertos como los jazmines se aparecen, habló de la maravillosa obra de su hijo, de los relatos que él le contaba, y las menciones de la mayoría de los familiares que incluyó en sus novelas y los hizo trascendentes, y donde además refirió; que la vena de escritor de Gabito, la había heredado de él, porque él en su juventud escribía crónicas y poemas para periódicos de Barranquilla, y algunos de sus contemporáneos se reían porque él no era parnasiano.
Es probable que Gabriel García Márquez en su inimitable carrera como escritor haya recibido, además del Premio Nóbel de Literatura en 1982, elogios multitudinarios, como también el odio de quienes nunca pudieron alcanzar sus triunfos maravillosos y el carisma de su personalidad, pero creo que la discrepancia más notoria y pública la tuvo con el escritor peruano Mario Vargas Llosa, con quien jamás llegó a conciliarse y quien escribiera un voluminoso estudio de la narrativa del autor colombiano conocida como Historia de un deicidio, y el día de la muerte del autor colombiano, apenas exteriorizó un breve lamento rememorando tal vez el episodio que friccionó su amistad, como también lo hiciera al referirse al doctor Fidel Castro Ruiz, a quien conceptualizó peyoritariamente como uno de los más sanguinarios y repugnantes dictadores que haya producido la fauna totalitaria y autoritaria de Latinoamérica.
García Márquez, fue un caribeño auténtico, apasionado de la música de su país, y bailador de los ritmos electrizantes que movieron al mundo desde el porro colombiano, pasando por la cumbia santiaguera y los vallenatos, a los que consideró como expresiones o lamentos que se cantan y se bailan.
Su muerte fechada a principio de esta crónica, no ha significado simplemente la ausencia física de alguien que con su talento nos llevó a descubrir la soledad ignorada de América, y nuestra propia soledad. Significa la imposibilidad de reencontrarse con novedosas obras, lo que entendimos anticipadamente desde la publicación de Historia de mis putas tristes, donde las construcciones gramaticales, la verbalidad, la adjetivación, nutrida ternura, se deslizan líneas a líneas provocando una sorprendente aprehensión en el lector hasta conducirnos a sus párrafos finales.
Su muerte nos dejó sumidos en un limbo de tristeza y soledad, porque como lo diría con lenguaje escatológico, “Morir, no es estar ya más entre los amigos”. Seguro que con su muerte Macondo se convirtió en un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugados por la cólera del huracán bíblico, y que todo lo escrito sería irrepetible, desde siempre y para siempre, porque las estirpes de Cien Años de Soledad, no tendría una segunda oportunidad sobre la tierra.
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A: Juan Ramón y José Dagoberto Martínez B. irrenunciables admiradores de la obra del célebre y desaparecido escritor colombiano.
El jueves 17 de abril, en plena celebración consagratoria a la Semana Santa del 2014, a las nueve de la mañana, en su casa de habitación ubicada en la calle de Fuego 144 del suburbio residencial del Pedregal de San Ángel, zona postal 20 de la ciudad de México D.F., a la edad de 87 años, rodeado en su lecho de enfermo por su esposa Mercedes Barcha, sus dos únicos hijos, Rodrigo y Gonzalo, además de sus nietos, se rindió ante los designios inevitables de la muerte, el más importante escritor de habla hispana que la república de Colombia le haya dado al mundo, como fue el célebre autor de tantas obras trascendentes de la literatura,
Gabriel García Márquez, quien había nacido en Aracataca (Magdalena), un lugar del Caribe colombiano, un 6 de marzo de 1927, siendo uno de los diez y seis hijos de Gabriel Eligio García, de oficio telegrafista y once de su esposa Luisa Santiaga Márquez.
La noticia de la muerte del escritor circuló con profusión por todas las redes sociales, y las reacciones fueron múltiples, todas acentuadas con timbres de pesadumbre y nostalgia, pues el fallecimiento de una personalidad que revolucionó la creatividad literaria desde géneros complejos como el cuento y la novela, subvirtiendo las reglas tradicionales de la redacción, y combinando la realidad con la fantasía, derivaron en un nuevo mundo de invención que nació en Macondo, un nombre de resonancia poética de una remota aldea perdida en el sopor de la ciénaga, y ubicada dentro del Caribe colombiano, hasta traducir el mundo a una verdad literaria bautizada como realismo mágico.
El diminutivo de Gabo fue un trato efectivo que le diera Eduardo Zalamea Borda, subdirector de El Espectador, cuando el renombrado escritor incursionó exitosamente en el periodismo colombiano, donde publicaría sus primeros cuentos, que más tarde pasarían a formar parte de su voluminosa obra, y el trato de Gabito, recibió en forma diminutiva desde niño en su tierra natal, cuando en las calles polvorientas y abanicadas por los vientos vespertinos despedidos por los bananales, jugaba trompo con su más antiguo amigo de infancia, Luis Carmelo Correa.
La primera noticia que tuve de Gabriel García Márquez, como escritor, fue en los meses iniciales del año de mil novecientos sesenta y siete. Yo me había matriculado como alumno regular en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), e inspirado como lector irrenunciable de todo lo que contribuyera a mi formación cultural, una mañana, con la tímida curiosidad del adolescente provinciano extranjero, ingresé a la Librería Universitaria del Paseo de las Facultades, donde se encontraban todos los ejemplares editados por la Editorial Universitaria, y otras obras impresas por centros de formación superior del resto del país, dentro de las que no se excluía la Universidad de Xalana, Veracruz, que venía desarrollando una labor divulgativa de autores nacionales y extranjeros digna de admiración. Allí encontré algunos textos que adquirí a precios extraordinariamente baratos, dentro de los que recuerdo, La ventana en el rostro, de la voz representativa de la nueva lírica salvadoreña Roque Dalton, Cada cosa es babel, del poeta mexicano Eduardo Lizalde, El acoso, del narrador neobarroco cubano Alejo Carpentier, además de El final del fuego y Las armas secretas, del argentino Julio Cortazar, y por supuesto, La mala hora, de Gabriel García Márquez, que fueron mis primeras lecturas en el exterior en mi apasionada formación cultural autodidacta.
Lejos de imaginar estaba que una obra de trascendencia literaria de la dimensión de Cien Años de Soledad, había sido editada por la editorial sudamericana de Argentina, y que mi compañero de departamento, el poeta y estudiante de Derecho en la misma universidad, Livio Ramírez Lozano, llevaría una mañana a nuestra habitación para ser leída por él, y más tarde sugerirme el conocimiento de la misma, y las innovaciones descubiertas, vistas desde una perspectiva que el autor había creado como nueva corriente en el marco de la narrativa contemporánea latinoamericana.
Este año se vivían procesos cíclicos de conmoción mundial. Se desencadenaron una serie de fenómenos violentos en América Latina, dentro de los que se inscribía la presencia del guerrillero heroico Ernesto Che Guevara, en las agrestes montañas sudamericanas de Bolivia, quien junto a nuevas figuras revolucionarias pretendían cambiar la realidad político social de los pueblos sojuzgados de América por medio de la boca de los fusiles. En Perú, igualmente, las fuerzas insurgentes hablaban el mismo lenguaje, a través de los grupos Sendero Luminoso y Tupamaros, como de similar forma lo hacían en Guatemala, las células guerrilleras divididas en tres columnas, encabezadas por el excadete militar Luis Turcios Lima, que pereciera en un accidente automovilístico, el chino Yon Sosa, y César Montes. En Colombia, Manuel Murulanda (Tiro fijo), encendía la llama combatiente de la FARC, en un nuevo intento de reivindicación popular. En Venezuela, Douglas Bravo y Teodoro Petkoff, reagrupaban sus fuerzas para incendiar las montañas del país andino, mientras en Honduras, se había constituido con todas las formalidades el FSLN, que barrería con la dinastía impuesta y hecha dictadora de la familia Somoza y suc. de Nicaragua.
En México la juventud universitaria elevaba signos de protesta exigiendo reformas estructurales educativas para el país, y el rechazo a la longetividad del mismo partido en el poder, y con ese fin, se protagonizaron una serie de protestas, y multitudinarias manifestaciones que culminaron con la histórica y brutal represión de Tlatelolco, dejando un saldo dolorosamente humano para el país, y una herida sangrante que nunca ha podido
cicatrizar.
Dentro de toda esta convulsión, la pluma vigorosa y fecunda de Gabriel García Márquez, ya nos había adelantado varias obras como el Monólogo Isabel viendo llover en Macondo (1955), Relato de un náufrago (reportaje) (1955), (premio de la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia) La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, Los funerales de la mama grande, La mala hora (premio ESSO de novela colombiana), y finalmente aparecía la novela Cien Años de Soledad, que además de inmortalizarlo, ganaría una influencia desconcertante en los escritores de habla hispana, y formaría una legión de admiradores y lectores influenciados por su estilo como ningún otro autor lo haya logrado en el ejercicio de su mundo creacional, tal como lo inició en el universo mágico de Macondo, pasando por la capacidad de ascensión de Remedios la Bella, al mundo de invenciones y novedades de Melquiades, las noticias cantadas y llevadas de pueblo en pueblo por Francisco el Hombre, así como los sufrimientos torturantes vividos por la Cándida Erendira y su abuela desalmada, que tuvo que pagar con su cuerpo y sus servicios sexuales por el daño que hizo a su abuela, como de igual forma lo hacían las prostitutas en la costa norte de Honduras donde vivían su calvario, tratando de saldar cuentas que cada día aumentaban y las comprometían con las dueñas en los centros de tolerancia donde se refugiaban a vender sus placeres.
Pero lo que deseo referir fundamentalmente es que La mala hora, el primer libro que conocí de García Márquez, lo que más me impresionó además del ambiente de relaciones tejidas por un falso aprecio y la envidia secular propia de los pueblos, pequeños, fue la identidad de sus protagonistas con muchos personajes de mi tierra natal, y aquel dato sugerente y casi fotográfico, como la presencia de la United Fruit Company, explotando las fincas bananeras, como lo hacía en nuestra región del Valle del Aguán la Standard Fruit Company, más la inevitable conducta del alcalde intransigente, del dentista flebotomiano, el cura impostergable, del barbero inagotablemente parlanchín sabelotodo, y tantos personajes que transitaban en el marco referencial y dialogal de la novela, igual que la Calle de los Turcos, que fue quizá la traslación más precisa y subliminal de una arteria comercial de mi ciudad al marco escénico de la novela, como el hotel de dos plantas frente a la estación sombría del ferrocarril, me volvieron un lector inmenso en la búsqueda de cuanto tuviera un perfil, un sesgo, o algo que fuera propio de mi tierra, y que el autor lo había llevado hacia Macondo, para armar la estructura integral de su novela. Yo me imaginaba a los viejos palestinos de Olanchito, sentados en las puertas de sus tiendas como Serapio Bendeck, Juan Abudog, Carlos Hoch, Goyo Marzuca, y Salvador Mahomar, comiendo con devoción semillas de calabaza en el sopor de las tardes inigualables, reprimiendo las angustias de vivir lejos del cuenco de sus lejanas tierras, y esperando como lo hacían en Macondo, los sirios Moisés, Salomón y Elías, la llegada del último tren crepuscular.
Fueron tantos los lugares comunes, que mi entusiasmo sobrepasó la lectura lineal de sus capítulos, y después de ese momento, me entregué exclusivamente a conocer la generalidad de la obra del autor colombiano que tenía maravillada a los lectores del universo, y del cual se hablaba inusitadamente en bares, cafeterías, restaurantes, círculo de estudio, tertulias, universidades y en los centros donde se ventilaba cultura.
Así fue que incursioné en la lectura de Cien Años de Soledad, y más tarde comprobé, como lo sigo comprobando con sorprendente y asombrosa coincidencia, que el síndrome o conocimiento de una obra original o clásica, no influye de manera determinante en la formación inicial o posterior de un futuro escritor. El propio García Márquez lo confiesa en la página 57 de sus memorias, Vivir para contarla, que el primer cuento que el conoció en su vida fue Genoveva de Bravante, leída por Juana de Fleytes, una matrona rozagante que tenía al don bíblico de la narración. Curiosamente, muchos años después sin la menor referencia del célebre autor, porque hasta entonces era desconocido, Juan Ramón Martínez, cuando apenas era un adolescente y comenzaba a inquietarse por este oficio irredimible que tamizan las palabras, tendría la oportunidad de conocer el mismo libro, Genoveva de Bravante, del autor alemán Cristóbal Srhmid, un día que su madre doña Mercedes Bardales Colindres, la dejara bajo el colchón de su cama donde ella acostumbraba realizar su siesta, y el futuro escritor la sustraería de manera furtiva para después envolverse en la lectura ininterrumpida de la novela que había apasionado a su madre, y la cual guardaba como una de sus reliquias preciadas y leía con repetida satisfacción.
El libro Genoveva Bravante, mucho tiempo después, sería recibido como regalo de despedida una noche cuando se disponía a cenar en un restaurante de Barcelona, España, cercano a la Avenida Madrid, y refiere que mientras el chef tomaba la orden, sus dos hijas con residencia en aquella apasionante ciudad, y uno de sus yernos, le entregaron n regalo, y era Genoveva Bravante, editada en la misma ciudad por Juan Roca y Bros, calle de Platería # 104.
Sin embargo, ni a García Márquez, ni a Martínez Bardales, Genoveva de Bravante, les determinó su vocación para seguirnos deleitando con una sintaxis inigualable en el marco del desarrollo de la literatura internacional y nacional.
García Márquez, confesaba que su punto de partida para la elaboración de un escrito lo constituía una imagen visual. En tanto en otros escritores el libro nace de una idea, en cambio en él, la visión se volvía totalizante, y es cuando se sentaba frente a una máquina de escribir de nueve de la mañana a tres de la tarde, ante un ramo de flores amarillas a desarrollar o redactar lo que más tarde sería la visión de un cuento, o de una novela. La hojarasca, su primera novela, es la visión de un viejo que llevó a su nieto a un entierro. El coronel no tiene quien le escriba, la visión de un hombre con una especie de silenciosa zozobra esperando una lancha en el mercado de Barranquilla. La mala hora, la vida clandestina de una sociedad confesada en verdades por medio de pasquines pegados en las puertas de las casas, Cien Años de Soledad, la imagen de un viejo que lleva a un niño a conocer el hielo exhibido como curiosidad de circo, y según sus biógrafos y críticos, es el tiempo cíclico en el que suceden historias fantásticas, peste de insomnio, diluvios, fertilidad desmedida, levitaciones. Es una gran metáfora en la que se narra la historia de las generaciones de los Buendía, y así se fue produciendo durante años todo ese mundo maravilloso traducido en literatura mediante un lenguaje renovado con una riqueza idiomática contagiosa, de evocaciones casi fantásticas que solo la soledad y la nostalgia pudieron recuperar traducidas en la obra más leída en el universo después de la Biblia y Don Quijote.
De igual forma el autor ha descrito que La siesta del martes, el que consideró su mejor cuento, y que para los nuevos lectores forma parte de la narrativa de Los funerales de mama grande, surgió de la visión de una mujer vestida de luto cerrado con una niña de doce años que llevaba un ramo de flores mustias envueltas en un periódico. Era la madre y hermana menor del ladrón que María Consuegra, había asesinado de un tiro unos días antes cuando trataba de forzar la puerta con una ganzúa, quienes caminaban con un paraguas negro bajo el sol ardiente en un pueblo desierto con destino al cementerio.
El relato es una realidad recreada mágicamente con un lenguaje sobrio, dominado por una preocuparon de eficaz y sorprendente ambientación, en un escenario que fue parte de sus insomnios, y teniendo a Macondo, ese nombre de resonancias inusitadas, incrustadodentro de la interminable simetría de los bananales como escenario, distante a diez minutos de Aracataca, su tierra natal, donde vivieron sus abuelos, Nicolás Ricardo Márquez (Papalelo) y Tranquilina Iguaran (Mima), quienes inspiraron y fortalecieron tantas historias del más fecundo escritor de habla hispana que hayamos tenido la fortuna de leer.
Macondo, sobrevivió en la literatura garciamarquiana hasta el libro Cien Años de Soledad, su quinta obra. Después sobrevendrían novelas y cuentos escritos en nuevos escenarios, distintos personajes, diferentes realidades, y en el camino de una nueva narrativa más de alguno de los protagonistas sucumbió ante la adversidad o la muerte, o el propio autor se vio obligado a liquidarlo y prescindir de él, para que la novela recobrara el cauce narrativo que el autor quería imprimirle, pero García Márquez, llegó a humanizar a tal extremo sus personajes, que en un relato del Olor de la guayaba, confesó a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, que cuando decidió terminar de una vez por todas con más de alguno, dejó de escribir el párrafo siguiente y se fue a su cama a llorar por el personaje muerto, con el mismo sentimiento con que se llora a un ser querido o a un familiar cercano y necesario que se pierde definitivamente para siempre.
Al rememorar la obra íntegra del autor latinoamericano que más me ha impresionado, revisó su voluminosa bibliografía, y llegó a la conclusión, que quizá nadie como Gabriel García Márquez, supo escoger su vocación de escritor, aún contrariando los deseos y aspiraciones de su progenitor, que deseaba tener un abogado dentro de sus diez y seis hijos, pero muchos años después, cuando el escritor se había convertido en una celebridad, Gabriel Eligio García, padre del autor, habría de sentirse orgulloso, y esa confesión se la hizo saber a Roberto Ruiz, reportero cultural mexicano, quien en una prolongada entrevista de dos páginas concedida en Barranquilla y publicada en el suplemento dominical El gallo ilustrado de Diario El Día de México, titulado Los muertos como los jazmines se aparecen, habló de la maravillosa obra de su hijo, de los relatos que él le contaba, y las menciones de la mayoría de los familiares que incluyó en sus novelas y los hizo trascendentes, y donde además refirió; que la vena de escritor de Gabito, la había heredado de él, porque él en su juventud escribía crónicas y poemas para periódicos de Barranquilla, y algunos de sus contemporáneos se reían porque él no era parnasiano.
Es probable que Gabriel García Márquez en su inimitable carrera como escritor haya recibido, además del Premio Nóbel de Literatura en 1982, elogios multitudinarios, como también el odio de quienes nunca pudieron alcanzar sus triunfos maravillosos y el carisma de su personalidad, pero creo que la discrepancia más notoria y pública la tuvo con el escritor peruano Mario Vargas Llosa, con quien jamás llegó a conciliarse y quien escribiera un voluminoso estudio de la narrativa del autor colombiano conocida como Historia de un deicidio, y el día de la muerte del autor colombiano, apenas exteriorizó un breve lamento rememorando tal vez el episodio que friccionó su amistad, como también lo hiciera al referirse al doctor Fidel Castro Ruiz, a quien conceptualizó peyoritariamente como uno de los más sanguinarios y repugnantes dictadores que haya producido la fauna totalitaria y autoritaria de Latinoamérica.
García Márquez, fue un caribeño auténtico, apasionado de la música de su país, y bailador de los ritmos electrizantes que movieron al mundo desde el porro colombiano, pasando por la cumbia santiaguera y los vallenatos, a los que consideró como expresiones o lamentos que se cantan y se bailan.
Su muerte fechada a principio de esta crónica, no ha significado simplemente la ausencia física de alguien que con su talento nos llevó a descubrir la soledad ignorada de América, y nuestra propia soledad. Significa la imposibilidad de reencontrarse con novedosas obras, lo que entendimos anticipadamente desde la publicación de Historia de mis putas tristes, donde las construcciones gramaticales, la verbalidad, la adjetivación, nutrida ternura, se deslizan líneas a líneas provocando una sorprendente aprehensión en el lector hasta conducirnos a sus párrafos finales.
Su muerte nos dejó sumidos en un limbo de tristeza y soledad, porque como lo diría con lenguaje escatológico, “Morir, no es estar ya más entre los amigos”. Seguro que con su muerte Macondo se convirtió en un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugados por la cólera del huracán bíblico, y que todo lo escrito sería irrepetible, desde siempre y para siempre, porque las estirpes de Cien Años de Soledad, no tendría una segunda oportunidad sobre la tierra.
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martes, 28 de octubre de 2014
Biografia de Jacobo V. Carcamo Premio Nacional de Literatura Honduras 1955
Un 28 de noviembre de 1916, en el municipio de Arenal, ubicado a 36 kilómetros al oeste de Olanchito, en el matrimonio formado por el comerciante don José María Cárcamo y doña Ángela Vallecillo, nacía un robusto varón de piel trigueña clara, nariz recta y vivos ojos verdiamarillos a quien se le puso por nombre JACOBO V. CARCAMO.
Jacobo V. Cárcamo hizo sus primeros años escolares en el municipio de Arenal y más tarde en la Escuela Modesto Chacón de Olanchito, Yoro. Tiempo después se trasladó a la capital de la República a residir en la tranquilidad colonial del barrio La Hoya, iniciando sus estudios secundarios de bachillerato en el histórico Instituto Central de Varones, que era el centro educativo más afamado de la ciudad. En ese colegio concluyó su formación media en el año de 1937, trabajando al mismo tiempo como reportero de Diario El Cronista, cuyas páginas receptivaban el pensamiento independiente y progresista de los más connotados intelectuales que por entonces tenía Honduras.
En el año de 1935, cuando cursaba estudios de educación secundaria, publicó su primer libro de poesías, “FLORES DEL ALMA”, prologado por la ilustre y valiente hondureña Visitación Padilla, que tuvo buena acogida dentro del mundo intelectual capitalino y en algunos círculos de lectores existentes en el resto del país, perfilando al autor como figura prometedora para el futuro de las letras nacionales.
El año de 1937, bajo circunstancias inesperadas el poeta se convirtió en editor y director de ZAMBRANO, revista de efímera existencia, ya que sólo circularon dos números.
La publicación de su segundo libro de poesías la hizo en el año de 1938, y salió de la imprenta bajo el nombre de “BRAZAS AZULES”, prologado por Marco Carías Reyes, e ilustrado con dibujos del doctor Lisandro Gálvez, uno de los odontólogos sobresalientes de Honduras que incursionó con éxito en los campos de la plástica, y único dentro de esa disciplina científica en haber logrado la rectoría de la Universidad de Honduras.
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Jacobo V. Cárcamo hizo sus primeros años escolares en el municipio de Arenal y más tarde en la Escuela Modesto Chacón de Olanchito, Yoro. Tiempo después se trasladó a la capital de la República a residir en la tranquilidad colonial del barrio La Hoya, iniciando sus estudios secundarios de bachillerato en el histórico Instituto Central de Varones, que era el centro educativo más afamado de la ciudad. En ese colegio concluyó su formación media en el año de 1937, trabajando al mismo tiempo como reportero de Diario El Cronista, cuyas páginas receptivaban el pensamiento independiente y progresista de los más connotados intelectuales que por entonces tenía Honduras.
En el año de 1935, cuando cursaba estudios de educación secundaria, publicó su primer libro de poesías, “FLORES DEL ALMA”, prologado por la ilustre y valiente hondureña Visitación Padilla, que tuvo buena acogida dentro del mundo intelectual capitalino y en algunos círculos de lectores existentes en el resto del país, perfilando al autor como figura prometedora para el futuro de las letras nacionales.
El año de 1937, bajo circunstancias inesperadas el poeta se convirtió en editor y director de ZAMBRANO, revista de efímera existencia, ya que sólo circularon dos números.
La publicación de su segundo libro de poesías la hizo en el año de 1938, y salió de la imprenta bajo el nombre de “BRAZAS AZULES”, prologado por Marco Carías Reyes, e ilustrado con dibujos del doctor Lisandro Gálvez, uno de los odontólogos sobresalientes de Honduras que incursionó con éxito en los campos de la plástica, y único dentro de esa disciplina científica en haber logrado la rectoría de la Universidad de Honduras.
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domingo, 14 de septiembre de 2014
Entrevista a Juan Ramon Martinez
¿Cree en la reencarnación?
Como cristiano católico practicante, no creo en la reencarnación. Cuando Manuel Zelaya dijo que quería reencarnarse en un potro salvaje, corriendo por los llanos de Lepaguare, me reí mucho. Nosotros los cristianos creemos en la resurrección, que considero que es un estado de avance desde esta vida fugaz a la vida eterna, en donde en compañía con Dios, superamos las dimensiones, tiempo y espacio.
Usted se considera analista, ¿quién le atribuyó ese título?
Desde el principio, usamos entre amigos la palabra análisis. Recuerdo que cuando Adán Elvir Flores me invito a escribir en La Tribuna en 1976, me dijo que era la oportunidad de hacer análisis sobre la realidad política nacional. En la década de los ochenta, posiblemente por la infl uencia de los escritores estadounidenses, nos empezaron a llamar analistas a los que dábamos opiniones en los medios. Recuerdo que a Gautama Fonseca no le gustó inicialmente el término y una vez dijo que solo a mí me gustaba. Me siento bien con la califi cación y, como ha corrido con suerte, ahora todo el mundo la usa. Y como no es un título, sino que un ejercicio, uno no tiene que tener un título conferido por nadie para opinar y analizar sobre los asuntos de la realidad.
Tiene pinta de futbolista, ¿quiso en algún momento iniciarse en este deporte?
Cuando fui niño y adolescente lo practiqué con entusiasmo; pero sin creer que ese podría ser mi futuro. Eran los tiempos que incluso Pelé en Honduras se habría muerto de hambre. Mi padre se opuso siempre a que jugara fútbol, porque era entonces muy brusco, jugaba con adultos en los campos bananeros; y decía que me podían hacer daño.
El libro “La Biblia del Asno”, ¿lo leyó?
Una parte. Es un texto de difícil aguante para espíritus y estómagos débiles como el mío. No pasé de la parte de los insultos personales, expresiones racistas en mi contra y ofensas de improvisado psiquiatra en contra de mis coterráneos de Olanchito. Cuando vio que no podía ofendernos individualmente más, a mí y a otros colegas intelectuales como Roberto Sosa, Oscar Acosta y a políticos como a Oswaldo Ramos Soto y a Jorge Arturo Reina, creí que era una expresión masoquista seguir en su lectura.
Conoce a César Indiano, ¿lo ha tratado?
Conozco a César Indiano. Somos personas que cuando nos encontramos nos saludamos respetuosamente e intercambiamos unas pocas palabras. Tengo la impresión que es un buen escritor, valiente y decidido, amigos no… Un amigo es alguien que respeta a los otros.
Gregorio “Goyo” Canales, ¿le suena este nombre?
Por supuesto, en la vida real fue un amigo de nuestra familia, originario de El Salvador que vivió con mis padres y mis hermanos menores, hasta la guerra del 69 que le obligaron en contra de su voluntad a regresar a su país nativo. Por cariño y respeto a un hombre bueno que ni siquiera sabía leer y escribir, cuando tuve que buscar un seudónimo, escogí el suyo.
Con él escribí durante algún tiempo en El Heraldo. Adán Elvir cuyo talento total no hemos valorado todavía, descubrió que el escritor de El Heraldo, tenía el mismo estilo que el mío; y un día en broma, me empezó a llamar “Goyito”. Coincidió el descubrimiento.
¿Fiestero?
Lo normal. Y cada día menos. Las obligaciones del oficio, que como sabe es muy absorbente y la decisión tomada hace más de veinte años de no consumir ninguna bebida alcohólica, me obliga a asistir a muy pocas. Exclusivamente solo asisto a las familiares o de algunos pocos amigos entrañables. Antes asistía también a las de La Tribuna que desafortunadamente se han suspendido.
¿Alguna fiesta que recuerde?
Varias por supuesto. La que celebramos cuando nos graduamos de maestros y bachilleres en Olanchito (1960), la graduación de mi hermano José Dagoberto, la fi esta de nuestro matrimonio con Nora Midence, las bodas de mis tres hijos Juan Ramón, Elia Mercedes y Juan Fernando.
A los “chonguengues” de militares en época de Navidad o Día del Periodista, ¿ha sido invitado?
Tengo muy buenos recuerdos de una fi esta en la Fuerza Aérea en donde llegué con Adán Elvir y Orlando Henríquez.
Regalado Hernández, entonces jefe de las Fuerzas Armadas quería relacionarse con nosotros. Todo estuvo bien hasta que cerca del fi nal, Orlando Henríquez dijo que la mayoría de los delincuentes habían hecho el servicio militar.
Regalado Hernández, muy mesurado pese a la ingesta alcohólica que manejaba muy bien, respondió en forma moderada. No así otros militares que escuchaban la conversación, especialmente cuando Adán y yo, argumentábamos con mucha fuerza en contra del servicio militar. Leonel Riera Lunatti, entonces jefe de la FUSEP, se disgustó y le pidió a Regalado Hernández que le permitiera retirarse porque no quería oír que nosotros ofendiéramos a la institución armada.
Como estaba algo eufórico por el alcohol, le dije a Regalado que siendo él general, le ordenara al coronel, que se quedara. Así lo hizo. Pero Lunatti no disimulaba su disgusto, que a la distancia lo siento justifi cado.
Los asistentes de Regalado, queriendo que terminara aquella discusión que se estaba poniendo cada rato más caliente, inventaron la excusa que ya no había trago. Entonces recuerdo que insistí con Regalado que mostrara que era él quien mandaba.
Hombre educado, accedió y seguimos bebiendo. Al final, creo que nos rendimos y dejamos el lugar. Allí aprendí mucho, tuve una nueva visión de los militares y me di cuenta que algunas veces uno se excede en sus declaraciones. Afortunadamente Riera Lunatti me ha perdonado; y es actualmente mi amigo; o por lo menos, nos saludamos cuando nos encontramos, en forma educada.
Cuál es su opinión ahora de los militares. Usted antes era muy crítico.
El general Gustavo Álvarez Martínez, decía que usted era comunista y tengo entendido que el coronel Fuentes lo citó en el DIN para llamarle la atención, en una oportunidad en que su esposa llamó alarmada a Adán Elvir Flores porque creyó que lo habían secuestrado y podían desaparecerlo… He sido muy crítico de los militares en el pasado, especialmente cuando se apropiaron y ejercieron la soberanía popular. Posteriormente en la guerra de los ochenta, en que toda Centroamérica se envolvió en una confrontación abierta, exigí que Honduras no fuera instrumento de los Estados Unidos, que no participáramos en la guerra en contra de Nicaragua, que no entrenáramos a los soldados salvadoreños en el CREM; y que, mucho menos, les apoyáramos militarmente en sus choques con los guerrilleros de aquel país.
Ahora los militares merecen todo mi respeto y estoy en la disposición de respaldarlos, especialmente si se mantienen firmes en la defensa del estado de derecho, la vigencia de la Constitución y la defensa de los derechos humanos.
Cuando fue candidato presidencial por la Democracia Cristiana, ¿cuántas marcas le dio el pueblo?
Según Rodrigo Wong Arévalo el haber aceptado ser candidato presidencial fue mi mayor error. Estoy por terminar dándole la razón. Porque visto el asunto en perspectiva, no había las condiciones para obtener un buen resultado. Ve las dificultades: no había un partido detrás que estuviera contento con el candidato presidencial. Lucas Aguilera y la mayoría de los dirigentes ex sindicales y ex campesinos que se habían tomado la dirección de la Democracia Cristiana, eran más fi eles a Arturo Corrales que al candidato.
Ellos eran casi empleados suyos.
En cambio yo, no tenía ningún respaldo económico del partido. Fueron unos pocos entrañables amigos que me ayudaron económicamente y agregué a estos mis ahorros, con los cuales hice una campaña en la que busqué ir a la base. Los resultados, en comparación con los que obtuvo Felicito Ávila, fueron mucho mejores. Solo superados por los de Hernán Corrales Padilla en sus buenos momentos.
Para confi rmarlo, no perdimos ninguno de los cinco diputados que teníamos. Obtuve 27.000 marcas.
Dicen por estos lares que anduvo “liberaleando” con el maestro y licenciado Horacio Elvir Rojas,
¿por qué razón no se quedó con la vestimenta roja?
Mi primera opción política, al cumplir los 18 años, fue incorporarme al Partido Liberal. La búsqueda de la libertad, la lucha en contra de la dictadura y la construcción de un nuevo estado que creara las condiciones para el desarrollo nacional y el mejoramiento del bienestar del pueblo hondureño, me hicieron militar bajo esa bandera.
En 1965 me desilusionó el PL cuando mostró vacilaciones al momento de confrontar la dictadura de Osvaldo López Arellano. Con otros compañeros que me abordaron, creíamos que había llegado el momento de crear la Democracia Cristiana. En 1968, junto con trece compañeros más la creamos en Choluteca. Desde entonces ha corrido mucha agua bajo los puentes y las cosas han cambiado.
Viendo que el PDCH no tiene futuro, porque ha perdido el interés en el poder porque se han conformado con el RNP, estoy considerando volver al Partido Liberal; pero sin buscar militancia o posición alguna. Tanto por razón de edad, como porque por ofi cio debo mantenerme distante de las obediencias partidarias que hacen perder independencia en el análisis y el cuestionamiento de la realidad.
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lunes, 3 de febrero de 2014
Diccionario de las Lenguas de Honduras será presentado en Casa de América
El Diccionario de las Lenguas de Honduras será presentado el próximo miércoles en Casa de América, en Madrid, informó hoy el director del Centro Cultural de España en Tegucigalpa (CCET), Álvaro Ortega.
El evento correrá a cargo del director general de la Casa América, Tomás Poveda, con la participación del embajador de Honduras en España, Norman García, y el exembajador español en Tegucigalpa Luis Belzuz de los Ríos, indicó Ortega a Acan-Efe.
También participará el jefe de Departamento de Cooperación y Promoción Cultural de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), Guillermo Escribano.
Ortega recordó que el diccionario es el fruto de cuatro años de trabajo de la Academia Hondureña de la Lengua, acompañados por el CCET y la AECID, y ha contado con un equipo amplio de lingüistas coordinados por el escritor hondureño Víctor Manuel Ramos
Todos ellos han hecho posible un diccionario básico escolar, con 5.000 registros y su correspondiente traducción a las siete lenguas autóctonas de Honduras: chortí, garífuna, misquita, pech, tawahka, tolupán y la variante del inglés de la población isleña, en el departamento de Islas de la Bahía, en el Caribe hondureño.
El proyecto preveía tanto el registro y documentación de la diversidad lingüística de Honduras como la divulgación de su riqueza, por lo que tras la presentación de la publicación en el marco del Día Internacional de los Pueblos Indígenas, se ha procedido a una mayor promoción de la obra, indicó Ortega.
Añadió que el diccionario primero se divulgó en el sistema educativo hondureño, especialmente en el ámbito de la educación bilingüe intercultural, y luego en otros espacios con proyección nacional e internacional.
La obra también ha sido incorporada a la Biblioteca Virtual de las Letras Hondureñas, y en octubre de 2013 se difundió en Panamá durante el VI Congreso Internacional de la Lengua Española.
Entre el 12 de noviembre de 2013 y el 6 de enero de 2014, formó parte del la muestra bibliográfica de la exposición “cooperaciónESdesarrollo”, organizada en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid, por la AECID, como parte de la celebración de los 25 años de la Cooperación Española.
Después de ser presentado en Casa de América, se oficializará el próximo día 12 en el CCET un portal web especializado para facilitar la consulta del diccionario desde cualquier lugar del mundo, señaló Ortega.
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El evento correrá a cargo del director general de la Casa América, Tomás Poveda, con la participación del embajador de Honduras en España, Norman García, y el exembajador español en Tegucigalpa Luis Belzuz de los Ríos, indicó Ortega a Acan-Efe.
También participará el jefe de Departamento de Cooperación y Promoción Cultural de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), Guillermo Escribano.
Ortega recordó que el diccionario es el fruto de cuatro años de trabajo de la Academia Hondureña de la Lengua, acompañados por el CCET y la AECID, y ha contado con un equipo amplio de lingüistas coordinados por el escritor hondureño Víctor Manuel Ramos
Todos ellos han hecho posible un diccionario básico escolar, con 5.000 registros y su correspondiente traducción a las siete lenguas autóctonas de Honduras: chortí, garífuna, misquita, pech, tawahka, tolupán y la variante del inglés de la población isleña, en el departamento de Islas de la Bahía, en el Caribe hondureño.
El proyecto preveía tanto el registro y documentación de la diversidad lingüística de Honduras como la divulgación de su riqueza, por lo que tras la presentación de la publicación en el marco del Día Internacional de los Pueblos Indígenas, se ha procedido a una mayor promoción de la obra, indicó Ortega.
Añadió que el diccionario primero se divulgó en el sistema educativo hondureño, especialmente en el ámbito de la educación bilingüe intercultural, y luego en otros espacios con proyección nacional e internacional.
La obra también ha sido incorporada a la Biblioteca Virtual de las Letras Hondureñas, y en octubre de 2013 se difundió en Panamá durante el VI Congreso Internacional de la Lengua Española.
Entre el 12 de noviembre de 2013 y el 6 de enero de 2014, formó parte del la muestra bibliográfica de la exposición “cooperaciónESdesarrollo”, organizada en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid, por la AECID, como parte de la celebración de los 25 años de la Cooperación Española.
Después de ser presentado en Casa de América, se oficializará el próximo día 12 en el CCET un portal web especializado para facilitar la consulta del diccionario desde cualquier lugar del mundo, señaló Ortega.
domingo, 2 de febrero de 2014
Sobre la obra del escritor Ramon Amaya Amador
Por : Jorge Ordaz
El azar ha hecho que cayera en mis manos un libro de un autor del cual no sabía nada. Ramón Amaya Amador es uno de los escritores más importantes que ha dado Honduras; sin embargo, pocos, a este lado del charco, conocen su existencia. Nacido en Olanchito, en su juventud trabajó en los campos bananeros de la Standard Fruit Company.
Se dedicó más tarde al periodismo, siendo redactor y colaborador de varios diarios y revistas. Por sus ideas socialistas fue perseguido en su país y tuvo que exiliarse varias veces, muriendo en Bratislava, actual Eslovaquia, en 1966. Sus novelas -entre ellas Prisión verde (1945), Constructores (1958) o Biografía de un machete (1959)-, son de un profundo contenido humano y social, y muchas de ellas fueron prohibidas y quemadas por parte de las autoridades de turno.
Cipotes (ojo: en Honduras significa "chiquillos") fue escrita a principios de los años sesenta del pasado siglo, y publicada póstumamente eh 1983. Al igual que sus otras novelas, sigue a rajatabla los cánones del realismo social. Narra las penurias de dos niños huérfanos que, "a la zumba marumba" tratan de salir adelante como bien pueden: Folofo, de diez años, lustrabotas en el Parque Central de Tegucigalpa, y su hermana Catica, de trece, vendedora de tortillas en el mercado.
Con gran sensibilidad Amaya Amador nos muestra el día a día de estos pobres niños, representativos de otros muchos que en aquellos días llenaban los barrios marginales de la capital hondureña, enfrentados a los golpes de la vida, obligados a madurar de forma prematura, sin acceso a la educación, acosados por un mundo oscuro y hostil, en el que acechan el estupro y la pederastia.
La prosa eficaz, coloquial, sin florituras, de Amaya Amador sirve perfectamente a este objetivo de denuncia de una situación social que, por desgracia, no ha sido aún erradicada del todo.
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El azar ha hecho que cayera en mis manos un libro de un autor del cual no sabía nada. Ramón Amaya Amador es uno de los escritores más importantes que ha dado Honduras; sin embargo, pocos, a este lado del charco, conocen su existencia. Nacido en Olanchito, en su juventud trabajó en los campos bananeros de la Standard Fruit Company.
Se dedicó más tarde al periodismo, siendo redactor y colaborador de varios diarios y revistas. Por sus ideas socialistas fue perseguido en su país y tuvo que exiliarse varias veces, muriendo en Bratislava, actual Eslovaquia, en 1966. Sus novelas -entre ellas Prisión verde (1945), Constructores (1958) o Biografía de un machete (1959)-, son de un profundo contenido humano y social, y muchas de ellas fueron prohibidas y quemadas por parte de las autoridades de turno.
Cipotes (ojo: en Honduras significa "chiquillos") fue escrita a principios de los años sesenta del pasado siglo, y publicada póstumamente eh 1983. Al igual que sus otras novelas, sigue a rajatabla los cánones del realismo social. Narra las penurias de dos niños huérfanos que, "a la zumba marumba" tratan de salir adelante como bien pueden: Folofo, de diez años, lustrabotas en el Parque Central de Tegucigalpa, y su hermana Catica, de trece, vendedora de tortillas en el mercado.
Con gran sensibilidad Amaya Amador nos muestra el día a día de estos pobres niños, representativos de otros muchos que en aquellos días llenaban los barrios marginales de la capital hondureña, enfrentados a los golpes de la vida, obligados a madurar de forma prematura, sin acceso a la educación, acosados por un mundo oscuro y hostil, en el que acechan el estupro y la pederastia.
La prosa eficaz, coloquial, sin florituras, de Amaya Amador sirve perfectamente a este objetivo de denuncia de una situación social que, por desgracia, no ha sido aún erradicada del todo.
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sábado, 28 de diciembre de 2013
Serán los dioses ocultos o serás tu…
Por : Carlos Escamilla
Despiertas sobresaltado con la terrible sensación que te has quedado dormido. Y en efecto, es tarde. Por lo cual en un instante descubres que no tendrás tiempo para tomar café, mucho menos para bañarte, pues apenas si alcanzaras a cepillarte los dientes para disimular el mal sabor etílico de la noche anterior. Pero cuando giras el grifo del lavamanos este solo emite un sonido ronco como el de un gallo cuando le aprietas el pescuezo para preparar un sabroso zancocho navideño. En resumen, no hay agua. Entonces sacas un poco de agua del refrigerador para hacerte el tan necesario enjagüé bucal, pero de inmediato lanzas una maldición ya que el agua fría entra directamente en la muela cariada y eso te produce un picotazo en la encilla que resulta tanto doloroso como inesperado.
Sin verte en el espejo te pones la única muda de ropa decente lo más rápido posible. Luego a los zapatos les haces un nudo extraño, el cual deduces que más tarde serán un verdadero problema para desamarrarlos porque en la prisa les has hecho una especie de nudo ciego de manera que es posible tengas que cortar los cordones para liberar tus pies sofocados. Sales a la calle y esta lloviznando. Eso no te molesta en lo más mínimo pues tu auto está estacionado cerca del apartamento. Sin embargo, una vez dentro del coche este no enciende. Le das y le das a la llave y ni siquiera crees que pueda ser la batería porque no emite sonido alguno. Cierras de golpe el capó y decides caminar hasta la parada de autobús porque lo de encender el carro en ese momento, es una idea tan descabellada como querer echar andar un dinosaurio desecado.
Caminas hasta la esquina con pasos agigantados.
Vas a cruzar corriendo al otro lado de la calle pero te detienes porque un auto tiene la preferencia y además viene derrapando en el pavimento húmedo con una velocidad que realmente te parece exagerada. El bólido pasa sobre un charco y terminas empapado de pies a cabeza. – hijueput…-. Pero no terminas la frase porque no quieres hacerte mala sangre tan temprano. Miras el reloj y consideras aun tienes tiempo para regresar a cambiarte de ropa. Vuelves al apartamento y y tal como sospechaba tienes que cortar los cordones de los zapatos porque limpio, solo encuentras un pantalón estrecho que te queda arriba de los tobillos, y por otro lado la camisa parece recién haber salido del galillo de un vaca porque esta tan ajada que más bien parece la vieja frazada donde duerme el perro.
Sales de nuevo con tu atuendo extravagante. Con la diferencia que ahora si llueve intenso. Hechas a correr enseguida para no mojar los papeles que llevas bajo el brazo, pero apenas avanzas un par de metros y un dolor punzante te detiene a mitad de calle. Al parecer debido a la evidente inactividad física acabas de provocarte en la cadera un desgarre del nervio ciático. Llegas cojeando a la caseta de espera, buscas refugio bajo el techo metálico, aunque rápido te das cuenta que fue mal idea porque el olor a orines allí es tan penetrante que te marea como si estuvieras absorbiendo una ráfaga cloroformo, además tirado sobre la baqueta hay un borracho con una bomba de mocos que le cuelga grotescamente desde la nariz hasta el suelo por lo que retrocedes aterrado. La imagen es repugnante, al grado que tú estomago desentonado por los tragos de la noche anterior, da un vuelco total y tienes que hacer un esfuerzo sobrehumano para no vomitar en el acto.
Viene el autobús “ufffff” es un verdadero alivio. Imaginas sentarte tranquilo y cerrar los ojos mientras el aire acondicionado te relaja a su antojo. Subes y allí te das cuenta que el cambio de pantalón fue tan vertiginoso que dejaste olvidada la cartera. No traes un peso encima. El chofer ni siquiera acepta tus disculpa y te dice con tono más apurado que comprensivo– avanza chico, eso si no te quedes aquí en la entrada hee-. Das las gracias con toda sinceridad pero entonces te vienes a dar cuenta que el bus va a tope. No cabe un alma más. A trompicones avanzas entre la multitud que se mueve de un lado a otro tambaleante al compas de los movimientos del bus que torpemente esquiva los baches del pavimento y al final de todo encuentras un pequeño rincón disponible. Te acomodas como puedes, pero no ah pasado ni dos segundos cuando una señora te da un tremendo empujón que casi te hace irte de bruces contra la puerta de de salida porque te le has parado encima de un enorme callo que sobresale entre la reluciente sandalia color rojo. Te disculpas con una sonrisita tímida, después te aprietas hacia el fondo como buscando protección de la vieja ordinaria pero no sabes que sea mejor, pues el aire acondicionado está apagado y el vapor que sale de la muchedumbre es insoportable ya que la mezcla de olor a sobaco, revuelto con verijas y perfume barato, acrecienta el sofoco como cuando la presión está a punto de elevarse al maximo. No obstante, te consuela saber que en la doce avenida bajara la mayoría de los pasajeros. Pero no es así. Al llegar a la doce avenida no baja nadie. por el contario, suben dos viejitos en silla de ruedas, por lo que los ocupantes de los asientos para discapacitados, tiene que levantarse y entrar a formar parte de la pelota humana que sudan a chorros en medio de las protestas y los empujones.
Es demasiado. Sientes que no puedes más pero quizá en la diecisiete avenida bajan unos cuantos pasajeros. De nuevo te equivocas, es mas el bus pasa de largo pues nadie hala el cordón que indique una parada lo cual significaría para ti un pequeño respiro. Por fin en la veintisiete avenida queda casi todo el autobús vacio y justamente en ese momento se enciende el aire acondicionado. Sientes que para ti se abre un pedazo de cielo. Respiras hondo, más bien suspiras emocionado, te sientas en los últimos asientos y por fin decides que vas a llamar a compañero por teléfono para decirle que te aguante un poco y te de un aventón al trabajo, pero nada, el celular no tiene carga ni para ver la hora. Entonces cierras los ojos y te adormeces un poco intentando olvidar la creciente pesadilla, no obstante al cabo de unos minutos sales de tu confort momentáneo porque algo insólito está pasando. Ocurre, que en el techo hay una semejante gotera y las gotas caen justo encima de la bragueta de tu pantalón dando así la certera impresión que te has hecho pis encima y, no solo eso, sino que también el asiento donde te sentaste sin ningún tipo de precaución ya estaba mojado haciendo la situación más agravante porque quizá hasta pueden pensar que tienes diarrea. Sientes que vas a explotar de un momento a otro, pero ya estas cerca de la casa de tu compañero; aunque nada te había preparado tampoco para tal decepción porque su auto no está afuera del garaje, eso indica que ya se fue de casa y por experiencia sabes que a esas horas ya debe estar concentrado en los informes que ambos tenían que presentarle al jefe esa mañana. Entonces allí mismo decides regresar a casa de una vez por todas, ya a estas alturas te da lo mismo hasta llegar a perder el trabajo, por lo cual decides bajar en la próxima parada.
La bajada es toda una odisea, con cuidado pones un pie al borde del autobús y vacilas para bajar el otro al suelo porque a causa del dolor en la espalda tienes la impresión que vas a resbalar sin remedio porque como si fuera poco encima de tu descontrol descubres con incredulidad que te pusiste al revés el par de zapatos nuevos, así que no sabes que hacer en ese momento hasta una voz burlona te obliga a moverte rápido “Apúrate meón” grita el inconsciente desde el fondo y de inmediato estallan las carcajadas de los presentes incluso del chofer que un principio te pareció un tipo integro. Por fin bajas haciendo equilibrio y te quedas pasmado viendo la gran cantidad de autos que se cruzar la calle en sentido contrario. El tráfico es fatal. Al parecer el semáforo de la esquina está funcionando mal, de manera que los conductores atascados en la enorme fila optan la posición del más fuerte. Aun así decides cruzar. Pues no tienes opción, total que más puede pasar en un día como ese y sobre eso supones que vas a conmover a los automovilistas con la terrible apariencia de anciano derrengado. Pero no es así, al mismo tiempo que comienzas atravesar el desorden de bocinas y frenazos que surgen en diferentes direcciones, empiezas a escuchar todo tipo de improperios que mellan directamente tu dignidad familiar, pues los insultos van desde “hey vos pendejo que te has creído?” pasando por “oye concha tu madre”, hasta “ñoooo, cojones, asere que volada contigo?”
Por fin logras cruzar la avenida. Y de la tremenda frustración, pasas a una furia ciega contra todo y todos, así que decides que no vas a esperar el otro autobús sentado. Es una forma de auto castigo. Aunque ya pasado dos horas parado en la misma posición como si fueras la estatua de un mendigo, pierdes el control y sientes ganas de mandar todo a la mierda. Y hasta allí y, después de tantas peripecias caes en cuenta que los autobuses ese día no corren de manera normal porque simple y sencillamente ese día, ese un día festivo.
Carlos. Escamilla.
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Despiertas sobresaltado con la terrible sensación que te has quedado dormido. Y en efecto, es tarde. Por lo cual en un instante descubres que no tendrás tiempo para tomar café, mucho menos para bañarte, pues apenas si alcanzaras a cepillarte los dientes para disimular el mal sabor etílico de la noche anterior. Pero cuando giras el grifo del lavamanos este solo emite un sonido ronco como el de un gallo cuando le aprietas el pescuezo para preparar un sabroso zancocho navideño. En resumen, no hay agua. Entonces sacas un poco de agua del refrigerador para hacerte el tan necesario enjagüé bucal, pero de inmediato lanzas una maldición ya que el agua fría entra directamente en la muela cariada y eso te produce un picotazo en la encilla que resulta tanto doloroso como inesperado.
Sin verte en el espejo te pones la única muda de ropa decente lo más rápido posible. Luego a los zapatos les haces un nudo extraño, el cual deduces que más tarde serán un verdadero problema para desamarrarlos porque en la prisa les has hecho una especie de nudo ciego de manera que es posible tengas que cortar los cordones para liberar tus pies sofocados. Sales a la calle y esta lloviznando. Eso no te molesta en lo más mínimo pues tu auto está estacionado cerca del apartamento. Sin embargo, una vez dentro del coche este no enciende. Le das y le das a la llave y ni siquiera crees que pueda ser la batería porque no emite sonido alguno. Cierras de golpe el capó y decides caminar hasta la parada de autobús porque lo de encender el carro en ese momento, es una idea tan descabellada como querer echar andar un dinosaurio desecado.
Caminas hasta la esquina con pasos agigantados.
Vas a cruzar corriendo al otro lado de la calle pero te detienes porque un auto tiene la preferencia y además viene derrapando en el pavimento húmedo con una velocidad que realmente te parece exagerada. El bólido pasa sobre un charco y terminas empapado de pies a cabeza. – hijueput…-. Pero no terminas la frase porque no quieres hacerte mala sangre tan temprano. Miras el reloj y consideras aun tienes tiempo para regresar a cambiarte de ropa. Vuelves al apartamento y y tal como sospechaba tienes que cortar los cordones de los zapatos porque limpio, solo encuentras un pantalón estrecho que te queda arriba de los tobillos, y por otro lado la camisa parece recién haber salido del galillo de un vaca porque esta tan ajada que más bien parece la vieja frazada donde duerme el perro.
Sales de nuevo con tu atuendo extravagante. Con la diferencia que ahora si llueve intenso. Hechas a correr enseguida para no mojar los papeles que llevas bajo el brazo, pero apenas avanzas un par de metros y un dolor punzante te detiene a mitad de calle. Al parecer debido a la evidente inactividad física acabas de provocarte en la cadera un desgarre del nervio ciático. Llegas cojeando a la caseta de espera, buscas refugio bajo el techo metálico, aunque rápido te das cuenta que fue mal idea porque el olor a orines allí es tan penetrante que te marea como si estuvieras absorbiendo una ráfaga cloroformo, además tirado sobre la baqueta hay un borracho con una bomba de mocos que le cuelga grotescamente desde la nariz hasta el suelo por lo que retrocedes aterrado. La imagen es repugnante, al grado que tú estomago desentonado por los tragos de la noche anterior, da un vuelco total y tienes que hacer un esfuerzo sobrehumano para no vomitar en el acto.
Viene el autobús “ufffff” es un verdadero alivio. Imaginas sentarte tranquilo y cerrar los ojos mientras el aire acondicionado te relaja a su antojo. Subes y allí te das cuenta que el cambio de pantalón fue tan vertiginoso que dejaste olvidada la cartera. No traes un peso encima. El chofer ni siquiera acepta tus disculpa y te dice con tono más apurado que comprensivo– avanza chico, eso si no te quedes aquí en la entrada hee-. Das las gracias con toda sinceridad pero entonces te vienes a dar cuenta que el bus va a tope. No cabe un alma más. A trompicones avanzas entre la multitud que se mueve de un lado a otro tambaleante al compas de los movimientos del bus que torpemente esquiva los baches del pavimento y al final de todo encuentras un pequeño rincón disponible. Te acomodas como puedes, pero no ah pasado ni dos segundos cuando una señora te da un tremendo empujón que casi te hace irte de bruces contra la puerta de de salida porque te le has parado encima de un enorme callo que sobresale entre la reluciente sandalia color rojo. Te disculpas con una sonrisita tímida, después te aprietas hacia el fondo como buscando protección de la vieja ordinaria pero no sabes que sea mejor, pues el aire acondicionado está apagado y el vapor que sale de la muchedumbre es insoportable ya que la mezcla de olor a sobaco, revuelto con verijas y perfume barato, acrecienta el sofoco como cuando la presión está a punto de elevarse al maximo. No obstante, te consuela saber que en la doce avenida bajara la mayoría de los pasajeros. Pero no es así. Al llegar a la doce avenida no baja nadie. por el contario, suben dos viejitos en silla de ruedas, por lo que los ocupantes de los asientos para discapacitados, tiene que levantarse y entrar a formar parte de la pelota humana que sudan a chorros en medio de las protestas y los empujones.
Es demasiado. Sientes que no puedes más pero quizá en la diecisiete avenida bajan unos cuantos pasajeros. De nuevo te equivocas, es mas el bus pasa de largo pues nadie hala el cordón que indique una parada lo cual significaría para ti un pequeño respiro. Por fin en la veintisiete avenida queda casi todo el autobús vacio y justamente en ese momento se enciende el aire acondicionado. Sientes que para ti se abre un pedazo de cielo. Respiras hondo, más bien suspiras emocionado, te sientas en los últimos asientos y por fin decides que vas a llamar a compañero por teléfono para decirle que te aguante un poco y te de un aventón al trabajo, pero nada, el celular no tiene carga ni para ver la hora. Entonces cierras los ojos y te adormeces un poco intentando olvidar la creciente pesadilla, no obstante al cabo de unos minutos sales de tu confort momentáneo porque algo insólito está pasando. Ocurre, que en el techo hay una semejante gotera y las gotas caen justo encima de la bragueta de tu pantalón dando así la certera impresión que te has hecho pis encima y, no solo eso, sino que también el asiento donde te sentaste sin ningún tipo de precaución ya estaba mojado haciendo la situación más agravante porque quizá hasta pueden pensar que tienes diarrea. Sientes que vas a explotar de un momento a otro, pero ya estas cerca de la casa de tu compañero; aunque nada te había preparado tampoco para tal decepción porque su auto no está afuera del garaje, eso indica que ya se fue de casa y por experiencia sabes que a esas horas ya debe estar concentrado en los informes que ambos tenían que presentarle al jefe esa mañana. Entonces allí mismo decides regresar a casa de una vez por todas, ya a estas alturas te da lo mismo hasta llegar a perder el trabajo, por lo cual decides bajar en la próxima parada.
La bajada es toda una odisea, con cuidado pones un pie al borde del autobús y vacilas para bajar el otro al suelo porque a causa del dolor en la espalda tienes la impresión que vas a resbalar sin remedio porque como si fuera poco encima de tu descontrol descubres con incredulidad que te pusiste al revés el par de zapatos nuevos, así que no sabes que hacer en ese momento hasta una voz burlona te obliga a moverte rápido “Apúrate meón” grita el inconsciente desde el fondo y de inmediato estallan las carcajadas de los presentes incluso del chofer que un principio te pareció un tipo integro. Por fin bajas haciendo equilibrio y te quedas pasmado viendo la gran cantidad de autos que se cruzar la calle en sentido contrario. El tráfico es fatal. Al parecer el semáforo de la esquina está funcionando mal, de manera que los conductores atascados en la enorme fila optan la posición del más fuerte. Aun así decides cruzar. Pues no tienes opción, total que más puede pasar en un día como ese y sobre eso supones que vas a conmover a los automovilistas con la terrible apariencia de anciano derrengado. Pero no es así, al mismo tiempo que comienzas atravesar el desorden de bocinas y frenazos que surgen en diferentes direcciones, empiezas a escuchar todo tipo de improperios que mellan directamente tu dignidad familiar, pues los insultos van desde “hey vos pendejo que te has creído?” pasando por “oye concha tu madre”, hasta “ñoooo, cojones, asere que volada contigo?”
Por fin logras cruzar la avenida. Y de la tremenda frustración, pasas a una furia ciega contra todo y todos, así que decides que no vas a esperar el otro autobús sentado. Es una forma de auto castigo. Aunque ya pasado dos horas parado en la misma posición como si fueras la estatua de un mendigo, pierdes el control y sientes ganas de mandar todo a la mierda. Y hasta allí y, después de tantas peripecias caes en cuenta que los autobuses ese día no corren de manera normal porque simple y sencillamente ese día, ese un día festivo.
Carlos. Escamilla.
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viernes, 2 de agosto de 2013
El Sicario (cuento corto)
Por : Carlos Escamilla
¡Puta, maldita, puta!... Repetía en voz alta mientras buscaba la escopeta que estaba colgada en la pared junto a un machete envainado. Cuando sintió el peso del arma en sus manos sonrió de manera siniestra y ciego de furia salió de la cocina. “Tanto tiempo, tanto tiempo aguantando a esta pendeja”… Se repetía ahora mentalmente mientras avanzada con paso firme entre una hilera de árboles frutales.
Con absoluta determinación se paró tras la victima que, en ese momento estaba distraída. Buscó la mejor posición y con inmenso placer descubrió que no le temblaba el pulso. En realidad hacía mucho tiempo lo venia pensando, de manera, que en cierta forma le resultaría natural hacerlo.
Total, solo sería un simple disparo en medio de la oscuridad y listo. Ya le había advertido “amárrela, amárrela que todas las noches viene a mi casa y me desbarata todo”. Pero ella siempre estaba puntual; comiendo, rumiando, aplastando tanto la yuca, los tomates y los brotes nuevos del jardín, de manera que el hombre apuntó y sin ningún tipo de remordimiento disparó.
La explosión se escucho ahogada, húmeda, como cuando se destapa una botella de champan y en un rápido movimiento de sus pupilas y, ayudado por la luz de la luna, el homicida alcanzo a ver el reflejo de los choros amarillo que iban desgarrando el viento con asombrosa precisión como si fueran dos flechas liquidas volando directamente hacia su objetivo.
Hasta entonces, cayó en cuenta, que la escopeta había permanecido tanto tiempo colgada en el mismo lugar, que las abejas habían fabricado colmenas adentro de los cañones. De manera, que esa noche Don Miguel, ridículamente solo pudo embarrar a la vaca de su vecino con miel.
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¡Puta, maldita, puta!... Repetía en voz alta mientras buscaba la escopeta que estaba colgada en la pared junto a un machete envainado. Cuando sintió el peso del arma en sus manos sonrió de manera siniestra y ciego de furia salió de la cocina. “Tanto tiempo, tanto tiempo aguantando a esta pendeja”… Se repetía ahora mentalmente mientras avanzada con paso firme entre una hilera de árboles frutales.
Con absoluta determinación se paró tras la victima que, en ese momento estaba distraída. Buscó la mejor posición y con inmenso placer descubrió que no le temblaba el pulso. En realidad hacía mucho tiempo lo venia pensando, de manera, que en cierta forma le resultaría natural hacerlo.
Total, solo sería un simple disparo en medio de la oscuridad y listo. Ya le había advertido “amárrela, amárrela que todas las noches viene a mi casa y me desbarata todo”. Pero ella siempre estaba puntual; comiendo, rumiando, aplastando tanto la yuca, los tomates y los brotes nuevos del jardín, de manera que el hombre apuntó y sin ningún tipo de remordimiento disparó.
La explosión se escucho ahogada, húmeda, como cuando se destapa una botella de champan y en un rápido movimiento de sus pupilas y, ayudado por la luz de la luna, el homicida alcanzo a ver el reflejo de los choros amarillo que iban desgarrando el viento con asombrosa precisión como si fueran dos flechas liquidas volando directamente hacia su objetivo.
Hasta entonces, cayó en cuenta, que la escopeta había permanecido tanto tiempo colgada en el mismo lugar, que las abejas habían fabricado colmenas adentro de los cañones. De manera, que esa noche Don Miguel, ridículamente solo pudo embarrar a la vaca de su vecino con miel.
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sábado, 20 de julio de 2013
El Diablo (Leyendas rurales)
Por: Carlos Escamilla
Hecho verídico ocurrido en las orillas del río Aguán.
Marcos caminaba casi volando por el centro del camino. Quería regresar cuanto antes con la leña que le había encargado su madre, porque además de la tormenta que amenazaba el horizonte, los campesinos comentaba que al caer la noche sobre el margen del río Aguán, aparecía un extraño animal que según aseguraban los viejos del pueblo mientras se santiguaban: era el mismísimo diablo.
Así que llevaba un machete despalmado en la mano derecha y con la izquierda apretaba con fervor un escapulario heredado de su abuela y, al mismo tiempo silbaba una vieja ranchera de Vicente Fernández, para darse más ánimo.
Caminaba rápido, pero cabizbajo. De manera que las alas del sombrero no le permitían ver por completo el entorno del paisaje. Pero de pronto, a la vuelta del camino vio algo que avanzaba con dificultad entre las sombra de los arboles. Por un momento pensó que se trataba de un burro o algo parecido. Pero no, aquello era algo distinto.
De inmediato, quedo paralizado, porque definitivamente esa figura fuera lo que fuera venía caminado con absoluta determinación hacía él. A pesar de la semioscuridad, Marcos pudo ver que la figura era alta, musculosa, no tenia brazos, se notaba una mancha oscura como de sangre en el pecho y lo que más lo aterrorizo, fue comprobar que arriba de todo resaltaban un par de cachos espeluznantes que casi venían sacándole chispas al cielo.
-¡Dios mío el diablo!- Grito con todas las fuerzas que le permitieron sus pulmones. Pero de su boca no salió ni una sola palabra; era como si una mano invisible le apretara el gañote cortándole de golpe el aliento. Intentó correr, pero sus pies eran ahora de plomo o de cemento. Así que subyugado por una fuerza sobrenatural hasta ahora desconocida, se quedó prácticamente congelado en el centro del camino, mientras tanto el demonio se acercaba decidido.
Repentinamente sin saber cómo, empezó a balbucear 10 aves maría y 14 padres nuestros aprendidos en las misas del domingo, y por un instante se sintió protegido. Sin embargo, un escalofrió inesperado empezó a subir como una culebra temblorosa por el dedo pequeño del pie derecho, luego pasó de la pantorrilla a la rodilla, después ascendió por la espina dorsal, y a pesar del esfuerzo por controlarlo, se le regó por todo el cuerpo incluso hasta en la nariz y en las orejas, a tal grado que debido al movimiento incontrolable de sus brazos, el machete y el escapulario resbalaron de sus manos.
Se sintió indefenso…
“Padre nuestro que estás en los cielos”… repetía una y otra vez, “Padre nuestro que,”… pero el diablo se acercaba mas y mas. Estaba cerca, muy cerca. Casi podía escuchar su respiración agitada y al mismo podía percibir el desagradable vaho de la sangre coagulada que de inmediato le produjo unas terribles ganas de vomitar.
“Padre nuestro que estás en los cielos” repetía y repetía “padre nuestro que,…” Pero todo era en vano. De manera que estaba seguro que de un momento a otro iba a enloquecer de miedo, o que su corazón se iba a detener como un reloj golpeado por un martillo y entretanto el cornudo ya estaba a menos de dos pasos.
–“Dios mío- repetía -Dios mío…-
La lucha era intensa, y justamente cuando la figura se paró frente a él; se dio cuenta que el supuesto diablo, no era más que su vecino Rafael, quien se había robado una vaca. Le había cortado la cabeza y se la había puesto sobre la nuca para cargarla mejor, razón por la cual llevaba el pecho bañado de sangre y por la que no se le miraba los brazos. Y lógico, al llevar la cabeza de la vaca prácticamente sobre la suya, lo que más sobresalían hacía arriba eran los dos cuernos puntiagudos.
Rafael lo vio inmóvil, pálido y tembloroso. Se detuvo un momento junto a él, agarró su pesada carga por los cuernos, la levantó lo suficiente como para verle mejor la cara y con la voz entrecortada por el cansancio le gritó.
-No jodas, ¿Y qué putas haces allí parado? Apúrate que si no, no vas alcanzar carne-.
Y siguió su camino.
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Hecho verídico ocurrido en las orillas del río Aguán.
Marcos caminaba casi volando por el centro del camino. Quería regresar cuanto antes con la leña que le había encargado su madre, porque además de la tormenta que amenazaba el horizonte, los campesinos comentaba que al caer la noche sobre el margen del río Aguán, aparecía un extraño animal que según aseguraban los viejos del pueblo mientras se santiguaban: era el mismísimo diablo.
Así que llevaba un machete despalmado en la mano derecha y con la izquierda apretaba con fervor un escapulario heredado de su abuela y, al mismo tiempo silbaba una vieja ranchera de Vicente Fernández, para darse más ánimo.
Caminaba rápido, pero cabizbajo. De manera que las alas del sombrero no le permitían ver por completo el entorno del paisaje. Pero de pronto, a la vuelta del camino vio algo que avanzaba con dificultad entre las sombra de los arboles. Por un momento pensó que se trataba de un burro o algo parecido. Pero no, aquello era algo distinto.
De inmediato, quedo paralizado, porque definitivamente esa figura fuera lo que fuera venía caminado con absoluta determinación hacía él. A pesar de la semioscuridad, Marcos pudo ver que la figura era alta, musculosa, no tenia brazos, se notaba una mancha oscura como de sangre en el pecho y lo que más lo aterrorizo, fue comprobar que arriba de todo resaltaban un par de cachos espeluznantes que casi venían sacándole chispas al cielo.
-¡Dios mío el diablo!- Grito con todas las fuerzas que le permitieron sus pulmones. Pero de su boca no salió ni una sola palabra; era como si una mano invisible le apretara el gañote cortándole de golpe el aliento. Intentó correr, pero sus pies eran ahora de plomo o de cemento. Así que subyugado por una fuerza sobrenatural hasta ahora desconocida, se quedó prácticamente congelado en el centro del camino, mientras tanto el demonio se acercaba decidido.
Repentinamente sin saber cómo, empezó a balbucear 10 aves maría y 14 padres nuestros aprendidos en las misas del domingo, y por un instante se sintió protegido. Sin embargo, un escalofrió inesperado empezó a subir como una culebra temblorosa por el dedo pequeño del pie derecho, luego pasó de la pantorrilla a la rodilla, después ascendió por la espina dorsal, y a pesar del esfuerzo por controlarlo, se le regó por todo el cuerpo incluso hasta en la nariz y en las orejas, a tal grado que debido al movimiento incontrolable de sus brazos, el machete y el escapulario resbalaron de sus manos.
Se sintió indefenso…
“Padre nuestro que estás en los cielos”… repetía una y otra vez, “Padre nuestro que,”… pero el diablo se acercaba mas y mas. Estaba cerca, muy cerca. Casi podía escuchar su respiración agitada y al mismo podía percibir el desagradable vaho de la sangre coagulada que de inmediato le produjo unas terribles ganas de vomitar.
“Padre nuestro que estás en los cielos” repetía y repetía “padre nuestro que,…” Pero todo era en vano. De manera que estaba seguro que de un momento a otro iba a enloquecer de miedo, o que su corazón se iba a detener como un reloj golpeado por un martillo y entretanto el cornudo ya estaba a menos de dos pasos.
–“Dios mío- repetía -Dios mío…-
La lucha era intensa, y justamente cuando la figura se paró frente a él; se dio cuenta que el supuesto diablo, no era más que su vecino Rafael, quien se había robado una vaca. Le había cortado la cabeza y se la había puesto sobre la nuca para cargarla mejor, razón por la cual llevaba el pecho bañado de sangre y por la que no se le miraba los brazos. Y lógico, al llevar la cabeza de la vaca prácticamente sobre la suya, lo que más sobresalían hacía arriba eran los dos cuernos puntiagudos.
Rafael lo vio inmóvil, pálido y tembloroso. Se detuvo un momento junto a él, agarró su pesada carga por los cuernos, la levantó lo suficiente como para verle mejor la cara y con la voz entrecortada por el cansancio le gritó.
-No jodas, ¿Y qué putas haces allí parado? Apúrate que si no, no vas alcanzar carne-.
Y siguió su camino.
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lunes, 10 de junio de 2013
El Tren (poema)
En las palidas tardes
se abren los poros
de la historia
con los ecos lejanos de las voces
diciendo, pescado frito, calale
pan de coco, chicarra con yuca
ese es el grito, bullanguero
que se confunde ,con el pito
monótono que anuncia
la llegada del tren
llego, como todos los días
trayendo su carga
esa gran bestia de hierro y madera
de el, se baja ,la gente apresurada
que se pierde en la estación
oh, por la calle del comercio
oh, por las callejuelas angostan
rumbo a la plaza central
oh,en busca de hospedaje
en algún hotel
de recuerdos se derraman al compas
del chiqui,chaca del tren
haciendo su r ecorrido
por todos los Campos Bananeros
desde el Uno hasta Coyoles
desde Crucete hasta el túnel
desde Ellixir hasta La Ceiba
hoy solo quedan,algunos fragmentos
unos pocos vestiguios ,de aquella historia
que ahora esta leyéndose
en un promontorio de recuerdos
que marca la ausencia sin regreso
de la gran maquina del tren...
MICORE 30/05/13
DERECHOS RESERVADOS DE AUTOR
MIRNA DEL CARMEN ORELLANA, DE MI LIBRO DE POEMAS A LA LUZ DEL HORIZONTE,OLANCHITO YORO CUNA DE POETAS Y ESCRITORES, HONDURAS C.A.
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se abren los poros
de la historia
con los ecos lejanos de las voces
diciendo, pescado frito, calale
pan de coco, chicarra con yuca
ese es el grito, bullanguero
que se confunde ,con el pito
monótono que anuncia
la llegada del tren
llego, como todos los días
trayendo su carga
esa gran bestia de hierro y madera
de el, se baja ,la gente apresurada
que se pierde en la estación
oh, por la calle del comercio
oh, por las callejuelas angostan
rumbo a la plaza central
oh,en busca de hospedaje
en algún hotel
de recuerdos se derraman al compas
del chiqui,chaca del tren
haciendo su r ecorrido
por todos los Campos Bananeros
desde el Uno hasta Coyoles
desde Crucete hasta el túnel
desde Ellixir hasta La Ceiba
hoy solo quedan,algunos fragmentos
unos pocos vestiguios ,de aquella historia
que ahora esta leyéndose
en un promontorio de recuerdos
que marca la ausencia sin regreso
de la gran maquina del tren...
MICORE 30/05/13
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domingo, 9 de junio de 2013
Las Mujeres Aguilas
Este texto muestra muchas cosas hermosas respecto a la labor que el águila realiza en toda su existencia y principalmente con su nidada. Esta ave, considerada la reina de las aves, nos da mucha enseñanza y muchos ejemplos que vale la pena aprender y emular. Y es que realiza muchas cosas que para la mayoría de nosotros serian raras o locura; pero recordemos lo que dice la palabra que las cosas del Espíritu son locura para el hombre natural, y ciertamente es lo que realiza el águila, cosas del Espíritu, que han de discernirse espiritualmente.
Antes de analizar este texto veamos el significado de la palabra águila, porque el nombre marca el oficio, y para comprender mejor a esta maravillosa criatura hay que conocerlo. Águila, en el diccionario Vine aparece como(aetos, 105). Águila. Quizás esta relacionado con aemi, soplar, como del viento, debido a su vuelo parecido al del viento.
Entonces la vida del águila y su oficio esta relacionada con el viento. Al apóstol Pedro le dijo el Señor que llegaría el día en el que el levantaría sus manos y otro lo ceñiría. Se refería a que iba a ser guiado por el Espíritu Santo. Nosotros
estamos en la Era del Espíritu Santo, donde el nos enseña, nos guía, nos edifica y esta realizando una labor maravillosa con la iglesia de Cristo. La primera característica que posee el águila es que cuando surca el viento, simplemente extiende sus alas y deja que otro la guíe, la ciña por eso siempre vive en las alturas. La guía del Espíritu Santo en nuestras vidas nos llevara a las alturas.
Avanzando en el análisis del texto con que iniciamos, dice que el águila excita su nidada, y la palabra excitar en el diccionario Encarta dice que viene del latín excitāre y significa Provocar o estimular un sentimiento o pasión. Provocar entusiasmo, enojo o alegría. Producir nerviosismo o impaciencia. Producir, mediante un estímulo, un aumento de la actividad de una célula, órgano u organismo.
RVA Deuteronomio 32:11 como el águila que agita su nidada, revolotea sobre sus polluelos, extiende sus alas, los toma, y los lleva sobre sus plumas.
En otras versiones de la Biblia aparece que agita a su nidada, la raíz etimológica es también latina, y es agitāre, frec. de agĕre, mover y significa Mover con frecuencia y violentamente de un lado a otro. Inquietar, turbar, mover violentamente el ánimo.
Realiza entonces una labor que para los que les toca vivirla podría ser incómoda e incomprensible pero que al final veremos que tendrá buenos frutos. La crianza y formación de un águila no es igual a la de ninguna otra criatura.
Otra de las funciones del águila es revolotear, y esta palabra significa revolotear. tr. Arrojar algo a lo alto con ímpetu, de suerte que parece que da vueltas. || 2. intr. Volar haciendo tornos o giros en poco espacio. || 3. Dicho de una cosa: Venir por el aire dando vueltas.
Como mencionamos antes, las águilas están relacionadas con el viento, y cuando pensamos en revoloteo, recordamos lo que dice la Biblia en JER Génesis 1:2 La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.
El águila revolotea dando vueltas, llevada por el viento, con el propósito de supervisar, divisar, revisar, sus dominios. Ese mismo revoloteo hubo sobre el pueblo de Israel en su travesía por el desierto porque el Señor estaba sobre ellos, cuidándolos, alimentándolos, en fin, proveyéndoles de todo lo que necesitaran. Asimismo el águila, revolotea cerca del nido buscando comida para sus crías, para alimentarlas.
Cuando se habla que el águila extiende sus alas, entendemos que es cobertura, que ella esta cubriendo su nidada. La cobertura da protección.
Por : Nidia Mariel Medina
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Antes de analizar este texto veamos el significado de la palabra águila, porque el nombre marca el oficio, y para comprender mejor a esta maravillosa criatura hay que conocerlo. Águila, en el diccionario Vine aparece como(aetos, 105). Águila. Quizás esta relacionado con aemi, soplar, como del viento, debido a su vuelo parecido al del viento.
Entonces la vida del águila y su oficio esta relacionada con el viento. Al apóstol Pedro le dijo el Señor que llegaría el día en el que el levantaría sus manos y otro lo ceñiría. Se refería a que iba a ser guiado por el Espíritu Santo. Nosotros
estamos en la Era del Espíritu Santo, donde el nos enseña, nos guía, nos edifica y esta realizando una labor maravillosa con la iglesia de Cristo. La primera característica que posee el águila es que cuando surca el viento, simplemente extiende sus alas y deja que otro la guíe, la ciña por eso siempre vive en las alturas. La guía del Espíritu Santo en nuestras vidas nos llevara a las alturas.
Avanzando en el análisis del texto con que iniciamos, dice que el águila excita su nidada, y la palabra excitar en el diccionario Encarta dice que viene del latín excitāre y significa Provocar o estimular un sentimiento o pasión. Provocar entusiasmo, enojo o alegría. Producir nerviosismo o impaciencia. Producir, mediante un estímulo, un aumento de la actividad de una célula, órgano u organismo.
RVA Deuteronomio 32:11 como el águila que agita su nidada, revolotea sobre sus polluelos, extiende sus alas, los toma, y los lleva sobre sus plumas.
En otras versiones de la Biblia aparece que agita a su nidada, la raíz etimológica es también latina, y es agitāre, frec. de agĕre, mover y significa Mover con frecuencia y violentamente de un lado a otro. Inquietar, turbar, mover violentamente el ánimo.
Realiza entonces una labor que para los que les toca vivirla podría ser incómoda e incomprensible pero que al final veremos que tendrá buenos frutos. La crianza y formación de un águila no es igual a la de ninguna otra criatura.
Otra de las funciones del águila es revolotear, y esta palabra significa revolotear. tr. Arrojar algo a lo alto con ímpetu, de suerte que parece que da vueltas. || 2. intr. Volar haciendo tornos o giros en poco espacio. || 3. Dicho de una cosa: Venir por el aire dando vueltas.
Como mencionamos antes, las águilas están relacionadas con el viento, y cuando pensamos en revoloteo, recordamos lo que dice la Biblia en JER Génesis 1:2 La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.
El águila revolotea dando vueltas, llevada por el viento, con el propósito de supervisar, divisar, revisar, sus dominios. Ese mismo revoloteo hubo sobre el pueblo de Israel en su travesía por el desierto porque el Señor estaba sobre ellos, cuidándolos, alimentándolos, en fin, proveyéndoles de todo lo que necesitaran. Asimismo el águila, revolotea cerca del nido buscando comida para sus crías, para alimentarlas.
Cuando se habla que el águila extiende sus alas, entendemos que es cobertura, que ella esta cubriendo su nidada. La cobertura da protección.
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